jueves, 10 de julio de 2025

LOS CIMIENTOS DE LA VIDA

Quizá porque ya no somos niños y nuestra imaginación ya no configura el escenario. Quizá porque nos hemos disfrazado demasiado. Quizá porque aprendimos a escribir caligrafía entre líneas… Pero ya no podemos mostrarnos tal y como somos. Ya no sin la estructura rígida de un acto protocolario, un evento periódico o un programa diseñado. Quizá sin la excusa de un café o sin el abrigo relajante de un vino ya no hallamos nexos para compartir lo que somos. Y nos sobra soledad y rutinas. Y miedo a que pase el tiempo. Y certeza del tiempo perdido. Por eso participamos en desfiles, acudimos a conciertos, nos integramos en casales falleros u hogueras. Porque necesitamos quitarnos la ropa, enfundarnos la chilaba o integrarnos con un fajín y zaragüell. Necesitamos unas coordenadas reales para ubicar nuestra alma y mezclarla con otras cercanas. Somos las mismas letras (cada una pintada con una caligrafía distinta) pero encasilladas entre renglones. Nos han acostumbrado. Hemos ido perdiendo la brújula de la infancia. La que orquestaba todo. Quizá tantas ofensas y frustraciones nos trajeron las convenciones. Para no echar sal en las heridas. Para poder soportarnos mejor. 

Que nos necesitemos de cuando en cuando resulta, bien pensado, una paradoja. 

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