Me he despertado esta mañana con un desasosiego repentino.
Ayer por la tarde bajé a tomar un café para acompañar la lectura de dicha
novela. La camarera sueca que me sirvió, al verme concentrado en la lectura,
depositó sobre la mesa (sin venir a cuento) una fotografía de una estatua de
Hemingway en Pamplona. Yo, que soy de natural poco propenso a epatar con
desconocidas y desconfío de los ligues a simple vista, apenas asentí y forcé una
sonrisa. La joven se alejó muy contrariada. Se alejó tan contrariada que
incluso fue evidente para mí. Lamenté tanto mi reacción que, cuando se acercó (media
hora después) a traerme el olvidado vaso de hielo con limón, intenté compensar
mi involuntaria ofensa con frases rellenas de amabilidad inusitada. Le dije,
sonriendo, que estaba leyendo a Fante, un coetáneo de Hemingway precisamente. La
camarera se encogió de hombros y me miró como si me hubiese convertido (si no
lo era ya) en el escarabajo de Kafka.
O no entendió bien lo que dije o no entiendo yo el lenguaje
no verbal de los humanos, así que esta mañana volví a sentarme en la misma mesa
(con la esperanza de ser atendido por Camila)
para resolver la duda trascendental responsable de mi insomnio. Me había
propuesto averiguar si despreciabas tanto a Fante sin conocerlo (o admirabas a
Hemingway probablemente sin haber leído nada de él) o era yo (o mi ceguera a
una relación abortada) quien te provocaba repulsión (el leitmotiv de todos mis
problemas se resume en la confusión que siente un escarabajo cuando cree ser
una persona cualquiera). A pesar de todo, creía que te conocía muy bien y que tú
me malinterpretabas a mí, Camila, y ya
era hora de aclarar este asunto (porque el asunto existía: habías simulado no
verme y tardabas en atenderme más de la cuenta para medir mi paciencia).
Cual Arturo Bandini
me había empeñado en regalarte Pregúntale
al polvo para que la leyeras en una tarde, como hiciste con El perrito rió. Para convencerte contaba
con dos argumentos irrefutables: la novela sumaba menos de doscientas páginas (reseña
incluida de otro súbdito de Baco enemigo de las formalidades aburridas:
Bukowsky) y trataba de una camarera inmigrante como tú que conocía a un tipo
pedante (raro como un escarabajo, si prefieres) como yo.
En una de mis versiones más optimistas, acabábamos
partiéndonos de risa de lo absurdo que era todo mientras pensabas: ¡qué tío más
original!, debe ser un gran escritor, seguro. Y entonces aceptabas una cita
para hablar del libro o para que te recomendara otros (quizá alguno mío).
Pero como soy más pesimista (más adulto) que ese italiano
engreído, esperaba que me atendieras con rigurosa cortesía y, a lo sumo, te
interesaras cortésmente por algo básico sobre el libro regalado. Con suerte
habría tropezado con la típica camarera bastante culta (una estudiante de
Erasmus apurada por la crisis que no existían en los cuarenta) dispuesta a
destruir mis prejuicios preguntándome por la secuela hollywoodiense o (al abrir
y leer la primera página) por la dedicatoria al escritor irlandés. Entonces yo
podría alardear (delante de ti, para combatir mi inseguridad) afirmando que la
novela se publicó en 1939 cuando James Joyce todavía no había nacido: que Joyce
era el nombre de su mujer, Camila. Y
proseguiría de este modo: date cuenta, Camila,
que narra en primera persona (en tercera cuando se refiere al personaje) la
historia de un joven escritor que se enamora de una camarera como tú, aunque
ese no es un buen resumen, lo sé. Podrías replicarme con razón que hay muchas
historias como esa. Y es verdad, pero esta es muy buena, parece real, está
viva; corre desnuda por las páginas, libre de detalles superfluos, Camila. Hay pocos escritores capaces de
crear un personaje tan vivo como Arturo
Bandini (tras acabar la lectura, sigue conversando contigo, sigues haciéndole
partícipe de tu realidad) sin ser Arturo
Bandini, contestarías si fueses una proyección de mi pensamiento y no una
simple camarera de un tugurio de California.
Tienes razón Camila,
pero no por eso deja de resultar interesante… Y callaría (no por falta de
argumentos), porque si insistiera en que la historia sólo sirve como un ameno
instrumento para diseccionar la personalidad del protagonista, estaría haciéndole
un flaco favor al autor.
Como remota posibilidad había imaginado también que eras aspirante
a escritora. Entonces no tendrías más remedio que leerte Pregúntale al polvo antes de proseguir tu aventura, Camila. Sólo en
este caso me extendería un poco más en mi análisis. Me explayaría en lo bien
que se novela la adolescencia de Baldini-Fante:
su soberbia y su arrogancia poco disimuladas todavía bajo la máscara de
hipocresía social; la mitificación de arquetipos (en este caso cromos antiguos
de literatura en vez de futbolistas); la frágil impostura de normas y conceptos
seguidos al pie de la letra sin haber profundizado en su significado ni
tanteado sus límites (hablo en este caso de la religión, de la honradez o del
amor); la omnipotente e injustificada confianza en uno mismo que se desploma
ante el primer revés (confundida a menudo con la cobardía)…
Y, por si fuera poco, concluiría que el principal valor de
este libro (lo que le otorga la actualidad e inmortalidad a la vez) no es la
originalidad formal del lenguaje (para eso hay que leer a Faulkner) ni la
elocuencia del silencio (que tanto dominaba Hemingway) ni sino la magnífica escenificación
de la victoria (progresiva y sutil) de las leyes atávicas (la vida) sobre todas
las cáscaras que, desde el nacimiento, malcopiamos de la cultura.
Pero todo ese sueño se rompió al evitar servirme tú o tu
amiga sueca, Camila. La voz de tu
marido me devolvió a la realidad: había visto su rostro ayer, junto a ti, bajo
la estatua de Hemingway.
Al fin y al cabo, tampoco te habría regalado el libro con
los tiempos que corren...