Toda una vida entera acompañándonos, analizándonos, arrepintiéndose, aconsejándonos... la eternidad parece demasiado castigo.
Resulta paradójico que sea mi propia memoria (la que acumula los archivos de mi ser) la que relacione los momentos que menos he sido con la felicidad. Me refiero a aquellos instantes donde se expresó mi amor a alguien por encima de mí o en aquellos otros que logré desprenderme de esa losa que nos sobrepone la conciencia y pude fundirme con la música, sentir un cosquilleo de paz por los túneles de la piel o reírme a carcajada limpia... cuando fui menos yo, fui feliz.
La muerte, el no ser ya definitivo, quizá no debería preocuparnos tanto.
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