Mostrando entradas con la etiqueta América frente al espejo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta América frente al espejo. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de abril de 2015

"América frente al espejo"


Ojala al mirarse en él, el espejo le robase su belleza. La belleza es iceberg de la culpa. Desconoce un mundo a sus veintidós años. Odia al espejo. Agranda su boca con sus manos. Constriñe los párpados. Ya ha visto demasiado. Reproduce muecas horripilantes.
Disimular sus grandes ojos, sus cejas simétricas, su naricilla recta y delicada, su cutis brillante.

El moreno tapiza su cara. Odia al espejo. Raro es el día en que no capte la atención de ningún hombre. Ha aprendido a leer sus lascivas dedicatorias. Es joven. Todos piensan lo mismo a pesar de la edad, de la condición social, del lugar. Viste ropa inconveniente y ancha. Es ropa fea y barata. Sólo puede permitirse esa ropa. Piensan que camina altiva, como un cisne entre obreros. Nunca se maquilla. Se eleva en cada zancada.
Ser humilde y pasar desapercibida.

Tiene vicio de ponerse las manos en los bolsillos. No puede ser humilde por culpa de la belleza. Disimula su melena en una cola. No se peina bien. Todos se fijan en sus curvas. No es una persona sino curvas. Sólo su madre la mira como es. América la respeta. Su madre no lo imagina. Discuten a menudo. Sólo se tienen la una a la otra. Su madre daría su vida por ella. Discuten casi siempre que conversan. Van y vienen: se afirman en sus palabras y retroceden en los silencios. Se parecen como dos gotas de agua. Las dos procuran por la otra. Su madre intenta contagiarle optimismo. ¿Cómo va a creer en el optimismo? A veces ella también busca razones para no desfallecer.

América ha heredado su estilizada figura, el pelo largo y vigoroso, la nariz puntiaguda, los ojos redondos y profundos como negativos de lunas, la barbilla graciosa y minúscula. Se mira bastante en el espejo.
No mirarse tanto.

Renuncia de nuevo a su belleza. Sin ella, vivirían más tranquilas. Vivirían en Venezuela, en los arrabales de Caracas. No le importa vivir en la absoluta miseria. No conoce la miseria, pero parecen fotos felices. También rechaza la felicidad. No la necesita. Ojala no existiera.
No buscarla.

De este modo, a veces se encuentra.

Acude al espejo cuando está triste. El espejo no le ayuda. Puede contar con los dedos de la mano buenos momentos. Mientras abre regalos en su comunión. Mientras interpreta “El sí de las niñas”, y su madre llora en una esquina del teatro. Se puede llorar de felicidad. Cuando le concedieron un premio de poesía local. Los aplausos anónimos le erizan los pelos todavía. Una navidad se emborracharon su madre y ella. Acabaron revelándose secretos como dos amigas. Nada más. Cambia el orden de preferencia. A veces entra otro momento o sale alguno de los habituales. Depende de con quién se enfade. Sólo se enfada con su madre, con el mundo o con ella misma. Resulta inútil sacarle punta a la memoria. Pierde detalles con el tiempo. Resume imágenes en palabras, palabras en conceptos, conceptos en nada. Podría escribir sobre eso. Ya no le apetece escribir sino olvidar. El olvido es imprescindible para afrontar el presente sin tantos recuerdos en la mochila.
Dejar de poetizar sobre algo tan serio.

El destino obliga a mirar hacia delante. El destino no es para nada poético ni romántico, sino maquiavélico. Quizá no existe destino. Es la eterna pregunta.

Mírate en el espejo, América. Olvídate de la poesía. Mira la verdad. Eres bella aunque no te guste. Reconócelo. Nadie me pidió opinión. No pude elegir. Puedo cambiar ese defecto. No me sentiré mejor. La felicidad no existe. Parece mentira que no lo sepa. O si existe, no es lo que creo. Se trata de un camino, no de un final. Yo no creo nada. Como la felicidad conozco muchas heroínas de ficción.
Conocer no implica aceptar su existencia.

La felicidad es una licencia literaria, propia del hombre. Olvídate de la poesía, América. Si quieres pensar eso para sentirte mejor, piénsalo. Ya te darás cuenta de tu error. ¿Cuándo? Si puede saberse. Cuando se gire la tortilla y comience el razonamiento por otras bases. Por ejemplo, enamorarse. Sí, enamorarme. ¿Por qué no? ¿Por qué yo no?
Enamorarme de verdad.

Ya no soy tan niña. Cállate, América. Tu noviazgo con Ramiro estropeó tus conceptos. No puedo permitirle que me derrote sin presentar batalla. Te enamorarás algún día como sueñas en tus poesías. Cuando sospeche la posibilidad de ser correspondida seré feliz. Sólo esa certeza de esa sospecha bastará. No puedes desconfiar tanto, América. No será fácil. Nadie ama por nada, cualquiera lo sabe. Los hombres se ciegan con tu maldita belleza. Deberías saberlo. Ya tengo suficiente experiencia. No soy tan joven para eso. No les intereso lo más mínimo en esencia.
Buscar a un ciego.

No seas tan superficial, América. No lo soy, lo es el mundo. Míralo con honestidad. Tú sólo aprendes de él. Todo su ornamento artificial está fabricado con ladrillos de mentiras.