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domingo, 4 de abril de 2021

Los inadaptados

Me perdí. 

De repente, merodeaba en los márgenes del camino, sorteando matorrales y arbustos. Un sonsonete acariciaba mis circunvoluciones: deben estar ya buscándome. Cierto que me había tropezado con otra gente pero siempre nos mirábamos desconcertados, sin reconocernos, incapaces de ayudarnos. A pesar de todo no dejaban de sorprenderme y a menudo exclamaba: qué diablos hacen por aquí?! Sin duda, se trataba de inadaptados, de anacoretas, de solitarios al margen de las costumbres. No como yo. 

Temía que me preguntaran dónde quedaba ese camino... De hecho, yo nunca lo supe pero... cómo confesarlo! Anduve por atajos, por ramificaciones, por sendas que no me convencieron nunca preguntándome si algunos pocos, alguien, me echaría de menos o se percataría de mi falta. Dios mío, cuánto deseaba explicarle a esa persona interesada todo lo que había descubierto durante mi ausencia!... He estado esperando tanto tiempo ese momento! Le confesaría que yo siempre supe que había un camino multitudinario y lógico cerca de mí, que nunca perdí la fe... Guardo como un tesoro todas mis versiones de la verdad que seguro interesarán a ese ente imaginario... Por ese motivo quizá callo y huyo ante todos estos extraños personajes, ante esos focos dispersos del único camino tan embozados de miedo, tan apartados del rumbo que... obviamente, tampoco sabrán la respuesta. 

Pero lo que peor soporto es su vívida resignación. No como yo, que voy repitiendo en un soliloquio lo cercano que presiento el camino mientras me adentro en la densidad del bosque, sin percatarme que solo el silencio osa acompañarme en mi aventura. 

Solo faltaría, bromeo de tanto en tanto, que un día de estos se me presentara en esta vida, sin previo aviso, como una puñalada traicionera, la muerte.

martes, 18 de diciembre de 2012

LA PERSONA MÁS LISTA



-Insisto, señor González, que no considero necesaria la creación de un nuevo premio. La gente está un poco harta de tantos premios y reconocimientos pactados. Han perdido su valor.
-Lo sé, lo sé… pero este promete ser un premio muy original…
-Aún así, señor González, como abogado de la Organización, es mi deber advertirle de la futilidad de tantos premios. Por muy originales que sean. Las últimas encuestas afirman que la gente está cansada de recibirlos. Ni siquiera un cinco por ciento de la población recuerda el último ganador del Artista Total, el más emblemático de todos los premios.
-Eso será, señor Guillén, porque los premios se reparten siempre entre unos pocos y no llegan a tocar la fibra sensible del ciudadano de a pie. Pero este último premio que voy a inventar superará con creces sus pesimistas perspectivas, de eso estoy seguro.
-Por otra parte, también es mi obligación asegurarle que no disponemos de fondos suficientes para sufragarlo.
-En este premio no se valorará la compensación económica, sino el reconocimiento. Con este premio vamos a regresar al origen de los premios…
-Insisto, señor González. Mi obligación es advertirle. La Organización ya cuenta con demasiados premios en cualquier disciplina del arte… No creo que su propuesta supere el filtro de la Comitiva de Sabios.
-La Comitiva de Sabios… ¡Menuda Comitiva!... ¿Se refiere a ese grupo de estudiosos que pasaron por alto el genio de Kafka o el talento de Van Gogh, por contarle dos ejemplos evidentes? ¿Se refiere a esa gente que se pasa el día cuantificando el impacto mediático de autores mediocres que escriben sólo para levantar polémica sin ningún estilo reconocible ni formación apropiada? Porque no me negará que tengo razón. Mire usted sino los últimos premiados. Analice benévolamente su trabajo y compárelo con los clásicos. No le descubro nada si le digo que la cultura se ha devaluado, se está devaluando a la carrera. Y a nosotros debería importarnos, señor Guillén: la cultura es la materia prima que nos da de comer. Ya, y usted me dirá que exagero; que me dejo influir por la vena apocalíptica; que qué importancia tiene ese detalle mientras sigan vendiéndose libros, o cuadros, o discos, y las compañías destinen dinero a la Organización para potenciar a determinado escritor, o pintor, o escultor, o mamarracho de turno… Perdone, señor Guillén porque a veces no expreso bien lo que quiero decir pero usted me entiende. Me refiero a que usted sabe que llegara un día que la gente, harta de toda esta farándula, le de la espalda a la cultura. Y dígame entonces a dónde carajo se irá la Organización, y nuestros buenos salarios, y nuestro estilo de vida, señor Guillen. Sí, no me diga que no ni se ría de mis palabras. Es así: el arte se ha convertido en una moda y es posible que un día deje de estarlo. Las modas son pasajeras, señor Guillén. Consulte la historia. El arte que debemos preservar y cuidar lo estamos explotando como si quisiéramos destripar a la gallina de los huevos de oro. Ese es el problema. Ya están apareciendo las primeras voces de alarma, señor Guillén. No soy yo el único que lo digo. ¿O no se acuerda de aquel programa donde un niño ensuciaba un lienzo y se exponía en una galería como un cuadro famoso de un pintor coreano, sin llamar la atención de los críticos, y consiguiendo un valor sustancioso en la subasta? ¿Se acuerda de aquella novela escrita por un ordenador a partir de frases célebres y una línea argumental repleta de tópicos que ganó un premio de los nuestros, con el visto bueno de su respetado Comitiva de Sabios? ¿Se acuerda del ridículo que pasamos, señor Guillén? ¿Cree usted que esas noticias no van calando en la gente?... Algún día no tan lejano, escúcheme bien señor Guillén, algún día no tan lejano la gente dejará de leer por cansancio y dejará de comprar cuadros o visitar museos. Algún día el arte desaparecerá si no lo cuidamos. Y puede que ese día no esté tan lejos de hoy…
-No exagere, señor González. Es cierto que la Organización ha cometido errores lamentables, pero de ahí a afirmar que el arte va a desaparecer…
-Me refiero al arte como negocio, señor Guillén. Nosotros ya somos demasiado viejos para creer en conceptos tan románticos como la belleza. Me refiero a la Organización, señor Guillén, no vivimos de la belleza sino de las compañías que venden firmas. Y las firmas han alcanzado un descrédito considerable. Están heridas de muerte, justos por pecadores, y ahora es el momento de reaccionar…
-Y su premio es la solución a esos males, ¿no?
-El premio es una solución nada más.
-¿Y a quién pretende premiar con este premio tan original? Me tiene usted intrigado con esta perorata.
-A la persona más lista.
-¿A la persona más lista? No entiendo qué relación puede tener ese premio con la apocalíptica degradación del arte que acaba de narrar…
-Muy sencillo. Cada vez que adquiera un objeto de arte, el comprador recibirá un cupón para votar a la persona más lista que conozca. A cambio de rellenar ese cupón obtendrá un pequeño descuento del artículo. Propondremos como condiciones necesarias que posea la nacionalidad española. Excluiremos a personalidades políticas, religiosas y a la realeza. Se pueden perfilar mejor las reglas para evitar que voten por votar: para seleccionar verdaderamente a la persona más lista.
-Sigo sin entenderle…
-La Persona Más Lista formará parte de los jurados: los jurados obtendrán un valor mucho más democrático, señor Guillén.
-¿Y cree usted que con esa persona tan lista, que no tiene porqué tener ningún conocimiento de arte por otra parte, se compensarán todos los errores de la Organización?
-En absoluto; pero la Organización ganará credibilidad al configurar un jurado elegido por el pueblo para cada evento, de eso estoy seguro. El arte puede beneficiarse si quien forma parte del jurado tiene su cargo colgando de un hilo y puede ser evaluado a la vez.
-No me diga que con este premio no está rizando el rizo, señor González. ¡Esto sí que resulta sorprendente! ¡Premiar (o castigar con la ausencia de premio) a los que premian!...
-Sí, ríase. Ríase a gusto pero no me negará que no es una mala idea. Ganamos popularidad con una baja inversión. Ganamos crédito delante de nuestro público. ¿Qué podemos perder?
-¿Y qué pinta en este premio toda esta decadencia del arte que me había contado? ¡Creía que había llegado a perder el juicio!...
-Se trata por lo menos de ganar credibilidad entre los clientes. Ya le anticipé, señor Guillén, que esto suponía tan sólo una solución, no todos los remedios para los numerosos males que nos aquejan.
-Ya está entrando en razón, señor González… Me había preocupado bastante.
-¿Me apoyará usted en la próxima asamblea frente a la Comitiva de Sabios?
-Lo pensaré. No puedo prometerle nada todavía. Lo pensaré bien. Puede que no sea una idea tan descabellada…

El señor González y el señor Guillén se despidieron. Volvieron a verse el día de la asamblea, donde la propuesta del señor González ganó por mayoría simple. El plan fue descuartizado al detalle por la Comitiva de Sabios, un poco reacios a perder sus privilegios de jurado universal. Determinaron que La Persona Más Lista sólo decidiese como mucho un veinticinco por cien del premio en debate, previendo que el elegido fuese neófito en la materia juzgada en cuestión. Les pareció muy bien el refuerzo mediático que suponía esta figura y la confianza que generaría en el público al verse partícipe en su decisión. Todos estuvieron de acuerdo en que el señor González fuera el encargado de promocionar el premio en distintos medios de difusión. Se le otorgó para esta labor un presupuesto mucho más alto del que esperaba.
Lo que nunca imaginó el señor González fue el resultado final de la votación. Nunca imaginó que él resultase elegido como La Persona Más Lista, entendiendo como listo aquel que propone nuevas soluciones a problemas originales basándose en deducciones de otros modelos ya resueltos, en palabras de la Comitiva de Sabios, tanto o más sorprendida que él.

El señor González, abrumado por el resultado final, intentó y prometió mantener los pies en el suelo. Sabía que, obviamente, no era la persona más lista, que sus utópicos propósitos habían sucumbido antes de zarpar. Sabía de antemano que la inclusión de esta figura en cualquier jurado de la Organización tampoco iba a resolver todos los problemas del arte, (y menos él, que no era tan hipócrita de considerarse imparcial). Sabía que su bienintencionada medida acabaría colaborando al final con el inevitable deterioro artístico del arte (probablemente, a estas alturas del siglo XXI, el valor artístico del arte ya no tenía casi ninguna relevancia pública), pero no renunció a su cargo.
Sólo un tonto rechazaría ser nombrado la Persona Más Lista.
Es más, se esforzaría al máximo para resultar reelegido al año siguiente.

sábado, 25 de junio de 2011

La siniestra




Desde su más tierna infancia tuvo claro que no era la preferida. Ignoraba los motivos y las causas de tan injusta selección pero aprendió que la vida, a menudo arbitraria e incomprensible en sus decisiones, no concede ventajas a los que lloran o a los que se detienen frente al espejo de su desdicha; así que, bien pronto, aprendió a asumir su inferioridad.

La memoria repasada ofrece signos remotos. Recuerda cómo la otra cogió un lápiz antes que ella, los primeros garabatos que arañó en el papel, papá, mamá, calcados a unos modelos. Parecía fácil. Ella tuvo alguna oportunidad de intentarlo pero se frustró enseguida. Tú no. Insistían con la otra, una y otra vez, a pesar de sus errores, a pesar de todo una y otra vez.

En aquel momento no resultó trascendente para ella. Escribir no le gustaba. Prefería otras actividades, jugar con los objetos, producir sonidos con el movimiento. Ahí no se sentía diferente respecto a la otra... Aunque ahora reconoce que era demasiado joven e ingenua para apreciar esos matices. Regresando con una mirada más crítica y un análisis más riguroso y maduro, se percataba de esos detalles sutiles que ya subrayaban el papel preponderante de la otra. ¿Por qué fue así? No encontraba ninguna explicación convincente, salvo atribuirle la culpa al destino, a los deseos caprichosos de la vida... Lo que era evidente era que el tiempo había disipado cualquier incertidumbre respecto a su papel secundario.

Quizá lo que llamamos suerte no sea más que alguna reacción química que se inclinó ligeramente hacia la otra, una moneda que salió cruz, una batalla ínfima e intrascendente que perdió sin darse cuenta. Lo que importaba ahora eran las consecuencias que habían derivado de esa decisión: el impedimento funcional para escoger y llevar alimentos pequeños a la boca, o para saludar amistades, o para teclear mensajes en el móvil, o para atrapar con pinturas la imaginación... Conforme la otra crecía, ella se estaba convirtiendo en una inútil. Sólo era requerida para ayudar a la otra. No hacía nada sola. ¿Cómo podía haber sido feliz así, viéndose superada en cada ocasión por la otra? Lo fue, sin embargo. Fue feliz hasta que se percató de su insuperable desventaja. Entonces, la envidia comenzó a corroer sus pensamientos (porque a pesar de que nadie lo creía, ella pensaba). Quizá influyó en el despertar de esa maldad atávica aquellas clases de mecanografía. Frente al teclado recuperó su autoestima. Ahí competía en igualdad de condiciones con la otra. Ahí le quedó claro que ella no era inferior y que podía aspirar a la misma felicidad que la otra.
El ordenador o la máquina de escribir le permitían plasmar sus sentimientos, imaginar reveses vencidos, amenazar al destino inexorable, protagonizar aventuras increíbles o unirse con su amado en igualdad de condiciones que la otra.

Pero las clases de mecanografía acabaron de repente y, con ellas, sus aspiraciones. Volvió a chocar de bruces con la cruda realidad: jamás sería igual que la otra. Los momentos gozados con la mecanografía ahondaban más el pozo de su tristeza. Sus destinos estaban ligados para siempre y ella siempre sería la segunda.
Si concibieron versos sublimes, las felicitaciones se las llevó la otra.
Si ganaron un premio, pareció que ganó sólo la otra.
Se enamoraron del mismo hombre y sucedió lo que tenía que pasar: que se fue con la otra. 

Ése fue el golpe definitivo. Se había creado muchas ilusiones porque al principio el muchacho las trataba por igual. La sangre palpitaba en su tersa piel. Todos los momentos del día sólo parecían encaminados hacia esos encuentros. Llegó a creerse, como en las clases de mecanografía, en igualdad de oportunidades frente a la otra, con la única diferencia de que, más pronto o más tarde, Roberto elegiría a una o a la otra.

¡Cuán ilusa fue! ¡Cuánto daño se hizo!... ¿Cómo llegó a pensar que ella podría acariciar antes que la otra su torso musculoso, sus brazos firmes, su barba incipiente? ¿No le había enseñado la costumbre (la inercia de la vida, o sea, el desdén) cuál era el orden natural de las cosas?

Demasiado que lo sabía. Y tanto. Se cegó, inventó inexistentes posibilidades para obtener el mismo resultado de siempre: celos o envidia amorosa. Más celos o envidia de la otra. Casi se muere cuando Roberto le regaló el anillo de compromiso a la otra. De repente, ella dejó de existir para él.

Morirse de pena es muy difícil. Estaba tan unida a la otra, que ésta le habría impedido que cometiese cualquier tontería. Tampoco se sentía capaz de matarse sola. ¿Cómo pedirle a la otra que la ayudara a concluir, de una vez por todas, esta competición tan desigual y cruel? ¿Existe mayor crueldad que ser testimonio permanente desde la eterna derrota?

El destino, y no la otra, fue quién resolvió la injusticia. Tanto dolor, tantas ansias de venganza, tantos celos y envidia, acabaron inclinando la balanza a su favor. Fue un acto instintivo, inconsciente, más que una revancha... ¿Cómo iba a calcular o planificar las consecuencias que depararía en la situación que ella se encontraba?

Parecía un día cualquiera. Conducía la otra, enajenada, bella, espléndida, mientras ella pensaba en la muerte. Sentía unas ganas irreprimibles de morirse, sólo recuerda eso… Iban por una carretera tranquila, por un camino tan rutinario que predispone a desviar la atención a otros asuntos, cuando sonó el teléfono móvil. Vibraba en la guantera, guiñando las luces rojas como advertencia. La otra, pensando que sería Roberto, soltó el volante para buscarlo. Abrió la tapa sin pedirle ayuda (con tantos años de protagonismo había adquirido una habilidad pasmosa que todavía multiplicaba más su tristeza). A partir de ese instante, todo sucedió muy rápido, imprevisible. La carretera cambió: un chirrido de ruedas en la calzada, unas luces que sobrevolaron su piel pasando por donde no debía, un reflejo, un acto imprevisto, un volantazo hacia la izquierda que dio ella, un golpe fuerte y la anestesia, el olvido de casi todo…

Despertó después, días después, meses después, en una cama del hospital, mientras la pellizcaban. ¿Qué se había pensado ese chulo con la bata blanca? Claro que movió los dedos. ¿¡Por qué no iba a moverlos!?...
“Parece que reacciona al dolor”, dijo el doctor.

Entonces fue contactando poco a poco con la realidad que tanto despreciaba: su perfil secundario, su condena eterna, el rechazo de su amado (la gota que colmó el vaso) y todo lo demás. Comenzó a recuperar los datos en su archivo de memoria corporal hasta detenerse en ese inesperado accidente. Fue ella la que giró el volante, fue ella y no la otra: algunos fotogramas rescataban esa secuencia rápida de momentos. Lo hizo por puro instinto de supervivencia, para intentar salvarse… Para salvar a las dos. Resulta paradójico por lo mucho que deseaba morirse, pero fue así. No cabe otra interpretación posible. ¿Por qué se había empeñado el médico en agredirla de ese modo? ¿Por qué la pellizcaba otra vez?

“Localiza el dolor sólo en el lado izquierdo: presenta una hemiplejía derecha.” Afirmó el doctor.

¿Qué significaban aquellas palabras? ¿A qué se debía aquel riguroso examen? ¿Se encontraría allí quizá Roberto? Sí, la observaba a pocos metros, lloraba… Acercó su mano peluda y ella acudió a su encuentro. ¿Se trataba de un sueño? ¿Dónde estaba la otra?

La otra yacía junto al cuerpo, desfigurada, hinchada, inerme. Justo después de aquellos segundos gloriosos de contacto con su amado, se precipitó con torpeza en busca de la otra para intentar despertarla, levantarla, estirarle sus dedos… Pero no obtuvo ninguna respuesta. La otra había muerto.

No pudo disimular su sorpresa ni asimilar todos los pensamientos que la acecharon: las segundas oportunidades del destino, el final de sus frustraciones pasadas, la culminación de sus sueños (porque a pesar de que nadie lo creía, ella soñaba), las perspectivas de futuro con su amado… Todo se resumía en una profunda alegría; una alegría secreta que contrastaba con el pesar entero de casi todo el cuerpo. Una alegría que tuvo que contener cuando el doctor aventuró que, a partir de ahora, debería aprender a valerse exclusivamente de su mano izquierda. Que había tenido mucha suerte de salvar la vida y ahora tocaba recuperarse y ponerse fuerte. Trabajar, trabajar y trabajar para valerse por sí misma.

Ni en sus mejores delirios hubiera imaginado tanta felicidad. La otra, la mano derecha, estaba muerta. Ahora se le concedía una oportunidad única que el destino le negó desde el principio. Las cartas de amor,  las caricias, los gestos, los regalos… los entregaría y recibiría sólo ella. Todos los aprendizajes, todos los ensayos y errores, toda la paciencia la consumiría ella, la siniestra.

domingo, 29 de mayo de 2011

ESCENA EN EL METRO


Valencia, estación Nueve de Octubre, 2008.


Se burlan de mí. No soy tan tonto para no darme cuenta. Los otros nos miran a veces como si fuésemos payasos. Porque sonreímos, porque somos diferentes, les hacemos gracia. Los otros, con todo lo inteligentes que son, se preocupan demasiado y se olvidan de ser felices. Sus risas no son puras y están contaminadas por una pizca de maldad cuando nos dirigen la palabra y nos tratan como si fuésemos estúpidos. A mí, realmente no me importa demasiado, y les sigo el juego.
Porque nosotros somos incapaces de odiar. ¿Cómo vamos a odiar a los otros? ¿Odiar a mi padre y a mi madre y a mi hermana?... ¡Yo les quiero más que a nada y ellos me quieren mucho a mí!... Ellos me conocen y consiguen que sonría, y se ríen conmigo de corazón. Durante la semana mi madre me prepara el desayuno y procura que no se me olvide encima de la mesa. El bocadillo de queso es mi preferido. Los domingos, cocina mi comida favorita: la paella. Cuando hay setas voy con mi padre al monte a buscarlas y nos lo pasamos muy bien. A mi padre no le gusta que me aleje de él porque el monte es peligroso, pero a mi no me da miedo. El aire limpio, fresco, frío; las nubes con dibujos diversos, las infinitas plantas que nunca se han movido de allí y no conocen la ciudad; las liebres que se esconden de nosotros porque creen que les haríamos daño; los pájaros que van y vienen, cuidándonos desde arriba; ¡es todo tan hermoso y diferente!... Mi padre me deja llevar la cesta, me hace mucha ilusión. Es mucha responsabilidad porque podría meter dentro de ella setas venenosas y morirnos todos, así que la tapo con una servilleta y cuando veo una seta grito para que me oiga y se acerque a comprobar qué clase de seta he descubierto. Si es buena la corta con una pequeña navaja y yo doy saltos de alegría. Si es mala no pasa nada, aunque no entiendo porque hay setas venenosas. Alguno se podría confundir y equivocarse. ¡Con lo buenas que están con la paella!... A mi hermana Rosa y a mí, mi madre nos pone dos en el plato. Le encantan también. Cuando le digo que las he buscado especialmente para ella, me agradece mucho mi esfuerzo y me besa. Le encanta besarme. Le encanta acariciarme las orejas y mirarme las manos. Dice que tengo las orejas más pequeñas, y las manos más gruesas, sin líneas en la palma. Rosa se entretiene pintando en ellas con su dedo. ¿Qué pintas? Palabras, contesta. Yo no sé que son las palabras. Sirven para expresar lo que sientes. ¿Y qué sientes? Que te quiero mucho. Yo también. Y sonríe muy feliz y yo soy más feliz todavía porque ella es feliz. Yo sólo quiero que todos sean felices, porque cuanto más felices son, más contentos están y más se ríen conmigo.

Mi padre, que lee muchos libros cuando descansa y según dice Rosa los libros están llenos de palabras, es el menos feliz de la familia aunque lo niegue. Es el que menos sonríe y el que menos juega conmigo. Como trabaja mucho está casi siempre fuera de casa. El otro día le pedí que no trabajara tanto. No puedo, hijo; si no trabajara tanto no tendríamos dinero y no podríamos comprar cosas; los adultos tenemos que trabajar para ganar dinero. ¿Y no se puede ganar dinero sin trabajar? No, respondió, riéndose. Las preguntas que hago sobre los otros siempre hacen gracia. Pues no trabajes tanto que no necesitamos tanto dinero. Yo no puedo elegir la cantidad de trabajo. ¿Por qué? Porque no me dejan. Entonces aprendí que los otros trabajan obligados. A nosotros, la señorita Reme nos dice que hagamos cosas hasta que nos cansemos. Los otros no se cansan nunca. Mi padre lee palabras para ser feliz durante los descansos. Yo cuando me canso, me duermo.
Hay muchas diferencias entre la vida complicada de los otros y la nuestra, sobre todo las mentiras. Cuando mi padre dice que lo más importante de su vida somos nosotros, su familia, yo me siento muy orgulloso cuando lo escucho y no entiendo porque su jefe no le permite trabajar menos para cumplir su sueño y ser más feliz, aunque gane menos dinero, porque nosotros no necesitamos tanto dinero. Rosa dice que a los jefes no les importa la felicidad de nadie sino el dinero que ganen, y yo le pregunto que para qué quieren tanto dinero si no son felices. Tú no entiendes, Roberto. No, no lo entiendo. Siempre me pasa igual. No entiendo por qué los otros deciden ser jefes ni por qué los otros les hacen caso a los jefes si no desean su felicidad. Nosotros no tenemos jefes ni queremos que a nadie le suceda esto. No entendemos muchas cosas porque somos un poco menos inteligentes, pero sonreímos más que los otros y somos más felices. A mí no es que me importen mucho, pero sí que deseo que la señorita Reme, mis padres, Rosa y mi abuela Concha sean muy felices. Y también mi tío Pedro que me regala caramelos. Y el vecino que me saluda todas las mañanas al salir de casa. Y el conductor de autobús que abre la puerta para que entremos todos y espera a que nos sentemos para arrancar. Y el doctor Gimeno, que me receta un jarabe muy dulce. Por eso me entristece que mi madre se enfade con mi hermana pequeña porque se equivoque en los números. Es un enfado que me fastidia mucho, pues ese día Rosa se encierra en su habitación y no quiere jugar conmigo. Pensé que los números debían ser muy importantes, pero Rosa me dijo que sólo servían para fastidiar y mi madre para ser una persona de provecho en la vida. No es nada extraño que los otros opinen de manera diferente sobre una misma cosa. Por eso se enfadan tanto.
Entonces, ¿si no sabes que son los números no serás una persona de provecho en la vida? Le pregunté después a mi madre. Porque yo no sé qué son los números. No, contestó, puedes dedicarte a otras cosas. ¿Yo puedo ser una persona de provecho en la vida? Aunque no comprendía bien lo que significaba ser una persona de provecho en la vida, sí que deduje que era una cosa buena, puesto que se la exigían a Rosa. Claro, mi amor, contestó. ¿Por qué? ¿Qué tengo que hacer? ¿Se puede ser un hombre de provecho en la vida sin hacer nada especial, sin saberlo muy bien? ¿Podemos nosotros ser hombres de provecho en la vida? Mi madre creía que sí, pero no lo supo explicar. Ni lo intentó. A veces los otros siguen reglas muy complicadas. Yo prefiero aprender poco a poco y contarles a mi madre y a mi padre y a mi hermana lo que he aprendido cada día, y sonreír porque se alegran por mí, por lo mucho que he avanzado, y me hacen feliz. ¿Por qué los otros se entristecen por lo que les falta saber? Hay muchas cosas para aprender y muchos días en la vida. Si yo puedo ser un hombre de provecho sin aprender tanto, y ser un hombre de provecho significa una cosa buena, ¿por qué los otros se enfadan por los números que no saben? ¿Qué secretos guardan los números para ser tan importantes?

La señorita Reme opina que los números no son necesarios para nosotros. Dice que muchos hombres de provecho ni saben ni quieren saber nada de los números. También cree que nosotros podemos ser hombres de provecho si hacemos algo positivo por los otros. ¿Ayudarles? ¿Salvarles la vida? ¿Ganar dinero para ellos? No, no es necesario tanto, dijo. Y yo suspiré. Porque los otros no me dejan hacer casi nada y todavía no he salvado la vida de nadie (ni se me ocurre como puedo salvar la vida de alguien, si no es evitando coger una seta venenosa o tapando bien la cesta) ni voy a ganar dinero nunca. Para ganar dinero hay que trabajar y tener un jefe, y un jefe es una persona malvada que sólo quiere ganar mucho dinero y no le importa que seamos felices. Así que he decidido no ganar dinero nunca. Entonces ¿de qué otro modo podemos hacer algo positivo por los otros? Haciéndoles felices con nuestra sonrisa, por ejemplo, contestó la señorita Reme. ¿Sólo con eso? Sí. Pues es fácil ser un hombre de provecho, mi madre tenía razón, porque yo sólo quiero que los otros sean felices y se rían conmigo, o de mí, como estos dos muchachos en el metro que no saben que soy consciente de que se están burlando porque tengo lo que llaman síndrome de Down, pero no me importa: soy feliz y puedo ser un hombre de provecho.