-Insisto, señor González, que no considero necesaria la
creación de un nuevo premio. La gente está un poco harta de tantos premios y
reconocimientos pactados. Han perdido su valor.
-Lo sé, lo sé… pero este promete ser un premio muy original…
-Aún así, señor González, como abogado de la Organización,
es mi deber advertirle de la futilidad de tantos premios. Por muy originales
que sean. Las últimas encuestas afirman que la gente está cansada de recibirlos.
Ni siquiera un cinco por ciento de la población recuerda el último ganador del
Artista Total, el más emblemático de todos los premios.
-Eso será, señor Guillén, porque los premios se reparten
siempre entre unos pocos y no llegan a tocar la fibra sensible del ciudadano de
a pie. Pero este último premio que voy a inventar superará con creces sus
pesimistas perspectivas, de eso estoy seguro.
-Por otra parte, también es mi obligación asegurarle que no
disponemos de fondos suficientes para sufragarlo.
-En este premio no se valorará la compensación económica,
sino el reconocimiento. Con este premio vamos a regresar al origen de los
premios…
-Insisto, señor González. Mi obligación es advertirle. La
Organización ya cuenta con demasiados premios en cualquier disciplina del arte…
No creo que su propuesta supere el filtro de la Comitiva de Sabios.
-La Comitiva de Sabios… ¡Menuda Comitiva!... ¿Se refiere a
ese grupo de estudiosos que pasaron por alto el genio de Kafka o el talento de
Van Gogh, por contarle dos ejemplos evidentes? ¿Se refiere a esa gente que se
pasa el día cuantificando el impacto mediático de autores mediocres que
escriben sólo para levantar polémica sin ningún estilo reconocible ni formación
apropiada? Porque no me negará que tengo razón. Mire usted sino los últimos
premiados. Analice benévolamente su trabajo y compárelo con los clásicos. No le
descubro nada si le digo que la cultura se ha devaluado, se está devaluando a
la carrera. Y a nosotros debería importarnos, señor Guillén: la cultura es la
materia prima que nos da de comer. Ya, y usted me dirá que exagero; que me dejo
influir por la vena apocalíptica; que qué importancia tiene ese detalle
mientras sigan vendiéndose libros, o cuadros, o discos, y las compañías
destinen dinero a la Organización para potenciar a determinado escritor, o
pintor, o escultor, o mamarracho de turno… Perdone, señor Guillén porque a
veces no expreso bien lo que quiero decir pero usted me entiende. Me refiero a que
usted sabe que llegara un día que la gente, harta de toda esta farándula, le de
la espalda a la cultura. Y dígame entonces a dónde carajo se irá la
Organización, y nuestros buenos salarios, y nuestro estilo de vida, señor
Guillen. Sí, no me diga que no ni se ría de mis palabras. Es así: el arte se ha
convertido en una moda y es posible que un día deje de estarlo. Las modas son
pasajeras, señor Guillén. Consulte la historia. El arte que debemos preservar y
cuidar lo estamos explotando como si quisiéramos destripar a la gallina de los
huevos de oro. Ese es el problema. Ya están apareciendo las primeras voces de
alarma, señor Guillén. No soy yo el único que lo digo. ¿O no se acuerda de
aquel programa donde un niño ensuciaba un lienzo y se exponía en una galería
como un cuadro famoso de un pintor coreano, sin llamar la atención de los
críticos, y consiguiendo un valor sustancioso en la subasta? ¿Se acuerda de
aquella novela escrita por un ordenador a partir de frases célebres y una línea
argumental repleta de tópicos que ganó un premio de los nuestros, con el visto
bueno de su respetado Comitiva de Sabios? ¿Se acuerda del ridículo que pasamos,
señor Guillén? ¿Cree usted que esas noticias no van calando en la gente?...
Algún día no tan lejano, escúcheme bien señor Guillén, algún día no tan lejano
la gente dejará de leer por cansancio y dejará de comprar cuadros o visitar
museos. Algún día el arte desaparecerá si no lo cuidamos. Y puede que ese día
no esté tan lejos de hoy…
-No exagere, señor González. Es cierto que la Organización
ha cometido errores lamentables, pero de ahí a afirmar que el arte va a desaparecer…
-Me refiero al arte como negocio, señor Guillén. Nosotros ya
somos demasiado viejos para creer en conceptos tan románticos como la belleza.
Me refiero a la Organización, señor Guillén, no vivimos de la belleza sino de
las compañías que venden firmas. Y las firmas han alcanzado un descrédito
considerable. Están heridas de muerte, justos por pecadores, y ahora es el
momento de reaccionar…
-Y su premio es la solución a esos males, ¿no?
-El premio es una solución nada más.
-¿Y a quién pretende premiar con este premio tan original?
Me tiene usted intrigado con esta perorata.
-A la persona más lista.
-¿A la persona más lista? No entiendo qué relación puede
tener ese premio con la apocalíptica degradación del arte que acaba de narrar…
-Muy sencillo. Cada vez que adquiera un objeto de arte, el
comprador recibirá un cupón para votar a la persona más lista que conozca. A
cambio de rellenar ese cupón obtendrá un pequeño descuento del artículo.
Propondremos como condiciones necesarias que posea la nacionalidad española.
Excluiremos a personalidades políticas, religiosas y a la realeza. Se pueden
perfilar mejor las reglas para evitar que voten por votar: para seleccionar
verdaderamente a la persona más lista.
-Sigo sin entenderle…
-La Persona Más Lista formará parte de los jurados: los
jurados obtendrán un valor mucho más democrático, señor Guillén.
-¿Y cree usted que con esa persona tan lista, que no tiene
porqué tener ningún conocimiento de arte por otra parte, se compensarán todos
los errores de la Organización?
-En absoluto; pero la Organización ganará credibilidad al configurar
un jurado elegido por el pueblo para cada evento, de eso estoy seguro. El arte
puede beneficiarse si quien forma parte del jurado tiene su cargo colgando de
un hilo y puede ser evaluado a la vez.
-No me diga que con este premio no está rizando el rizo,
señor González. ¡Esto sí que resulta sorprendente! ¡Premiar (o castigar con la
ausencia de premio) a los que premian!...
-Sí, ríase. Ríase a gusto pero no me negará que no es una
mala idea. Ganamos popularidad con una baja inversión. Ganamos crédito delante
de nuestro público. ¿Qué podemos perder?
-¿Y qué pinta en este premio toda esta decadencia del arte
que me había contado? ¡Creía que había llegado a perder el juicio!...
-Se trata por lo menos de ganar credibilidad entre los
clientes. Ya le anticipé, señor Guillén, que esto suponía tan sólo una
solución, no todos los remedios para los numerosos males que nos aquejan.
-Ya está entrando en razón, señor González… Me había
preocupado bastante.
-¿Me apoyará usted en la próxima asamblea frente a la
Comitiva de Sabios?
-Lo pensaré. No puedo prometerle nada todavía. Lo pensaré
bien. Puede que no sea una idea tan descabellada…
El señor González y el señor Guillén se despidieron.
Volvieron a verse el día de la asamblea, donde la propuesta del señor González
ganó por mayoría simple. El plan fue descuartizado al detalle por la Comitiva
de Sabios, un poco reacios a perder sus privilegios de jurado universal.
Determinaron que La Persona Más Lista sólo decidiese como mucho un veinticinco
por cien del premio en debate, previendo que el elegido fuese neófito en la
materia juzgada en cuestión. Les pareció muy bien el refuerzo mediático que
suponía esta figura y la confianza que generaría en el público al verse
partícipe en su decisión. Todos estuvieron de acuerdo en que el señor González
fuera el encargado de promocionar el premio en distintos medios de difusión. Se
le otorgó para esta labor un presupuesto mucho más alto del que esperaba.
Lo que nunca imaginó el señor González fue el resultado final
de la votación. Nunca imaginó que él resultase elegido como La Persona Más
Lista, entendiendo como listo aquel que
propone nuevas soluciones a problemas originales basándose en deducciones de
otros modelos ya resueltos, en palabras de la Comitiva de Sabios, tanto o más
sorprendida que él.
El señor González, abrumado por el resultado final, intentó
y prometió mantener los pies en el suelo. Sabía que, obviamente, no era la
persona más lista, que sus utópicos propósitos habían sucumbido antes de
zarpar. Sabía de antemano que la inclusión de esta figura en cualquier jurado
de la Organización tampoco iba a resolver todos los problemas del arte, (y
menos él, que no era tan hipócrita de considerarse imparcial). Sabía que su
bienintencionada medida acabaría colaborando al final con el inevitable
deterioro artístico del arte (probablemente, a estas alturas del siglo XXI, el
valor artístico del arte ya no tenía casi ninguna relevancia pública), pero no
renunció a su cargo.
Sólo un tonto rechazaría ser nombrado la Persona Más Lista.
Es más, se esforzaría al máximo para resultar reelegido al
año siguiente.