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viernes, 3 de agosto de 2012

PREGÚNTAME A MÍ, de John Fante


Me he despertado esta mañana con un desasosiego repentino. Ayer por la tarde bajé a tomar un café para acompañar la lectura de dicha novela. La camarera sueca que me sirvió, al verme concentrado en la lectura, depositó sobre la mesa (sin venir a cuento) una fotografía de una estatua de Hemingway en Pamplona. Yo, que soy de natural poco propenso a epatar con desconocidas y desconfío de los ligues a simple vista, apenas asentí y forcé una sonrisa. La joven se alejó muy contrariada. Se alejó tan contrariada que incluso fue evidente para mí. Lamenté tanto mi reacción que, cuando se acercó (media hora después) a traerme el olvidado vaso de hielo con limón, intenté compensar mi involuntaria ofensa con frases rellenas de amabilidad inusitada. Le dije, sonriendo, que estaba leyendo a Fante, un coetáneo de Hemingway precisamente. La camarera se encogió de hombros y me miró como si me hubiese convertido (si no lo era ya) en el escarabajo de Kafka.

O no entendió bien lo que dije o no entiendo yo el lenguaje no verbal de los humanos, así que esta mañana volví a sentarme en la misma mesa (con la esperanza de ser atendido por Camila) para resolver la duda trascendental responsable de mi insomnio. Me había propuesto averiguar si despreciabas tanto a Fante sin conocerlo (o admirabas a Hemingway probablemente sin haber leído nada de él) o era yo (o mi ceguera a una relación abortada) quien te provocaba repulsión (el leitmotiv de todos mis problemas se resume en la confusión que siente un escarabajo cuando cree ser una persona cualquiera). A pesar de todo, creía que te conocía muy bien y que tú me malinterpretabas a mí, Camila, y ya era hora de aclarar este asunto (porque el asunto existía: habías simulado no verme y tardabas en atenderme más de la cuenta para medir mi paciencia).

Cual Arturo Bandini me había empeñado en regalarte Pregúntale al polvo para que la leyeras en una tarde, como hiciste con El perrito rió. Para convencerte contaba con dos argumentos irrefutables: la novela sumaba menos de doscientas páginas (reseña incluida de otro súbdito de Baco enemigo de las formalidades aburridas: Bukowsky) y trataba de una camarera inmigrante como tú que conocía a un tipo pedante (raro como un escarabajo, si prefieres) como yo.

En una de mis versiones más optimistas, acabábamos partiéndonos de risa de lo absurdo que era todo mientras pensabas: ¡qué tío más original!, debe ser un gran escritor, seguro. Y entonces aceptabas una cita para hablar del libro o para que te recomendara otros (quizá alguno mío).
Pero como soy más pesimista (más adulto) que ese italiano engreído, esperaba que me atendieras con rigurosa cortesía y, a lo sumo, te interesaras cortésmente por algo básico sobre el libro regalado. Con suerte habría tropezado con la típica camarera bastante culta (una estudiante de Erasmus apurada por la crisis que no existían en los cuarenta) dispuesta a destruir mis prejuicios preguntándome por la secuela hollywoodiense o (al abrir y leer la primera página) por la dedicatoria al escritor irlandés. Entonces yo podría alardear (delante de ti, para combatir mi inseguridad) afirmando que la novela se publicó en 1939 cuando James Joyce todavía no había nacido: que Joyce era el nombre de su mujer, Camila. Y proseguiría de este modo: date cuenta, Camila, que narra en primera persona (en tercera cuando se refiere al personaje) la historia de un joven escritor que se enamora de una camarera como tú, aunque ese no es un buen resumen, lo sé. Podrías replicarme con razón que hay muchas historias como esa. Y es verdad, pero esta es muy buena, parece real, está viva; corre desnuda por las páginas, libre de detalles superfluos, Camila. Hay pocos escritores capaces de crear un personaje tan vivo como Arturo Bandini (tras acabar la lectura, sigue conversando contigo, sigues haciéndole partícipe de tu realidad) sin ser Arturo Bandini, contestarías si fueses una proyección de mi pensamiento y no una simple camarera de un tugurio de California.
Tienes razón Camila, pero no por eso deja de resultar interesante… Y callaría (no por falta de argumentos), porque si insistiera en que la historia sólo sirve como un ameno instrumento para diseccionar la personalidad del protagonista, estaría haciéndole un flaco favor al autor.

Como remota posibilidad había imaginado también que eras aspirante a escritora. Entonces no tendrías más remedio que leerte Pregúntale al polvo antes de proseguir tu aventura, Camila. Sólo en este caso me extendería un poco más en mi análisis. Me explayaría en lo bien que se novela la adolescencia de Baldini-Fante: su soberbia y su arrogancia poco disimuladas todavía bajo la máscara de hipocresía social; la mitificación de arquetipos (en este caso cromos antiguos de literatura en vez de futbolistas); la frágil impostura de normas y conceptos seguidos al pie de la letra sin haber profundizado en su significado ni tanteado sus límites (hablo en este caso de la religión, de la honradez o del amor); la omnipotente e injustificada confianza en uno mismo que se desploma ante el primer revés (confundida a menudo con la cobardía)…
Y, por si fuera poco, concluiría que el principal valor de este libro (lo que le otorga la actualidad e inmortalidad a la vez) no es la originalidad formal del lenguaje (para eso hay que leer a Faulkner) ni la elocuencia del silencio (que tanto dominaba Hemingway) ni sino la magnífica escenificación de la victoria (progresiva y sutil) de las leyes atávicas (la vida) sobre todas las cáscaras que, desde el nacimiento, malcopiamos de la cultura.

Pero todo ese sueño se rompió al evitar servirme tú o tu amiga sueca, Camila. La voz de tu marido me devolvió a la realidad: había visto su rostro ayer, junto a ti, bajo la estatua de Hemingway.
Al fin y al cabo, tampoco te habría regalado el libro con los tiempos que corren...