Desde su más tierna infancia tuvo claro que no era la
preferida. Ignoraba los motivos y las causas de tan injusta selección pero
aprendió que la vida, a menudo arbitraria e incomprensible en sus decisiones,
no concede ventajas a los que lloran o a los que se detienen frente al espejo
de su desdicha; así que, bien pronto, aprendió a asumir su inferioridad.
La memoria repasada ofrece signos remotos. Recuerda cómo la
otra cogió un lápiz antes que ella, los primeros garabatos que arañó en el
papel, papá, mamá, calcados a unos modelos. Parecía fácil. Ella tuvo alguna
oportunidad de intentarlo pero se frustró enseguida. Tú no. Insistían con la
otra, una y otra vez, a pesar de sus errores, a pesar de todo una y otra vez.
En aquel momento no resultó trascendente para ella. Escribir
no le gustaba. Prefería otras actividades, jugar con los objetos, producir
sonidos con el movimiento. Ahí no se sentía diferente respecto a la otra...
Aunque ahora reconoce que era demasiado joven e ingenua para apreciar esos
matices. Regresando con una mirada más crítica y un análisis más riguroso y
maduro, se percataba de esos detalles sutiles que ya subrayaban el papel
preponderante de la otra. ¿Por qué fue así? No encontraba ninguna explicación
convincente, salvo atribuirle la culpa al destino, a los deseos caprichosos de
la vida... Lo que era evidente era que el tiempo había disipado cualquier
incertidumbre respecto a su papel secundario.
Quizá lo que llamamos suerte no sea más que alguna reacción
química que se inclinó ligeramente hacia la otra, una moneda que salió cruz,
una batalla ínfima e intrascendente que perdió sin darse cuenta. Lo que
importaba ahora eran las consecuencias que habían derivado de esa decisión: el
impedimento funcional para escoger y llevar alimentos pequeños a la boca, o
para saludar amistades, o para teclear mensajes en el móvil, o para atrapar con
pinturas la imaginación... Conforme la otra crecía, ella se estaba convirtiendo
en una inútil. Sólo era requerida para ayudar a la otra. No hacía nada sola.
¿Cómo podía haber sido feliz así, viéndose superada en cada ocasión por la
otra? Lo fue, sin embargo. Fue feliz hasta que se percató de su insuperable
desventaja. Entonces, la envidia comenzó a corroer sus pensamientos (porque a
pesar de que nadie lo creía, ella pensaba). Quizá influyó en el despertar de
esa maldad atávica aquellas clases de mecanografía. Frente al teclado recuperó
su autoestima. Ahí competía en igualdad de condiciones con la otra. Ahí le
quedó claro que ella no era inferior y que podía aspirar a la misma felicidad
que la otra.
El ordenador o la máquina de escribir le permitían plasmar
sus sentimientos, imaginar reveses vencidos, amenazar al destino inexorable,
protagonizar aventuras increíbles o unirse con su amado en igualdad de
condiciones que la otra.
Pero las clases de mecanografía acabaron de repente y, con
ellas, sus aspiraciones. Volvió a chocar de bruces con la cruda realidad: jamás
sería igual que la otra. Los momentos gozados con la mecanografía ahondaban más
el pozo de su tristeza. Sus destinos estaban ligados para siempre y ella
siempre sería la segunda.
Si concibieron versos sublimes, las felicitaciones se las
llevó la otra.
Si ganaron un premio, pareció que ganó sólo la otra.
Se enamoraron del mismo hombre y sucedió lo que tenía que
pasar: que se fue con la otra.
Ése fue el golpe definitivo. Se había creado muchas ilusiones
porque al principio el muchacho las trataba por igual. La sangre palpitaba en su
tersa piel. Todos los momentos del día sólo parecían encaminados hacia esos encuentros.
Llegó a creerse, como en las clases de mecanografía, en igualdad de
oportunidades frente a la otra, con la única diferencia de que, más pronto o
más tarde, Roberto elegiría a una o a la otra.
¡Cuán ilusa fue! ¡Cuánto daño se hizo!... ¿Cómo llegó a
pensar que ella podría acariciar antes que la otra su torso musculoso, sus
brazos firmes, su barba incipiente? ¿No le había enseñado la costumbre (la
inercia de la vida, o sea, el desdén) cuál era el orden natural de las cosas?
Demasiado que lo sabía. Y tanto. Se cegó, inventó
inexistentes posibilidades para obtener el mismo resultado de siempre: celos o
envidia amorosa. Más celos o envidia de la otra. Casi se muere cuando Roberto
le regaló el anillo de compromiso a la otra. De repente, ella dejó de existir
para él.
Morirse de pena es muy difícil. Estaba tan unida a la otra,
que ésta le habría impedido que cometiese cualquier tontería. Tampoco se sentía
capaz de matarse sola. ¿Cómo pedirle a la otra que la ayudara a concluir, de
una vez por todas, esta competición tan desigual y cruel? ¿Existe mayor
crueldad que ser testimonio permanente desde la eterna derrota?
El destino, y no la otra, fue quién resolvió la injusticia. Tanto
dolor, tantas ansias de venganza, tantos celos y envidia, acabaron inclinando
la balanza a su favor. Fue un acto instintivo, inconsciente, más que una
revancha... ¿Cómo iba a calcular o planificar las consecuencias que depararía
en la situación que ella se encontraba?
Parecía un día cualquiera. Conducía la otra, enajenada, bella,
espléndida, mientras ella pensaba en la muerte. Sentía unas ganas irreprimibles
de morirse, sólo recuerda eso… Iban por una carretera tranquila, por un camino tan
rutinario que predispone a desviar la atención a otros asuntos, cuando sonó el
teléfono móvil. Vibraba en la guantera, guiñando las luces rojas como
advertencia. La otra, pensando que sería Roberto, soltó el volante para
buscarlo. Abrió la tapa sin pedirle ayuda (con tantos años de protagonismo
había adquirido una habilidad pasmosa que todavía multiplicaba más su
tristeza). A partir de ese instante, todo sucedió muy rápido, imprevisible. La
carretera cambió: un chirrido de ruedas en la calzada, unas luces que
sobrevolaron su piel pasando por donde no debía, un reflejo, un acto
imprevisto, un volantazo hacia la izquierda que dio ella, un golpe fuerte y la
anestesia, el olvido de casi todo…
Despertó después, días después, meses después, en una cama
del hospital, mientras la pellizcaban. ¿Qué se había pensado ese chulo con la
bata blanca? Claro que movió los dedos. ¿¡Por qué no iba a moverlos!?...
“Parece que reacciona al dolor”, dijo el doctor.
Entonces fue contactando poco a poco con la realidad que tanto
despreciaba: su perfil secundario, su condena eterna, el rechazo de su amado
(la gota que colmó el vaso) y todo lo demás. Comenzó a recuperar los datos en
su archivo de memoria corporal hasta detenerse en ese inesperado accidente. Fue
ella la que giró el volante, fue ella y no la otra: algunos fotogramas
rescataban esa secuencia rápida de momentos. Lo hizo por puro instinto de
supervivencia, para intentar salvarse… Para salvar a las dos. Resulta
paradójico por lo mucho que deseaba morirse, pero fue así. No cabe otra
interpretación posible. ¿Por qué se había empeñado el médico en agredirla de
ese modo? ¿Por qué la pellizcaba otra vez?
“Localiza el dolor sólo en el lado izquierdo: presenta una
hemiplejía derecha.” Afirmó el doctor.
¿Qué significaban aquellas palabras? ¿A qué se debía aquel
riguroso examen? ¿Se encontraría allí quizá Roberto? Sí, la observaba a pocos
metros, lloraba… Acercó su mano peluda y ella acudió a su encuentro. ¿Se
trataba de un sueño? ¿Dónde estaba la otra?
La otra yacía junto al cuerpo, desfigurada, hinchada,
inerme. Justo después de aquellos segundos gloriosos de contacto con su amado,
se precipitó con torpeza en busca de la otra para intentar despertarla, levantarla,
estirarle sus dedos… Pero no obtuvo ninguna respuesta. La otra había muerto.
No pudo disimular su sorpresa ni asimilar todos los
pensamientos que la acecharon: las segundas oportunidades del destino, el final
de sus frustraciones pasadas, la culminación de sus sueños (porque a pesar de
que nadie lo creía, ella soñaba), las perspectivas de futuro con su amado… Todo
se resumía en una profunda alegría; una alegría secreta que contrastaba con el
pesar entero de casi todo el cuerpo. Una alegría que tuvo que contener cuando
el doctor aventuró que, a partir de
ahora, debería aprender a valerse exclusivamente de su mano izquierda. Que
había tenido mucha suerte de salvar la vida y ahora tocaba recuperarse y
ponerse fuerte. Trabajar, trabajar y trabajar para valerse por sí misma.
Ni en sus mejores delirios hubiera imaginado tanta
felicidad. La otra, la mano derecha, estaba muerta. Ahora se le concedía una
oportunidad única que el destino le negó desde el principio. Las cartas de
amor, las caricias, los gestos, los
regalos… los entregaría y recibiría sólo ella. Todos los aprendizajes, todos
los ensayos y errores, toda la paciencia la consumiría ella, la siniestra.