¿Qué sucedería si el destino caprichoso reuniese una mujer hermosa que reniega de su físico con un galán incapaz de enamorarse de nadie? Ambientada en esta época, El Hombre Que Nunca Se Enamoraría trata la paradoja de la incomunicación en un mundo excesivo en recursos y el abuso de los roles como cárcel y amparo de nuestros miedos.
Capítulos:
-América frente al espejo https://nomegustalapoesiadehoy.blogspot.com/2015/04/america-frente-al-espejo.html
-Apuesta por la amistad https://nomegustalapoesiadehoy.blogspot.com/2015/04/apuesta-por-la-amistad.html
-La culpa de Manolo https://nomegustalapoesiadehoy.blogspot.com/2018/12/la-culpa-de-manolo.html
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domingo, 30 de diciembre de 2018
sábado, 29 de diciembre de 2018
"La culpa de Manolo"
Porque no es un mal hombre. No es culpa suya que las mujeres acaben enamorándose, exigiéndole sentimientos similares o esperanzas… No da motivos para que se ilusionen. Se muestra como es: activo, inquieto, inteligente, profundo, apasionado, egoísta, orgulloso. No es una mala persona. Tampoco una persona vulgar. No es culpa suya padecer la tara congénita de no poder enamorarse de alguien. Es el hombre que nunca se enamoraría. “El Hombre que nunca se enamoraría”, le gusta esa frase.
Memorizar esta frase.
En sus relaciones nunca reveló ese horrible secreto. Tampoco ahora que ya es consciente. Es un hipócrita. Mónica no lo sabe. Nadie va revelando sus defectos por ahí. La hipocresía es necesaria. Antes, tenía excusas. La convicción ha ido engordando de manera empírica, sumando lágrimas y renuncias. Es un enfermo. No resulta sencillo ni placentero este papel. No se sabe con certeza al principio. La enfermedad no se reconoce desde dentro. No es tan mala persona. Mónica cree en él. Puede estar equivocado. Todavía atribuye sus fracasos a excusas diversas: no haber tropezado con la mujer adecuada, con “la media naranja”; no haber madurado suficiente para afrontar una relación; problemas de identidad sexual no del todo resueltos todavía; sentirse imbuido de un espíritu egoísta que impide la valoración justa del prójimo, inexistencia del amor; obsesión. Todo vale. Debe sucederle lo mismo a todo el mundo. No es tan especial inventando excusas pasajeras. Es un enfermo, un hombre que nunca se enamoraría. Ninguna excusa posee una entidad consistente, lo sabe. Ninguna calma su angustia. A veces se da por satisfecho.
Desconfiar.
Son años difíciles. Mónica es una buena chica. La verdad se oculta bajo las piedras. No le gusta pensar en eso. Mónica no se merece un tipo como él, inmune al amor. El amor existe pero él es El Hombre que nunca se enamoraría. Y ya está. Resulta inútil lamentarse de las carencias. Nadie se desnuda por ahí. No es rico, no es inmortal, no es todopoderoso, no puede volar como los pájaros, no se sumergirá nunca en los abismos de los mares, no sabrá la verdad del universo, no entenderá el misterio del origen. Nadie va llorando por eso por las calles. Vivir es otra cosa.
Negociar con Mónica.
El amor no aparece desde el principio. ¿Lo reconocerá El Hombre que nunca se enamoraría?
Escribir algo sobre eso.
Un correcalles fallero acompaña una banda de música. Explosiones de pañuelos de colores, pasodobles con aromas de pólvora y aceite colocan un paréntesis a la crisis. Los jóvenes abusan de las gafas de sol y de la indiferencia. Los niños sucumben al embrujo del fuego de la mano de sus padres. Las mujeres lucen peinetas con cataratas de trajes regionales. Refuerzos de gente diversa se mezcla con la comitiva o se detiene en las aceras. Le gusta integrarse en el ambiente, confundirse en la multitud como uno más. Es el culpable disimulado, el hombre más frío, el hombre de hielo. Sin embargo, despierta emociones. Despierta emociones para sufrir. Algunas mujeres se enamoran del vacío a sabiendas. Lo llaman de otra manera pero saben que se trata del vacío. Lo conocen muy bien. No desean ninguna respuesta sino el sufrimiento. El sufrimiento es una emoción bastante severa para despertar la vida. Lo buscan enamorándose de él. Le persigue esa culpa involuntaria. No debería perseguirle, pero así funciona la conciencia.
Hay demasiada muerte en esos desfiles. Demasiada muerte en esos muñecos de cartón y madera, que esperan el fuego. Demasiada muerte en esos turistas, o ciudadanos, o ciudadanos hartos de las Fallas y los petardos como América. Hay demasiada muerte alrededor de ese movimiento imprevisible y repetido, golpes, tropiezos, apretujones, voces, deseos estereotipados y dirigidos.
Hay demasiada muerte en la inconsciencia de la muerte, arteria fundamental para nutrir la vida. No se dan cuenta de que están muertos, prefieren no pensar en ella. Se preocupan por el sexo, por los placeres banales y directos, por la fiesta cuando al otro lado de la esquina espera la precariedad, la impotencia, la esclavitud del sistema, El Hombre que nunca se enamoraría. Tal vez todo esto no sea más que amor. El amor despunta todas estas aristas que resumen y combinan lo bueno y lo malo en una muerte viva cuando sólo existe la muerte, una muerte cotidiana responsable de su culpa. Qué sabrá él del amor.
domingo, 12 de abril de 2015
"Apuesta por la Amistad"
-Pues esta mañana ha ido mi marido al médico a pasar la revisión del anestesista. ¿Te había contado que le dijeron que tenía un pequeño tumor en el oído? Después de muchas patadas y años de largas, se lo descubrieron en una resonancia. El neurocirujano nos aseguró que no era maligno pero yo no me fío, chica. Los médicos no se enteran. La prueba es que llevaba varios años ya, sordo. El neurocirujano nos dijo: ¿es que no se han dado cuenta de que este hombre no oye por ese oído?- señala el oído izquierdo.- Claro que nos dimos cuenta. Y fuimos no sé cuantas veces al médico de cabecera, al de toda la vida. Don Juan, mírelo bien, que no oye. Y don Juan como si nada, que eso es de la edad, que a los sesenta años empieza a fallarnos el motor del coche. Ni se levantaba de la silla. Venga hacer colas en el ambulatorio para nada. Al final, nos cansamos. Nos fuimos por la privada. Es la única manera de que te hagan caso. Le hicieron una resonancia y ya ves qué disgusto. El Otorrino nos aseguró que no se debía al ruido de las máquinas, pero yo estoy con la mosca detrás de la oreja. Porque mi marido Juanlu ha trabajado toda la vida en la fábrica y no veas el ruido que hacen esas máquinas. No, mujer, no, las máquinas no son... Y se reía. Menuda risa. Como no le pasaba a él. Pero yo creo que el ruido ése sí que tiene que ver. Con tal de escurrir el bulto para que no le den la prejubilación y una incapacidad, serían capaces de jurar cualquier cosa. Si no estás en silla de ruedas, todo lo ven normal. Así que nada, lo que te iba contando. Que esta mañana ha ido al médico y estamos esperando que le llamen para quemarle ese tumor del oído con radiocirugía. Por si no teníamos problemas...
Katty asiente, simulando atender. Aquella perorata interminable de una vecina oculta una terrible evidencia tras el telón: ha envejecido de repente. Se da cuenta en ese momento, mientras permanece de pie frente a la anónima indiferente que la ha elegido como interlocutora válida, como igual. Ya no es una niña, ni siquiera la joven que fue… La vida ha pasado volando y una gravedad acre ahoga su estado de ánimo.
-Nada, mujer, ya verás como va a ir todo bien.
-¿Todo bien? Ya veremos. Si lees el papel ese que te hacen firmar antes de operarte, te asustas. No te operarías. Lees los riesgos esos y dices: mejor me quedo en casa como estoy...- espeta la anónima indiferente.
Como si quedarse en casa fuese una opción carente de riesgos. Como si manteniendo los brazos cruzados, sentado en el sillón, no pasase el reloj de tu vida, y evitases los riesgos de convertirte en una persona con más pasado que futuro. Los ignoras, que es diferente. Y un buen día sales de casa y te tropiezas con una vecina impertinente que te habla de sus nietos o de sus males, y caes en la cuenta de tu olvido involuntario: se desploma como una losa de riesgos desconocidos sobre ti peores que la muerte...
-¿Qué pasa ahí en la portería?- inquiere la mujer.
-¿Dónde?
Ha estado evitando a Manolo desde la escapada por el río, desde la lluvia. Casi han pasado dos semanas: las fiestas de Pascua y los primeros brotes de la primavera.
-¿No ves? Están leyendo el Panel de Avisos. ¿No te pica la curiosidad saber qué habrán colgado ahora?- inquiere la mujer con una sonrisa picarona. Ya se ha olvidado de la salud de su marido. Su marido es un hecho más.
-A mí...- se queda a media voz. Sin saber cómo concluir la frase.
-¡Vamos!...- exclama la anónima indiferente.
Se acercan al grupo que murmura cosas -no se entiende, ¿de dónde habrá sacado eso?, ¿a qué viene esto?- respecto a los folios grapados en la sección de OBJETOS PERDIDOS. Ramón dormita sobre la suya. Leen el manuscrito anónimo pese a las críticas, intrigados por su contenido, ligeramente emocionados por la nueva entrega.
MANIFIESTO POR LA AMISTAD.
Al hablar de la amistad, un escalofrío me recorre de arriba abajo erizando la piel y cavando un túnel directo a la fuente de las emociones. Se me olvida la poesía al hablar de amistad. Me pongo de pie al hablar de amistad. Doy gracias al cielo al hablar de amistad y haber comprendido alguna de sus aristas, más tarde que pronto, antes de la nada, porque no conozco nada más honroso que la amistad, nada que produzca tantas satisfacciones a cambio de tan poco.
Es difícil explicarles con palabras lo que siento, plasmar en un papel el concepto de amistad. Les pido que me disculpen de antemano la confusión del texto dictado desde el corazón. Tampoco me ayuda mucho la razón: renunciar a los miedos atávicos es un requisito imprescindible para buscarla.
Comenzaré con este principio: la amistad impone una nueva jerarquía de valores. A veces existe una montaña bien estructurada, otras una colina, otras una llanura horizontal. Para que la amistad produzca frutos, para que se vea desde lejos y sobreviva a las inundaciones de la rutina, hay que prepararle un trono lo más elevado posible. Y no es fácil. A priori cuenta con dos enemigos clamorosos: el egoísmo y el miedo.
Para vencer al egoísmo hay que practicar a diario. Acostumbrados a la soledad desde el principio, aislados por el miedo, lo hemos potenciado con la promesa implícita de hallar la felicidad. Y no existe error más injusto, más engañoso, más grave en el mundo que apostar por uno mismo.
Yo, como tantos otros, cometí ese error apostando por mí. Yo, errante del tiempo, cavé un agujero en el interior de mi alma, buscándome en la profundidad de sus grutas, descubriéndome yo solo. Ignoraba que la amistad era la luz que me faltaba, el azogue necesario para reflejarme. Sin la amistad no hay ancla en el abismo, ni mesura en la distancia, ni contrapeso en la balanza.
Para vencer a los temores... para vencer a los temores hay que confiar completamente en la amistad. Y en este punto, considero honesto confesaros un secreto: todavía no me atrevo a abrir todas las ventanas de mi alma delante de mi amig@. Le miento, me callo, me engaño a mí mismo: todavía no me he acostumbrado a esta vulnerabilidad que exige la amistad. Pero voy avanzando paso a paso. La amistad es un tesoro que vale la pena. Voy derribando muros poco a poco... Importa más la satisfacción del avance que la contemplación del camino.
Acaso la vida sólo sea un ejercicio de borradores donde vamos acumulando amig@s. Lo único que nos distingue como personas; lo único que separa nuestra existencia de un ruido cualquiera, o un puñado de almanaques, o unas fotografías borrosas es la amistad. La presencia de un amig@ se detiene de pronto en nuestra memoria y le clava una puñalada de vida. Hemos disfrutado juntos, sí señor, y hemos llorado también. Compartimos nuestras emociones; las reconocimos al verlas reflejadas en otros ojos gracias al espejo de la amistad. No importó tanto silencio ni tanta elocuencia gracias a la amistad. No importó tanto sufrimiento ni tanta incertidumbre gracias al olvido que administraba la amistad. Fuimos nosotros mismos gracias a vosotros, y parte de ese ser es amistad.
¡Qué orgulloso me siento cuando alguien me llama amigo!... Os propongo un ejercicio muy provechoso: llamad a vuestros amigos ahora mismo, sin perder tiempo, apenas concluyáis la lectura de este manifiesto: llamad a vuestros amigos, AMIGOS. Repetid la palabra amigos las veces que sea necesario, sin pudor. Protegedlos de la erosión de la rutina, que pronto los convierte en extraños saludados o indiferentes anónimos.
Y si no tenéis amigos, si sois inválidos sociales como fui yo, parásitos de la soledad con una costra de vanidad y soberbia en la cara: levantad un castillo de valores en el horizonte de vuestra alma; enarbolad la bandera de la amistad lo más alto que podáis, con cimientos sólidos de generosidad, humildad, empatía, piedad, paciencia y dedicación; renunciad a encerraros dentro de vosotros mismos, dentro de vuestras casas, en las murallas invisibles de esta urbanización; salid a la calle con las ventanas abiertas, las manos libres, la mirada atenta y buscaos en la mirada de los otros, reconoceos ahí, ofrecedles antes de pedir. A un amigo se le pide lo que puede dar y se le da lo que no va a pedir. A un amigo se le espera en la necesidad y se le necesita en la espera. A un amigo se le dice siempre más de lo que escucha y se le escucha aunque no diga nada.
Aprovechemos estos tiempos de crisis y apostemos por la amistad.
lunes, 6 de abril de 2015
"América frente al espejo"
Ojala al mirarse en él, el espejo le robase su belleza. La belleza es iceberg de la culpa. Desconoce un mundo a sus veintidós años. Odia al espejo. Agranda su boca con sus manos. Constriñe los párpados. Ya ha visto demasiado. Reproduce muecas horripilantes.
Disimular sus grandes ojos, sus cejas simétricas, su naricilla recta y delicada, su cutis brillante.
El moreno tapiza su cara. Odia al espejo. Raro es el día en que no capte la atención de ningún hombre. Ha aprendido a leer sus lascivas dedicatorias. Es joven. Todos piensan lo mismo a pesar de la edad, de la condición social, del lugar. Viste ropa inconveniente y ancha. Es ropa fea y barata. Sólo puede permitirse esa ropa. Piensan que camina altiva, como un cisne entre obreros. Nunca se maquilla. Se eleva en cada zancada.
Ser humilde y pasar desapercibida.
Tiene vicio de ponerse las manos en los bolsillos. No puede ser humilde por culpa de la belleza. Disimula su melena en una cola. No se peina bien. Todos se fijan en sus curvas. No es una persona sino curvas. Sólo su madre la mira como es. América la respeta. Su madre no lo imagina. Discuten a menudo. Sólo se tienen la una a la otra. Su madre daría su vida por ella. Discuten casi siempre que conversan. Van y vienen: se afirman en sus palabras y retroceden en los silencios. Se parecen como dos gotas de agua. Las dos procuran por la otra. Su madre intenta contagiarle optimismo. ¿Cómo va a creer en el optimismo? A veces ella también busca razones para no desfallecer.
América ha heredado su estilizada figura, el pelo largo y vigoroso, la nariz puntiaguda, los ojos redondos y profundos como negativos de lunas, la barbilla graciosa y minúscula. Se mira bastante en el espejo.
No mirarse tanto.
Renuncia de nuevo a su belleza. Sin ella, vivirían más tranquilas. Vivirían en Venezuela, en los arrabales de Caracas. No le importa vivir en la absoluta miseria. No conoce la miseria, pero parecen fotos felices. También rechaza la felicidad. No la necesita. Ojala no existiera.
No buscarla.
De este modo, a veces se encuentra.
Acude al espejo cuando está triste. El espejo no le ayuda. Puede contar con los dedos de la mano buenos momentos. Mientras abre regalos en su comunión. Mientras interpreta “El sí de las niñas”, y su madre llora en una esquina del teatro. Se puede llorar de felicidad. Cuando le concedieron un premio de poesía local. Los aplausos anónimos le erizan los pelos todavía. Una navidad se emborracharon su madre y ella. Acabaron revelándose secretos como dos amigas. Nada más. Cambia el orden de preferencia. A veces entra otro momento o sale alguno de los habituales. Depende de con quién se enfade. Sólo se enfada con su madre, con el mundo o con ella misma. Resulta inútil sacarle punta a la memoria. Pierde detalles con el tiempo. Resume imágenes en palabras, palabras en conceptos, conceptos en nada. Podría escribir sobre eso. Ya no le apetece escribir sino olvidar. El olvido es imprescindible para afrontar el presente sin tantos recuerdos en la mochila.
Dejar de poetizar sobre algo tan serio.
El destino obliga a mirar hacia delante. El destino no es para nada poético ni romántico, sino maquiavélico. Quizá no existe destino. Es la eterna pregunta.
Mírate en el espejo, América. Olvídate de la poesía. Mira la verdad. Eres bella aunque no te guste. Reconócelo. Nadie me pidió opinión. No pude elegir. Puedo cambiar ese defecto. No me sentiré mejor. La felicidad no existe. Parece mentira que no lo sepa. O si existe, no es lo que creo. Se trata de un camino, no de un final. Yo no creo nada. Como la felicidad conozco muchas heroínas de ficción.
Conocer no implica aceptar su existencia.
La felicidad es una licencia literaria, propia del hombre. Olvídate de la poesía, América. Si quieres pensar eso para sentirte mejor, piénsalo. Ya te darás cuenta de tu error. ¿Cuándo? Si puede saberse. Cuando se gire la tortilla y comience el razonamiento por otras bases. Por ejemplo, enamorarse. Sí, enamorarme. ¿Por qué no? ¿Por qué yo no?
Enamorarme de verdad.
Ya no soy tan niña. Cállate, América. Tu noviazgo con Ramiro estropeó tus conceptos. No puedo permitirle que me derrote sin presentar batalla. Te enamorarás algún día como sueñas en tus poesías. Cuando sospeche la posibilidad de ser correspondida seré feliz. Sólo esa certeza de esa sospecha bastará. No puedes desconfiar tanto, América. No será fácil. Nadie ama por nada, cualquiera lo sabe. Los hombres se ciegan con tu maldita belleza. Deberías saberlo. Ya tengo suficiente experiencia. No soy tan joven para eso. No les intereso lo más mínimo en esencia.
Buscar a un ciego.
No seas tan superficial, América. No lo soy, lo es el mundo. Míralo con honestidad. Tú sólo aprendes de él. Todo su ornamento artificial está fabricado con ladrillos de mentiras.
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