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domingo, 19 de abril de 2020

Los hermosos años del castigo de Fleur Jaeggy

Relato corto, ambientada en una residencia femenina Suiza, en los albores de la segunda guerra mundial (sin embargo, el relato discurre inmune a los efectos bélicos).

Resumen: la protagonista, huésped habitual de residencias, nos descubre su (peculiar) relación con Frédérique a partir de unas reglas muy concretas (obsesiones), donde siempre repercute más el eco subjetivo que los hechos acontecidos.

Estilo: frases cortas (cortantes). Flash-back en primera persona, desde un presente (que no consigo ubicar en el tiempo). Descripciones basadas en impresiones oníricas, con adjetivos que buscan casi siempre la contundencia, sobre todo en los retratos. A destacar: evidencia del contrapunto a nivel de personajes (Frederique vs Micheline), de escenarios (sobriedad residencia-convento vs soberbia paisajes alpinos) y de reflexiones de la protagonista.

Estructura: pobre.

Acción: supeditada al contrapunto de los personajes.

Personajes: la protagonista se define en los contrastes. Frederique y Micheline se construyen en molde rígido bajo la perspectiva de la protagonista (sólo los hechos finales parecen contradecir su opinión).

Manejo del tiempo: precipitado en los acontecimientos finales.

Conclusión: lectura fácil, en mi caso con reverberaciones constantes al Demian de Hesse.

sábado, 15 de agosto de 2015

¿QUÉ CABALLOS SON AQUELLOS QUE HACEN SOMBRA EN EL MAR? de Antonio Lobo Antunes

Una virtud: es el escritor (de todos los que yo he leído) que mejor capta los mecanismos de la mente (mejor que Joyce, en mi opinión). Su lectura desconcertante produce un ronroneo placentero que emula el discurrir del pensamiento, con sus idas y venidas y la participación activa del subconsciente.
Un defecto (posible): ¿todos los personajes piensan igual? ¿Es tan uniforme el registro de cada uno de nosotros?
Desde ya uno de mis escritores favoritos.

CUENTOS IMPRESCINDIBLES de Chéjov

Me han gustado dos especialmente: "El pabellón número 6" y "Relato de un desconocido" pero el nivel medio es alto. Sorprende la manera de tratar las emociones del autor: expone a los personajes que parecen reales y los diseca al estilo decimonónico de manera que resulta didáctico.
Clase de anatomía emocional de primer nivel.

EL MAPA Y EL TERRITORIO, de Michel Houllebecq

Es una opinión que podría ser injusta (probablemente no pase de la primera parte). Una voz (¿?) de un prototipo masculino, prototipo de hijo de rico cuyos padres no se ocupan de él y a él no le importa el dinero (pero se aprovecha las ventajas que da), prototipo de triunfador casi sin querer (¿como puede resultar interesante un triunfador así?), con mundo interior más solitario que el eco entre cuatro paredes sin cimientos. En el relleno describe un Paris bien, guay (cae en restaurantes y sitios pijos por accidente geográfico) y también documenta (sí, hay detalles concretos) el oficio de fotógrafo o pintor o artista. Los capítulos son breves, sin diálogo, muy equilibrados todos, (11 subcapítulos la primera parte con 110 páginas; 13 subcapítulos la segunda con 120 páginas), todo muy bien ordenadito para confiar en la casualidad...
Ganó el premio Goncourt y ha aunado buenas críticas y ventas (no me hagan caso). 
Yo sólo veo marketing (pero soy raro, ¡ah! y mejor que no publique, por el bien de todos). 

domingo, 3 de mayo de 2015

CARTA AL PADRE de Kafka

Kafka no deja indiferente a nadie. ¿Hay que asumir como ciertos todos los rodeos que da para expresar su temor a la sombra del padre o es una argucia literaria? Sin ser psicoanalista, me inclino por la primera opción: Kafka nuna parece seguro de las formas, le agobian los trámites del Castillo, se pierde en los renglones leguleyos del Proceso, se siente un bicho o una cucaracha delante de sus más allegados. Quizá no haya tanto surrelismo sino simple descripción literaria (con estilo trabajado) de una pesadilla. Quizá todo empezó en el ocaso de su infancia, cuando observaba cómo se agrandaba (alejándose) la figura de su padre. Kafka aspiraba a transformarse en un tipo normal y es muy probable que lo consiguiera en algunas facetas (lo cual resulta imposible para un insecto cualquiera).


martes, 24 de diciembre de 2013

Reflexión sobre la crítica

¿Por qué llamarla así? Los filólogos hallarían palabras más apropiadas (apología, negocio, vanidad o rencor) para clasificar la mentira.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Reflexión sobre la intertextualidad



Son frecuentes las referencias al destino de los patos en invierno de Central Park o a la magdalena de Proust, pero nunca he leído ningún comentario sobre el caballo del Gernika o la barba pelirroja del autorretrato de Van Gogh. Puede ser que no consulte muchas críticas de arte o quizá que exista un tácito consenso para valorar los cuadros en su conjunto. No me gusta ser un malpensado.

jueves, 6 de junio de 2013

RELATOS de Beckett (Fábula - Tusquets) parte II.

Me resulta imposible definir qué es el Ser. Solemos hablar y escribir sobre el No Ser pero, ¿de qué se ocupa el Ser, cómo interfiere en cada una de nuestras vidas burguesas? Lo ignoro: ni siquiera puedo rastrearlo dentro de mí. Si deja huellas, quedarán en el eco del pensamiento, en el imaginario Lacaniano. Sospecho que, a pesar de toda su desidia, (el Ser) se ocupa un poco del No Ser: lo analiza por aburrimiento, cuestiona sus elecciones en el subconsciente. Por mucho que se empeñe (o precisamente por su falta de tenacidad), no desnudará los estratos de mentiras del No Ser (por suerte para nuestra supervivencia en esta tierra). Si lo obligáramos (la mitad de lo que hacía Beckett), estoy seguro de que llegaríamos a cuestionarnos todas las verdades que asumimos como ciertas.

En relación a esta afirmación se plantean las siguientes preguntas: ¿qué es la honestidad?, ¿se puede ser honesto en sentido estricto? Por supuesto que no, aunque creo que es necesario creerse honesto o actuar con honestidad respecto a alguna/s mentira/s. Cuanto más profundo se encuentre el estrato de esa/s mentira/s, más verdad parecerá/n y menos frustración y desengaño nos causará/n. Quizá, a aquellos a quienes el traje se nos ha quedado corto, nos conviene reconocer pronto este hábitat del No Ser. La mayoría ni se planteará qué es la honestidad más allá de su significado. Yo sí que necesito esa respuesta (aunque sea parcial como todas, o manantial de muchas otras preguntas). Confieso que necesito dar este paso e imagino la Honestidad como una afinidad, una confianza exagerada en la existencia de uno de esos estratos no concéntricos ni homogéneos, sino cruzados y superpuestos (o enterrados) de manera que cada capa no discurre en paralelo sino que conecta con otras mentiras más profundas o más superficiales.

Sé que quedan muchas dudas, todas, más de las que tenía antes. ¿Qué subyace debajo de todos estos montones de mentiras? No lo sé, aunque supongo que nunca alcanzaré la respuesta con mi pensamiento.
Y ¿qué es el Ser? Lo imagino como un niño sin rostro, provisto de una única forma (si tuviera forma). Irónicamente, parece un intruso culpable del pensamiento.

domingo, 26 de mayo de 2013

RELATOS de Beckett (Fábula - Tusquets)



Stevenson se equivocaba en “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”: no hay dualidad más trascendente que Ser y No Ser. Esquivando la imagen de la calavera de Shakespeare, imagino a Ser como un niño eterno, desnudo y solitario. A pesar de su inmortalidad, resulta tremendamente frágil ante la observación del No Ser. Es rechazado por el No Ser. Molesta al No Ser.

La siguiente escena se repite en algunos cuentos: un niño (aunque podría tratarse de un anciano anclado en la infancia) es expulsado de casa. Los familiares han cerrado la puerta y el niño sabe que permanecen atentos detrás de las ventanas, conscientes de la atrocidad que cometen al echar a uno de los suyos (a un semejante que les recuerda lo que tanto desprecian de ellos). Parece que no le preocupa el frío, ni el hambre, ni la muerte. Hubiera preferido quedarse recluido en su habitación, molestar lo menos posible y no ser molestado… Pero el niño sigue sus pasos sin importarle el destino. No pide auxilio ni se lamenta por la injusticia. Sigue pensando. Sospecho que pensará a menudo en el No Ser, en lo ridículos que son sus actos, sus trajes. Trata de comprender el motor de sus pensamientos. Se cruza con otra gente, por supuesto. La mayoría desfilan como sombras por su lado. Es la mayoría que guarda las imposturas, con la que está incapacitado para comunicarse. Por eso habla poco. Sólo alguien y, (esto es importante, muy importante) en momentos muy reservados, logra establecer comunicación con Ser.

Entiendo que a ese niño le importará un comino el Nobel y todos los artificios del No Ser. Quizá ese niño nació y envejeció con ese defecto congénito; quizá el No Ser sólo puede desarrollarse durante una etapa de maduración determinada, cuando la inteligencia no está lo suficientemente madura para rechazarlo. Visto desde la perspectiva de la mayoría: Ser es un individuo inútil e infeliz. Si no se ha adquirido o desarrollado el No Ser, parece imposible optar a algunos instantes de felicidad por los que desear seguir vivo. La vida es No Ser, el imaginario de No Seres. Sólo No Ser puede permitirse anestesiar su conciencia. No Ser es un profundo letargo, un pacto sobre muchos pactos, una mentira con gran poder de convicción.  

Imagino a No Ser como una multitud de adultos perfectamente vestidos porque hay muchas maneras de No Ser (dudo que exista más de una manera de Ser). Algunos No Son siempre: es lo más habitual. Son los engranajes del sistema: los grandes trabajadores, los grandes ricos, los grandes benefactores, los grandes malvados. Porque el bien y el mal son disquisiciones que corresponden al No Ser. Se puede No Ser viviendo para uno mismo o viviendo a través de los demás (el Ser no vive, es una sombra independiente de la vida que quizá se prolongue, o no, tras la muerte).

Beckett es, por esto, uno de mis escritores favoritos.

domingo, 17 de febrero de 2013

AUTORRETRATO EN RADIADOR, de Christian Bobin

En primer lugar afirmaré una obviedad para quien no sepa nada de este libro: no se trata de una novela. Tampoco estoy seguro de clasificarlo como un diario: apenas deja pinceladas sobre lo que sucede más allá de la epidermis del autor-protagonista. Si fuera un diario, asimilaría sólo su disfraz. El transcurso del tiempo apenas queda constatado en el apunte de las fechas y en la efímera vida de las flores. Me explico: creo que la inspiración de las numerosas reflexiones repartidas en el calendario parte, la mayor parte de las veces, del manantial del recuerdo, en vez de arraigarse en la botánica o en los hechos acontecidos. Podrían haberse parido en un relato de un día o de varios años.

Resulta comprensible, por lo tanto, que el libro, por mucho que el autor lo adorne con un título extraño y lo someta a unas premisas acrobáticas (escribir sobre la existencia de las flores evitando la trascendencia de la muerte de su esposa) no resulte original en su temática (¿qué libro lo es?) y aborde el ser o no ser de siempre. Como acabo de sugerir, los hechos quedan resumidos en veinticinco palabras (se puede condensar más): hombre cincuentón que ha perdido a su mujer y decide escribir durante un año sobre las impresiones que le causen las flores que vaya comprando.
No busquen más acción: en un año al protagonista no le sucede casi nada.
Como el mismo confiesa (en la página 138, de la editorial Árdora Exprés) podría haber titulado estos ejercicios frustrados de permanencia en lo inasible: "Teoría de una brizna de hierba".  Otras opciones menos adecuadas serían: "La Insoportable levedad del Ser" (ya registrado por Kundera) o "Relato de l@s contrastes/contradicciones de un viudo" (mucho menos literario y comercial que "Autorretrato en radiador", por supuesto). Aunque éste último habría sido el elegido en el caso de que yo fuese Christian Bobin (así me va). ¿Por qué? Por las abundantes divergencias (voluntarias o no) que he hallado entre el intento (pretensión) y el resultado conseguido (sugestión):

Pretende ser un autorretrato (eso dice el título) pero se esboza mucho mejor el perfil de la difunta esposa que el del autor.
Pretende narrar en formato diario, pero abusa del lenguaje poético.
Pretende describir la "maravilla" del detalle más ínfimo pero recurre, a menudo, al aforismo.
Pretende cantar lo "insustancial de la vida (de las flores)" bajo la sombra de la muerte (de su esposa).
Pretende descubrirnos el mundo imprevisible de las flores al amparo de una rutina digna de lástima.
Pretende exaltar lo perecedero y fútil mientras revela huellas inequívocas de una espiritualidad subyacente.
Pretende resultar esperanzador con un lenguaje teñido de melancolía.
Pretende destacar procesos desapercibidos (por llamar de alguna manera la crónica de una flor) en unas coordenadas repletas de espacios comunes y nombres genéricos.
Pretende buscar un orden superior en la naturaleza mientras demuestra el caos perezoso de su vida (como ejemplo lean la pág. 121, viernes 17 de Enero).

Y como conclusión (o apostilla de mi ridícula hipótesis), el libro se cierra con dos frases esclarecedoras: "Todo en él está en movimiento. Todo en él está en calma."

¿Cómo evitar la tentación de añadir que todo en él podría gustar; todo en él podría resultar indiferente?  

miércoles, 7 de noviembre de 2012

MUERTE EN VENECIA, de Thomas Mann




Cuando leí las primeras páginas de esta novela pensé que Mann había diseñado una historia breve (y escandalosa) como altavoz de su “teoría literaria”. Y caí en este error porque el protagonista, Von Aschenbach alias Thomas Mann, iba definiéndose en mi imaginario como ese típico escritor alemán de éxito, culto y didáctico en su prosa; hombre pragmático y desconfiado del talento, partidario de los principios de la novela decimonónica, que rehúye profundizar en las emociones sin el escudo racional. Incluso subrayé varias citas interesantes (mientras me aburría el escenario).

Dedicado a los familiares extraños con los que me cruzo a diario durante el trayecto de mi trabajo: “nada hay más extraño ni más delicado que la relación entre personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran y se observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, ya seas por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y a no intercambiar saludo ni palabra alguna.”

“Aschenbach sintió, apesadumbrado, que la palabra sólo puede celebrar la belleza, no reproducirla.”

Refiriéndose a los escritores: “la maestría de nuestro estilo es mentira e insensatez; nuestra gloria y honorabilidad, una farsa; la confianza de la multitud en nosotros, el colmo del ridículo, y el deseo de educar al pueblo y a la juventud a través del arte, una empresa temeraria que habría que prohibir.”   

Cuando von Aschenbach decidió trasladarse a Venecia en un impulso atávico (tras encontrarse con un extranjero del que describe hasta los surcos faciales pero con el que no cruza ni una sola palabra), sembró un poco de desconcierto en mi cliché prefigurado, pero seguí leyendo a la espera de una “explicación lógica y coherente” antes del desenlace.
Sólo me percaté de que no estaba frente a una novela decimonónica cuando se enamoró del chiquillo y Von Aschenbach se quitó el von y el traje, y sus actos dejaron de ser predecibles, y el tiempo voló a su antojo, y el texto corrió desordenado por las emociones… Fue tal el desbarajuste que ni la enfermedad detectó. Sugirió síntomas congruentes que, sumados a la amenaza latente del escenario, generaron en mí una ansiedad por no poder avisarle: eh, von Aschenbach, ¿qué haces?, ¡de que valen ahora tus premios y reconocimientos!... ¿no te das cuenta de que los hoteleros venecianos te están engañando en aras de sus intereses comerciales?
¿No te das cuenta de que te has metido en la literatura del siglo XX?   

 

martes, 9 de octubre de 2012

Esperando un protagonista

Pensaba en el "panorama actual" que nos ha tocado vivir... El "panorama actual" es, para mí, un cuadro grotesco de imágenes manieristas que sugieren una crisis monumental: parados manifestándose por la pérdida de poder adquisitivo, parados desahuciados, parados con hijos hambrientos, parados separados por vallas de sus representantes políticos, parados clamando contra la especulación germanófila, parados catalanes luchando por la independencia, parados españoles defendiendo la integridad del estado, parados españoles oprimidos por la corrupción institucional que esperan la liberación alemana...
Huelga decir que no me gusta nada el "panorama actual". Una de las perspectivas más deprimentes resulta el conjunto de ideas y conceptos, parados como estatuas, que sigue siendo. Digamos que todavía es una fotografía desconcertante, a pesar de la información o precisamente por la saturación de información, de la que no se deduce el final de la película. Ni siquiera ha aparecido el protagonista (o, si ha aparecido, todavía resulta indistinguible para el espectador de cualquier secundario).

Sabemos de dónde venimos. Permítanme un análisis profano y somero. De una sociedad industrial concentrada en fabricar productos de calidad intermedia pero con amplio margen de ganancia, pasamos a una "burbuja inmobiliaria" (que disfrazó la muerte de nuestra industria acomodada, en un abrir y cerrar de ojos, a manos de países como China) y de ahí, al panorama actual. Conocemos a los culpables, aunque no podamos identificar su rostro (se ocultan de la cámara tras la burocracia). Me refiero, en primer lugar, a los responsables de no fomentar una industria de calidad que resistiese la previsible explosión mercantil de países en vías de desarrollo (España ha sido antes China, con sueldos inaceptables y condiciones laborales deplorables). En segundo lugar, a los responsables de disimular esta crisis inevitable con la "burbuja inmobiliaria". En tercer lugar, a los responsables de gestionar la solvencia de las operaciones bancarias.

El problema es que la cadena de culpabilidad no concluye ahí, sino en cada uno de nosotros. Todos los que nos retorcemos en ese cuadro goyesco, fomentamos la crisis en mayor o menor medida. Es cierto que los Bancos han actuado en aras de su interés exclusivo, es cierto que los políticos de turno se mostraron incapaces de frenar esos ímpetus que acabarían por romper, más pronto que tarde, las leyes del mercado (las hipotecas permiten gastar el dinero que ganaremos en veinte, veinticinco o treinta años), es cierto que la Justicia ha sido y es demasiado permisiva con la corrupción, pero la mayoría de nosotros no fuimos ni somos capaces de mover un dedo. El que más y el que menos ha acudido a alguna manifestación o huelga, pero seguimos confiando en el sistema y esperamos (¿dos años, diez, veinte?) que "todo se arregle", que Europa rescate a nuestros bancos con el menor interés posible, que nuestros bancos compren deuda del Estado (a cambio de un interés notablemente más alto que el europeo). Algunos confían en recuperar la calma (y el crecimiento del PIB), cuando nuestros bancos se recapitalicen y presten dinero a los empresarios. Otros creen que pronto se va a montar una buena... Pero todos intentamos mantener la cabeza por encima del agua mientras nadamos a favor de la corriente.

Pensaba cómo enfocaría este "panorama actual" el espectador que ya conoce el argumento de la película. Sale del cine y dice: ¿pero qué coño hacía esa gente?, ¿no veía lo que estaba pasando?, ¿por qué se cruzaron de brazos hasta que se produjo lo inevitable?
No entenderá por qué no apareció el protagonista mucho antes (quizá el guionista resuma con palabras y secuencias rápidas estos años de zozobra con tal de no aburrir al espectador).

Tengo la sensación de que soy uno de esos campesinos oprimidos por el señor feudal, al que le arrasan una y otra vez los campos. Busco a mi familia e intento mantenerla a salvo y empezar de nuevo tras el fuego, ajeno a lo que cuentan los libros de historia. Mi "panorama actual" es tan limitado como el suyo, a pesar de Internet. La información ejerce en nosotros un efecto similar al pobre hombre de provincias, tan recurrido en nuestra filmografía, que observa por primera vez el mar y siente su pequeñez.

Sabemos lo que hay que hacer: desprivatizar los Bancos rescatados, reestructurar la administración y eliminar duplicidades, mantener la sanidad pública mejorando su deficiente gestión, potenciar a las empresas que desarrollen productos de calidad exportables, castigar a los que roban con dinero en vez de cárcel, mejorar la educación premiando a los centros con mejor rendimiento académico, eliminar los sueldos de los asesores... Ya que los políticos son profesionales, sus gravosas y erróneas decisiones deberían poder juzgarse por vía civil. Ya que los políticos se presentan de manera voluntaria para el cargo, tanto el sueldo como sus privilegios actuales deberían someterse a referéndum popular.
 


Estas proclamas de los buenos resultarían insuficientes para “arreglar el panorama actual”, zarandeado por intereses capitalistas como la especulación y la ausencia de valores morales, pero sí que daría más esperanza para el futuro de nuestros hijos.

Resignados como estamos, sólo podemos esperar que no sea uno de ellos el protagonista de la película y que el desenlace se resuelva cuanto antes.

domingo, 2 de septiembre de 2012

DEMIAN, de Hesse



Los que evitan los tochos de más de doscientas páginas están de enhorabuena: aquí tienen una obra que se lee en una tarde o en varios viajes en el metro. Gran parte de ese mérito (a la amenidad me refiero, no a la brevedad) es culpa del lenguaje preciso y eficaz del autor, poco descriptivo-extrovertido (neologismo que me acabo de inventar) en cuanto a personas y lugares. Además, para no complicar las cosas, está narrada en primera persona con una voz adulta (didáctica en ocasiones) que repasa su pasado de manera muy ordenada en lo que al tiempo se refiere.
Yo, por una simple cuestión de afinidades, la he dividido en dos mitades.

La primera para mí es la más interesante. Es muy descriptiva, pero descriptiva- introspectiva, que mola más. Hesse relata con maestría las discrepancias entre el bien y el mal que surgen en un alma infantil cualquiera. El protagonista entiende el bien como un estado excepcional, artificial y aburrido: está referenciado en la familia, en la religión y en el cumplimiento inequívoco de las normas (véase integración en el rebaño, o en una banda, o en un estrato social). El mal, por el contrario, siempre es atávico, atractivo, INDIVIDUAL y, por lo tanto, solitario. Kromer, el primer "malo" de la obra, se encargará de liar el ovillo del bien y del mal (y la identidad sexual) en la cabecita del joven Sinclair. Creo que en este punto, Hesse consigue novelar el inevitable conflicto que surge en el proceso de adaptación a un entorno social ordinario. Ese es, en mi opinión, su mayor mérito.

La adolescencia (entre la primera y la segunda mitad) la plantea como una mirada al vacío (despertar de la introspección). El jovencito Sinclair empieza a darse cuenta de cómo esos conflictos insolubles de la infancia han derruido los pilares mal cimentados de su educación (se echa de menos que no haya rascado más en el despertar de la identidad sexual).

En la segunda mitad, todo transcurre muy precipitado (como si a Hesse la hubieran entrado ganas de acabar la obra una vez expuestas sus teorías). Tras mostrarse incapaz de resolver sus conflictos, el protagonista, alejado de Demian, cae en las redes del hedonismo (otra vez el mal) sin hallar satisfacción alguna. La rehabilitación, gracias a una redención musical misteriosa (podía haber jugado con la idea del bien que despierta desde el interior gracias al arte), surge de manera súbita y poco creíble. Tampoco me convence mucho el personaje de Pistorius como guía espiritual ni el amor platónico repentino que despierta Beatrice-Frau Eva, la madre de Demian, en el narrador (yo esperaba una confesión homosexual a estas alturas).
Las últimas pinceladas sobre la guerra y la muerte de Demian, sirven para cerrar una historia que apenas se mantiene como excusa formal de la primera mitad.

A Hesse, da la sensación, le importaba más el mensaje de la obra (va anticipándolo, a lo largo de la trayectoria vital del protagonista, con la ayuda de tres imágenes: la marca de Caín (cainitas), el dios Abraxas y el pájaro que rompe el cascarón): la superación individual o descubrimiento del yo sobre las leyes que intentan clasificar el bien y el mal.

Ése mensaje y el manejo minucioso de la conducta de los personajes como instrumento para transportarlo al lector, son los principales méritos de esta obra recomendable.

sábado, 18 de agosto de 2012

ABSALÓN! ¡ABSALÓN!, de Faulkner


Sólo un gran escritor como Faulkner podría escribir una novela como “Absalón! Absalón!”

Un gran escritor como Faulkner considera la historia como un personaje secundario, y a los personajes como argumentos de la historia.

A un gran escritor como Faulkner no le importa que un personaje ejecute un quíntuple salto mortal mientras produzca buena literatura.

Un gran escritor como Faulkner nunca filosofaría sobre las grandes interrogantes de la vida sino que extraería conclusiones trascendentales sobre los pequeños detalles que rozaran su historia.

He dicho que sólo un gran escritor como Faulkner podría escribir una novela como “Absalom! Absalom!” porque a nadie le interesaría ahora la biografía folletinesca de los Sutpen si no se desarrollara en el escenario de Yoknapatawpha.

Ni siquiera los cuatro personajes que intervienen se bastan para crear una historia sin fisuras sobre Thomas Sutpen (aunque este es el gran mérito de la novela y no tratar de entender el interés que suscita este personaje a las cuatro voces).

Hay otras novelas mejores que tratan la guerra de Secesión y sus consecuencias en la América del sur, pero no las escribe Faulkner.

Absalom esta ambientada en la tragedia de la casa de David: “el mayor de los hermanos, Amnón, prendado de la belleza de su hermanastra Tamar, hermana de Absalón, la viola. Absalón decide vengarla matando a Amnón y luego huye a Gesur” Wikipedia dixit. Adaptar los personajes de Yoknapatawpha a esta saga bien podría tratarse de un triple mortal.  

Hay otros monumentos de la literatura que escenifican mejor la destrucción de un linaje, pero a mí me gusta leer a Faulkner.

A mí me gustan los grandes escritores como Faulkner, independientemente de lo que hablen, porque siempre hablan de lo mismo como sólo ellos saben.

A mí me gustan los grandes escritores como Faulkner que observan el presente con un saco de pasado a sus espaldas y un mapa del futuro.

A mí me gustan los grandes escritores como Faulkner porque nunca serán best Sellers (para desgracia de sus herederos).  

viernes, 3 de agosto de 2012

PREGÚNTAME A MÍ, de John Fante


Me he despertado esta mañana con un desasosiego repentino. Ayer por la tarde bajé a tomar un café para acompañar la lectura de dicha novela. La camarera sueca que me sirvió, al verme concentrado en la lectura, depositó sobre la mesa (sin venir a cuento) una fotografía de una estatua de Hemingway en Pamplona. Yo, que soy de natural poco propenso a epatar con desconocidas y desconfío de los ligues a simple vista, apenas asentí y forcé una sonrisa. La joven se alejó muy contrariada. Se alejó tan contrariada que incluso fue evidente para mí. Lamenté tanto mi reacción que, cuando se acercó (media hora después) a traerme el olvidado vaso de hielo con limón, intenté compensar mi involuntaria ofensa con frases rellenas de amabilidad inusitada. Le dije, sonriendo, que estaba leyendo a Fante, un coetáneo de Hemingway precisamente. La camarera se encogió de hombros y me miró como si me hubiese convertido (si no lo era ya) en el escarabajo de Kafka.

O no entendió bien lo que dije o no entiendo yo el lenguaje no verbal de los humanos, así que esta mañana volví a sentarme en la misma mesa (con la esperanza de ser atendido por Camila) para resolver la duda trascendental responsable de mi insomnio. Me había propuesto averiguar si despreciabas tanto a Fante sin conocerlo (o admirabas a Hemingway probablemente sin haber leído nada de él) o era yo (o mi ceguera a una relación abortada) quien te provocaba repulsión (el leitmotiv de todos mis problemas se resume en la confusión que siente un escarabajo cuando cree ser una persona cualquiera). A pesar de todo, creía que te conocía muy bien y que tú me malinterpretabas a mí, Camila, y ya era hora de aclarar este asunto (porque el asunto existía: habías simulado no verme y tardabas en atenderme más de la cuenta para medir mi paciencia).

Cual Arturo Bandini me había empeñado en regalarte Pregúntale al polvo para que la leyeras en una tarde, como hiciste con El perrito rió. Para convencerte contaba con dos argumentos irrefutables: la novela sumaba menos de doscientas páginas (reseña incluida de otro súbdito de Baco enemigo de las formalidades aburridas: Bukowsky) y trataba de una camarera inmigrante como tú que conocía a un tipo pedante (raro como un escarabajo, si prefieres) como yo.

En una de mis versiones más optimistas, acabábamos partiéndonos de risa de lo absurdo que era todo mientras pensabas: ¡qué tío más original!, debe ser un gran escritor, seguro. Y entonces aceptabas una cita para hablar del libro o para que te recomendara otros (quizá alguno mío).
Pero como soy más pesimista (más adulto) que ese italiano engreído, esperaba que me atendieras con rigurosa cortesía y, a lo sumo, te interesaras cortésmente por algo básico sobre el libro regalado. Con suerte habría tropezado con la típica camarera bastante culta (una estudiante de Erasmus apurada por la crisis que no existían en los cuarenta) dispuesta a destruir mis prejuicios preguntándome por la secuela hollywoodiense o (al abrir y leer la primera página) por la dedicatoria al escritor irlandés. Entonces yo podría alardear (delante de ti, para combatir mi inseguridad) afirmando que la novela se publicó en 1939 cuando James Joyce todavía no había nacido: que Joyce era el nombre de su mujer, Camila. Y proseguiría de este modo: date cuenta, Camila, que narra en primera persona (en tercera cuando se refiere al personaje) la historia de un joven escritor que se enamora de una camarera como tú, aunque ese no es un buen resumen, lo sé. Podrías replicarme con razón que hay muchas historias como esa. Y es verdad, pero esta es muy buena, parece real, está viva; corre desnuda por las páginas, libre de detalles superfluos, Camila. Hay pocos escritores capaces de crear un personaje tan vivo como Arturo Bandini (tras acabar la lectura, sigue conversando contigo, sigues haciéndole partícipe de tu realidad) sin ser Arturo Bandini, contestarías si fueses una proyección de mi pensamiento y no una simple camarera de un tugurio de California.
Tienes razón Camila, pero no por eso deja de resultar interesante… Y callaría (no por falta de argumentos), porque si insistiera en que la historia sólo sirve como un ameno instrumento para diseccionar la personalidad del protagonista, estaría haciéndole un flaco favor al autor.

Como remota posibilidad había imaginado también que eras aspirante a escritora. Entonces no tendrías más remedio que leerte Pregúntale al polvo antes de proseguir tu aventura, Camila. Sólo en este caso me extendería un poco más en mi análisis. Me explayaría en lo bien que se novela la adolescencia de Baldini-Fante: su soberbia y su arrogancia poco disimuladas todavía bajo la máscara de hipocresía social; la mitificación de arquetipos (en este caso cromos antiguos de literatura en vez de futbolistas); la frágil impostura de normas y conceptos seguidos al pie de la letra sin haber profundizado en su significado ni tanteado sus límites (hablo en este caso de la religión, de la honradez o del amor); la omnipotente e injustificada confianza en uno mismo que se desploma ante el primer revés (confundida a menudo con la cobardía)…
Y, por si fuera poco, concluiría que el principal valor de este libro (lo que le otorga la actualidad e inmortalidad a la vez) no es la originalidad formal del lenguaje (para eso hay que leer a Faulkner) ni la elocuencia del silencio (que tanto dominaba Hemingway) ni sino la magnífica escenificación de la victoria (progresiva y sutil) de las leyes atávicas (la vida) sobre todas las cáscaras que, desde el nacimiento, malcopiamos de la cultura.

Pero todo ese sueño se rompió al evitar servirme tú o tu amiga sueca, Camila. La voz de tu marido me devolvió a la realidad: había visto su rostro ayer, junto a ti, bajo la estatua de Hemingway.
Al fin y al cabo, tampoco te habría regalado el libro con los tiempos que corren... 

domingo, 24 de julio de 2011

Morirse de éxito o matar por éxito dentro del sistema.

Todos hemos pensado alguna vez en cómo nos sentiríamos coronados de éxito. Probablemente, coincidiríamos en la idea pero no tanto en los detalles, ni en las formas de ese reino. Por suerte, el azar logra impedir a menudo que se cumplan casi todos nuestros sueños. Sólo cuando falla esa ruleta del destino, actúa el sistema. El sistema, artificial en su definición, se refiere a todos los mecanismos que usa el poder para perpetuarse. El sistema no escoge a los elegidos sino determina que los elegidos sean sólo unos pocos. Porque todos no podemos tener éxito, al igual que todos no podemos ser ricos. El sistema promociona el éxito exclusivo al igual que la belleza; frágil, fugaz, momentáneo. Su maquinaria nos advierte que los privilegiados que logran alcanzarlo “no pueden dormirse en los laureles” o corren el riesgo de “morirse de éxito”. Lo digo a propósito de Amy Winehouse y de José Tomás, que han alcanzado ese éxito por su talento y son noticia este fin de semana por circunstancias distintas. Sus casos me recuerdan lo mucho que el sistema olvida a las personas en pos de sus personajes… ¡Y lo rápido que se desvinculan esos personajes de la persona!... La Historia está repleta de personajes a merced de los caprichos del sistema. Ni la muerte les libra de estas cadenas.    

Lo que el sistema, al parecer, no ha previsto es que aquellos que no posean ningún talento especial también puedan optar a su reino de gloria “matando por éxito”. Algo de eso explica lo sucedido este sábado en Noruega. Yo, que no soy experto en nada y menos en sistemas, he escuchado que el error consiste en haber descuidado la definición (indefinición) de éxito en pos de fomentar la competitividad a cualquier precio. Supongo que esa hipótesis aludirá al rollo ese de la escala de valores tan en desuso… En fin, la conclusión es que no debería preocupar únicamente las 92 víctimas colaterales del “ansia de éxito” de un loco. Si se confunde el éxito con la fama y se puede alcanzar la fama sin importar el cómo ni el porqué el sistema tiene un serio problema.

sábado, 14 de mayo de 2011

LOS POLÍTICOS Y LAS MAGNITUD DE LAS CATÁSTROFES

Quería hablar de literatura (porque este blog lo he creado para inventarme mi propia literatura) pero, la muerte de Bin Laden primero y el terremoto de Lorca ahora, me han exigido algunas palabras incómodas.
Uno de los “leitmotivs” que asalta mi atención normalmente despistada es la imagen de varios políticos importantes paseándose por las secuelas de la localidad murciana. Hay gente desconsolada que va a lo suyo, como si no estuvieran. Son los que intentan entrevistar. Otros, menos afectados por el azar, curiosean la visita. Supongo que debe tranquilizarles la presencia de autoridades. Poco o nada pueden hacer por lo sucedido, pues la naturaleza no entiende de justicias ni de méritos, pero al menos si están ahí es porque los sismólogos (esos científicos desconocidos) habrán garantizado que ya no corren peligro.
Además, que les preocupe tu propia desgracia (a los que reparten la pasta) puede traducirse en ayudas económicas a largo plazo (ya lo han anunciado: no estoy descubriendo América). Y digo puede por mi propia ignorancia, porque no sé si influirá algo que estén en plena campaña y  estemos sumidos en una crisis profunda. Espero que no.
Sucede algo similar con las guerras que no importan a nadie (salvo a vendedores de armas) y las que acaparan los focos de los medios (donde las ONG’s y la ONU toman posiciones). A mí me parecen guerras distintas: las primeras casi no existen (como las catástrofes sin políticos); las segundas provocan manifestaciones a favor de los Derechos Humanos, cambios de gobierno y juicios postreros a tiránicos gobernantes.
Así que espero, por el bien de Lorca, que se arreglen los males que tienen remedio (económico) y puedan pensar en literatura en vez de terremotos lo más pronto posible.

lunes, 2 de mayo de 2011

LA MUERTE DE OSAMA BIN LADEN

Como no soy una persona entendida en esto de la política, hay dos preguntas que surgen dentro de mi cabeza (contra mi voluntad, pues suelo reñirla si abandona la pereza) al ver los telediarios. ¿Han matado a Osama y han tirado su cadáver al mar? ¿No hay fotografías (o se publicarán después a cambio de una sustanciosa retribución)?

Como suelo ser un poco Quijote, tengo tendencia a producir hipótesis imposibles basadas en trhillers que parasitan el dormitorio de mi originalidad. Una de ellas hasta se atreve a insinuar la posibilidad de una salida pactada entre Osama y los americanos... ¡Si es que estoy completamente loco!...

Lo que sí puedo confesar con bastante honestidad (para los matemáticos: la honestidad no tiene porqué tener valores absolutos), es que yo jamás habría imaginado semejante final. Lo que da la razón a todos aquellos que aseguran que no tengo ningún futuro en la novela.