-Pues esta mañana ha ido mi marido al médico a pasar la revisión del anestesista. ¿Te había contado que le dijeron que tenía un pequeño tumor en el oído? Después de muchas patadas y años de largas, se lo descubrieron en una resonancia. El neurocirujano nos aseguró que no era maligno pero yo no me fío, chica. Los médicos no se enteran. La prueba es que llevaba varios años ya, sordo. El neurocirujano nos dijo: ¿es que no se han dado cuenta de que este hombre no oye por ese oído?- señala el oído izquierdo.- Claro que nos dimos cuenta. Y fuimos no sé cuantas veces al médico de cabecera, al de toda la vida. Don Juan, mírelo bien, que no oye. Y don Juan como si nada, que eso es de la edad, que a los sesenta años empieza a fallarnos el motor del coche. Ni se levantaba de la silla. Venga hacer colas en el ambulatorio para nada. Al final, nos cansamos. Nos fuimos por la privada. Es la única manera de que te hagan caso. Le hicieron una resonancia y ya ves qué disgusto. El Otorrino nos aseguró que no se debía al ruido de las máquinas, pero yo estoy con la mosca detrás de la oreja. Porque mi marido Juanlu ha trabajado toda la vida en la fábrica y no veas el ruido que hacen esas máquinas. No, mujer, no, las máquinas no son... Y se reía. Menuda risa. Como no le pasaba a él. Pero yo creo que el ruido ése sí que tiene que ver. Con tal de escurrir el bulto para que no le den la prejubilación y una incapacidad, serían capaces de jurar cualquier cosa. Si no estás en silla de ruedas, todo lo ven normal. Así que nada, lo que te iba contando. Que esta mañana ha ido al médico y estamos esperando que le llamen para quemarle ese tumor del oído con radiocirugía. Por si no teníamos problemas...
Katty asiente, simulando atender. Aquella perorata interminable de una vecina oculta una terrible evidencia tras el telón: ha envejecido de repente. Se da cuenta en ese momento, mientras permanece de pie frente a la anónima indiferente que la ha elegido como interlocutora válida, como igual. Ya no es una niña, ni siquiera la joven que fue… La vida ha pasado volando y una gravedad acre ahoga su estado de ánimo.
-Nada, mujer, ya verás como va a ir todo bien.
-¿Todo bien? Ya veremos. Si lees el papel ese que te hacen firmar antes de operarte, te asustas. No te operarías. Lees los riesgos esos y dices: mejor me quedo en casa como estoy...- espeta la anónima indiferente.
Como si quedarse en casa fuese una opción carente de riesgos. Como si manteniendo los brazos cruzados, sentado en el sillón, no pasase el reloj de tu vida, y evitases los riesgos de convertirte en una persona con más pasado que futuro. Los ignoras, que es diferente. Y un buen día sales de casa y te tropiezas con una vecina impertinente que te habla de sus nietos o de sus males, y caes en la cuenta de tu olvido involuntario: se desploma como una losa de riesgos desconocidos sobre ti peores que la muerte...
-¿Qué pasa ahí en la portería?- inquiere la mujer.
-¿Dónde?
Ha estado evitando a Manolo desde la escapada por el río, desde la lluvia. Casi han pasado dos semanas: las fiestas de Pascua y los primeros brotes de la primavera.
-¿No ves? Están leyendo el Panel de Avisos. ¿No te pica la curiosidad saber qué habrán colgado ahora?- inquiere la mujer con una sonrisa picarona. Ya se ha olvidado de la salud de su marido. Su marido es un hecho más.
-A mí...- se queda a media voz. Sin saber cómo concluir la frase.
-¡Vamos!...- exclama la anónima indiferente.
Se acercan al grupo que murmura cosas -no se entiende, ¿de dónde habrá sacado eso?, ¿a qué viene esto?- respecto a los folios grapados en la sección de OBJETOS PERDIDOS. Ramón dormita sobre la suya. Leen el manuscrito anónimo pese a las críticas, intrigados por su contenido, ligeramente emocionados por la nueva entrega.
MANIFIESTO POR LA AMISTAD.
Al hablar de la amistad, un escalofrío me recorre de arriba abajo erizando la piel y cavando un túnel directo a la fuente de las emociones. Se me olvida la poesía al hablar de amistad. Me pongo de pie al hablar de amistad. Doy gracias al cielo al hablar de amistad y haber comprendido alguna de sus aristas, más tarde que pronto, antes de la nada, porque no conozco nada más honroso que la amistad, nada que produzca tantas satisfacciones a cambio de tan poco.
Es difícil explicarles con palabras lo que siento, plasmar en un papel el concepto de amistad. Les pido que me disculpen de antemano la confusión del texto dictado desde el corazón. Tampoco me ayuda mucho la razón: renunciar a los miedos atávicos es un requisito imprescindible para buscarla.
Comenzaré con este principio: la amistad impone una nueva jerarquía de valores. A veces existe una montaña bien estructurada, otras una colina, otras una llanura horizontal. Para que la amistad produzca frutos, para que se vea desde lejos y sobreviva a las inundaciones de la rutina, hay que prepararle un trono lo más elevado posible. Y no es fácil. A priori cuenta con dos enemigos clamorosos: el egoísmo y el miedo.
Para vencer al egoísmo hay que practicar a diario. Acostumbrados a la soledad desde el principio, aislados por el miedo, lo hemos potenciado con la promesa implícita de hallar la felicidad. Y no existe error más injusto, más engañoso, más grave en el mundo que apostar por uno mismo.
Yo, como tantos otros, cometí ese error apostando por mí. Yo, errante del tiempo, cavé un agujero en el interior de mi alma, buscándome en la profundidad de sus grutas, descubriéndome yo solo. Ignoraba que la amistad era la luz que me faltaba, el azogue necesario para reflejarme. Sin la amistad no hay ancla en el abismo, ni mesura en la distancia, ni contrapeso en la balanza.
Para vencer a los temores... para vencer a los temores hay que confiar completamente en la amistad. Y en este punto, considero honesto confesaros un secreto: todavía no me atrevo a abrir todas las ventanas de mi alma delante de mi amig@. Le miento, me callo, me engaño a mí mismo: todavía no me he acostumbrado a esta vulnerabilidad que exige la amistad. Pero voy avanzando paso a paso. La amistad es un tesoro que vale la pena. Voy derribando muros poco a poco... Importa más la satisfacción del avance que la contemplación del camino.
Acaso la vida sólo sea un ejercicio de borradores donde vamos acumulando amig@s. Lo único que nos distingue como personas; lo único que separa nuestra existencia de un ruido cualquiera, o un puñado de almanaques, o unas fotografías borrosas es la amistad. La presencia de un amig@ se detiene de pronto en nuestra memoria y le clava una puñalada de vida. Hemos disfrutado juntos, sí señor, y hemos llorado también. Compartimos nuestras emociones; las reconocimos al verlas reflejadas en otros ojos gracias al espejo de la amistad. No importó tanto silencio ni tanta elocuencia gracias a la amistad. No importó tanto sufrimiento ni tanta incertidumbre gracias al olvido que administraba la amistad. Fuimos nosotros mismos gracias a vosotros, y parte de ese ser es amistad.
¡Qué orgulloso me siento cuando alguien me llama amigo!... Os propongo un ejercicio muy provechoso: llamad a vuestros amigos ahora mismo, sin perder tiempo, apenas concluyáis la lectura de este manifiesto: llamad a vuestros amigos, AMIGOS. Repetid la palabra amigos las veces que sea necesario, sin pudor. Protegedlos de la erosión de la rutina, que pronto los convierte en extraños saludados o indiferentes anónimos.
Y si no tenéis amigos, si sois inválidos sociales como fui yo, parásitos de la soledad con una costra de vanidad y soberbia en la cara: levantad un castillo de valores en el horizonte de vuestra alma; enarbolad la bandera de la amistad lo más alto que podáis, con cimientos sólidos de generosidad, humildad, empatía, piedad, paciencia y dedicación; renunciad a encerraros dentro de vosotros mismos, dentro de vuestras casas, en las murallas invisibles de esta urbanización; salid a la calle con las ventanas abiertas, las manos libres, la mirada atenta y buscaos en la mirada de los otros, reconoceos ahí, ofrecedles antes de pedir. A un amigo se le pide lo que puede dar y se le da lo que no va a pedir. A un amigo se le espera en la necesidad y se le necesita en la espera. A un amigo se le dice siempre más de lo que escucha y se le escucha aunque no diga nada.
Aprovechemos estos tiempos de crisis y apostemos por la amistad.
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