Mostrando entradas con la etiqueta premios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta premios. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de diciembre de 2012

LA PERSONA MÁS LISTA



-Insisto, señor González, que no considero necesaria la creación de un nuevo premio. La gente está un poco harta de tantos premios y reconocimientos pactados. Han perdido su valor.
-Lo sé, lo sé… pero este promete ser un premio muy original…
-Aún así, señor González, como abogado de la Organización, es mi deber advertirle de la futilidad de tantos premios. Por muy originales que sean. Las últimas encuestas afirman que la gente está cansada de recibirlos. Ni siquiera un cinco por ciento de la población recuerda el último ganador del Artista Total, el más emblemático de todos los premios.
-Eso será, señor Guillén, porque los premios se reparten siempre entre unos pocos y no llegan a tocar la fibra sensible del ciudadano de a pie. Pero este último premio que voy a inventar superará con creces sus pesimistas perspectivas, de eso estoy seguro.
-Por otra parte, también es mi obligación asegurarle que no disponemos de fondos suficientes para sufragarlo.
-En este premio no se valorará la compensación económica, sino el reconocimiento. Con este premio vamos a regresar al origen de los premios…
-Insisto, señor González. Mi obligación es advertirle. La Organización ya cuenta con demasiados premios en cualquier disciplina del arte… No creo que su propuesta supere el filtro de la Comitiva de Sabios.
-La Comitiva de Sabios… ¡Menuda Comitiva!... ¿Se refiere a ese grupo de estudiosos que pasaron por alto el genio de Kafka o el talento de Van Gogh, por contarle dos ejemplos evidentes? ¿Se refiere a esa gente que se pasa el día cuantificando el impacto mediático de autores mediocres que escriben sólo para levantar polémica sin ningún estilo reconocible ni formación apropiada? Porque no me negará que tengo razón. Mire usted sino los últimos premiados. Analice benévolamente su trabajo y compárelo con los clásicos. No le descubro nada si le digo que la cultura se ha devaluado, se está devaluando a la carrera. Y a nosotros debería importarnos, señor Guillén: la cultura es la materia prima que nos da de comer. Ya, y usted me dirá que exagero; que me dejo influir por la vena apocalíptica; que qué importancia tiene ese detalle mientras sigan vendiéndose libros, o cuadros, o discos, y las compañías destinen dinero a la Organización para potenciar a determinado escritor, o pintor, o escultor, o mamarracho de turno… Perdone, señor Guillén porque a veces no expreso bien lo que quiero decir pero usted me entiende. Me refiero a que usted sabe que llegara un día que la gente, harta de toda esta farándula, le de la espalda a la cultura. Y dígame entonces a dónde carajo se irá la Organización, y nuestros buenos salarios, y nuestro estilo de vida, señor Guillen. Sí, no me diga que no ni se ría de mis palabras. Es así: el arte se ha convertido en una moda y es posible que un día deje de estarlo. Las modas son pasajeras, señor Guillén. Consulte la historia. El arte que debemos preservar y cuidar lo estamos explotando como si quisiéramos destripar a la gallina de los huevos de oro. Ese es el problema. Ya están apareciendo las primeras voces de alarma, señor Guillén. No soy yo el único que lo digo. ¿O no se acuerda de aquel programa donde un niño ensuciaba un lienzo y se exponía en una galería como un cuadro famoso de un pintor coreano, sin llamar la atención de los críticos, y consiguiendo un valor sustancioso en la subasta? ¿Se acuerda de aquella novela escrita por un ordenador a partir de frases célebres y una línea argumental repleta de tópicos que ganó un premio de los nuestros, con el visto bueno de su respetado Comitiva de Sabios? ¿Se acuerda del ridículo que pasamos, señor Guillén? ¿Cree usted que esas noticias no van calando en la gente?... Algún día no tan lejano, escúcheme bien señor Guillén, algún día no tan lejano la gente dejará de leer por cansancio y dejará de comprar cuadros o visitar museos. Algún día el arte desaparecerá si no lo cuidamos. Y puede que ese día no esté tan lejos de hoy…
-No exagere, señor González. Es cierto que la Organización ha cometido errores lamentables, pero de ahí a afirmar que el arte va a desaparecer…
-Me refiero al arte como negocio, señor Guillén. Nosotros ya somos demasiado viejos para creer en conceptos tan románticos como la belleza. Me refiero a la Organización, señor Guillén, no vivimos de la belleza sino de las compañías que venden firmas. Y las firmas han alcanzado un descrédito considerable. Están heridas de muerte, justos por pecadores, y ahora es el momento de reaccionar…
-Y su premio es la solución a esos males, ¿no?
-El premio es una solución nada más.
-¿Y a quién pretende premiar con este premio tan original? Me tiene usted intrigado con esta perorata.
-A la persona más lista.
-¿A la persona más lista? No entiendo qué relación puede tener ese premio con la apocalíptica degradación del arte que acaba de narrar…
-Muy sencillo. Cada vez que adquiera un objeto de arte, el comprador recibirá un cupón para votar a la persona más lista que conozca. A cambio de rellenar ese cupón obtendrá un pequeño descuento del artículo. Propondremos como condiciones necesarias que posea la nacionalidad española. Excluiremos a personalidades políticas, religiosas y a la realeza. Se pueden perfilar mejor las reglas para evitar que voten por votar: para seleccionar verdaderamente a la persona más lista.
-Sigo sin entenderle…
-La Persona Más Lista formará parte de los jurados: los jurados obtendrán un valor mucho más democrático, señor Guillén.
-¿Y cree usted que con esa persona tan lista, que no tiene porqué tener ningún conocimiento de arte por otra parte, se compensarán todos los errores de la Organización?
-En absoluto; pero la Organización ganará credibilidad al configurar un jurado elegido por el pueblo para cada evento, de eso estoy seguro. El arte puede beneficiarse si quien forma parte del jurado tiene su cargo colgando de un hilo y puede ser evaluado a la vez.
-No me diga que con este premio no está rizando el rizo, señor González. ¡Esto sí que resulta sorprendente! ¡Premiar (o castigar con la ausencia de premio) a los que premian!...
-Sí, ríase. Ríase a gusto pero no me negará que no es una mala idea. Ganamos popularidad con una baja inversión. Ganamos crédito delante de nuestro público. ¿Qué podemos perder?
-¿Y qué pinta en este premio toda esta decadencia del arte que me había contado? ¡Creía que había llegado a perder el juicio!...
-Se trata por lo menos de ganar credibilidad entre los clientes. Ya le anticipé, señor Guillén, que esto suponía tan sólo una solución, no todos los remedios para los numerosos males que nos aquejan.
-Ya está entrando en razón, señor González… Me había preocupado bastante.
-¿Me apoyará usted en la próxima asamblea frente a la Comitiva de Sabios?
-Lo pensaré. No puedo prometerle nada todavía. Lo pensaré bien. Puede que no sea una idea tan descabellada…

El señor González y el señor Guillén se despidieron. Volvieron a verse el día de la asamblea, donde la propuesta del señor González ganó por mayoría simple. El plan fue descuartizado al detalle por la Comitiva de Sabios, un poco reacios a perder sus privilegios de jurado universal. Determinaron que La Persona Más Lista sólo decidiese como mucho un veinticinco por cien del premio en debate, previendo que el elegido fuese neófito en la materia juzgada en cuestión. Les pareció muy bien el refuerzo mediático que suponía esta figura y la confianza que generaría en el público al verse partícipe en su decisión. Todos estuvieron de acuerdo en que el señor González fuera el encargado de promocionar el premio en distintos medios de difusión. Se le otorgó para esta labor un presupuesto mucho más alto del que esperaba.
Lo que nunca imaginó el señor González fue el resultado final de la votación. Nunca imaginó que él resultase elegido como La Persona Más Lista, entendiendo como listo aquel que propone nuevas soluciones a problemas originales basándose en deducciones de otros modelos ya resueltos, en palabras de la Comitiva de Sabios, tanto o más sorprendida que él.

El señor González, abrumado por el resultado final, intentó y prometió mantener los pies en el suelo. Sabía que, obviamente, no era la persona más lista, que sus utópicos propósitos habían sucumbido antes de zarpar. Sabía de antemano que la inclusión de esta figura en cualquier jurado de la Organización tampoco iba a resolver todos los problemas del arte, (y menos él, que no era tan hipócrita de considerarse imparcial). Sabía que su bienintencionada medida acabaría colaborando al final con el inevitable deterioro artístico del arte (probablemente, a estas alturas del siglo XXI, el valor artístico del arte ya no tenía casi ninguna relevancia pública), pero no renunció a su cargo.
Sólo un tonto rechazaría ser nombrado la Persona Más Lista.
Es más, se esforzaría al máximo para resultar reelegido al año siguiente.