domingo, 29 de mayo de 2011

ESCENA EN EL METRO


Valencia, estación Nueve de Octubre, 2008.


Se burlan de mí. No soy tan tonto para no darme cuenta. Los otros nos miran a veces como si fuésemos payasos. Porque sonreímos, porque somos diferentes, les hacemos gracia. Los otros, con todo lo inteligentes que son, se preocupan demasiado y se olvidan de ser felices. Sus risas no son puras y están contaminadas por una pizca de maldad cuando nos dirigen la palabra y nos tratan como si fuésemos estúpidos. A mí, realmente no me importa demasiado, y les sigo el juego.
Porque nosotros somos incapaces de odiar. ¿Cómo vamos a odiar a los otros? ¿Odiar a mi padre y a mi madre y a mi hermana?... ¡Yo les quiero más que a nada y ellos me quieren mucho a mí!... Ellos me conocen y consiguen que sonría, y se ríen conmigo de corazón. Durante la semana mi madre me prepara el desayuno y procura que no se me olvide encima de la mesa. El bocadillo de queso es mi preferido. Los domingos, cocina mi comida favorita: la paella. Cuando hay setas voy con mi padre al monte a buscarlas y nos lo pasamos muy bien. A mi padre no le gusta que me aleje de él porque el monte es peligroso, pero a mi no me da miedo. El aire limpio, fresco, frío; las nubes con dibujos diversos, las infinitas plantas que nunca se han movido de allí y no conocen la ciudad; las liebres que se esconden de nosotros porque creen que les haríamos daño; los pájaros que van y vienen, cuidándonos desde arriba; ¡es todo tan hermoso y diferente!... Mi padre me deja llevar la cesta, me hace mucha ilusión. Es mucha responsabilidad porque podría meter dentro de ella setas venenosas y morirnos todos, así que la tapo con una servilleta y cuando veo una seta grito para que me oiga y se acerque a comprobar qué clase de seta he descubierto. Si es buena la corta con una pequeña navaja y yo doy saltos de alegría. Si es mala no pasa nada, aunque no entiendo porque hay setas venenosas. Alguno se podría confundir y equivocarse. ¡Con lo buenas que están con la paella!... A mi hermana Rosa y a mí, mi madre nos pone dos en el plato. Le encantan también. Cuando le digo que las he buscado especialmente para ella, me agradece mucho mi esfuerzo y me besa. Le encanta besarme. Le encanta acariciarme las orejas y mirarme las manos. Dice que tengo las orejas más pequeñas, y las manos más gruesas, sin líneas en la palma. Rosa se entretiene pintando en ellas con su dedo. ¿Qué pintas? Palabras, contesta. Yo no sé que son las palabras. Sirven para expresar lo que sientes. ¿Y qué sientes? Que te quiero mucho. Yo también. Y sonríe muy feliz y yo soy más feliz todavía porque ella es feliz. Yo sólo quiero que todos sean felices, porque cuanto más felices son, más contentos están y más se ríen conmigo.

Mi padre, que lee muchos libros cuando descansa y según dice Rosa los libros están llenos de palabras, es el menos feliz de la familia aunque lo niegue. Es el que menos sonríe y el que menos juega conmigo. Como trabaja mucho está casi siempre fuera de casa. El otro día le pedí que no trabajara tanto. No puedo, hijo; si no trabajara tanto no tendríamos dinero y no podríamos comprar cosas; los adultos tenemos que trabajar para ganar dinero. ¿Y no se puede ganar dinero sin trabajar? No, respondió, riéndose. Las preguntas que hago sobre los otros siempre hacen gracia. Pues no trabajes tanto que no necesitamos tanto dinero. Yo no puedo elegir la cantidad de trabajo. ¿Por qué? Porque no me dejan. Entonces aprendí que los otros trabajan obligados. A nosotros, la señorita Reme nos dice que hagamos cosas hasta que nos cansemos. Los otros no se cansan nunca. Mi padre lee palabras para ser feliz durante los descansos. Yo cuando me canso, me duermo.
Hay muchas diferencias entre la vida complicada de los otros y la nuestra, sobre todo las mentiras. Cuando mi padre dice que lo más importante de su vida somos nosotros, su familia, yo me siento muy orgulloso cuando lo escucho y no entiendo porque su jefe no le permite trabajar menos para cumplir su sueño y ser más feliz, aunque gane menos dinero, porque nosotros no necesitamos tanto dinero. Rosa dice que a los jefes no les importa la felicidad de nadie sino el dinero que ganen, y yo le pregunto que para qué quieren tanto dinero si no son felices. Tú no entiendes, Roberto. No, no lo entiendo. Siempre me pasa igual. No entiendo por qué los otros deciden ser jefes ni por qué los otros les hacen caso a los jefes si no desean su felicidad. Nosotros no tenemos jefes ni queremos que a nadie le suceda esto. No entendemos muchas cosas porque somos un poco menos inteligentes, pero sonreímos más que los otros y somos más felices. A mí no es que me importen mucho, pero sí que deseo que la señorita Reme, mis padres, Rosa y mi abuela Concha sean muy felices. Y también mi tío Pedro que me regala caramelos. Y el vecino que me saluda todas las mañanas al salir de casa. Y el conductor de autobús que abre la puerta para que entremos todos y espera a que nos sentemos para arrancar. Y el doctor Gimeno, que me receta un jarabe muy dulce. Por eso me entristece que mi madre se enfade con mi hermana pequeña porque se equivoque en los números. Es un enfado que me fastidia mucho, pues ese día Rosa se encierra en su habitación y no quiere jugar conmigo. Pensé que los números debían ser muy importantes, pero Rosa me dijo que sólo servían para fastidiar y mi madre para ser una persona de provecho en la vida. No es nada extraño que los otros opinen de manera diferente sobre una misma cosa. Por eso se enfadan tanto.
Entonces, ¿si no sabes que son los números no serás una persona de provecho en la vida? Le pregunté después a mi madre. Porque yo no sé qué son los números. No, contestó, puedes dedicarte a otras cosas. ¿Yo puedo ser una persona de provecho en la vida? Aunque no comprendía bien lo que significaba ser una persona de provecho en la vida, sí que deduje que era una cosa buena, puesto que se la exigían a Rosa. Claro, mi amor, contestó. ¿Por qué? ¿Qué tengo que hacer? ¿Se puede ser un hombre de provecho en la vida sin hacer nada especial, sin saberlo muy bien? ¿Podemos nosotros ser hombres de provecho en la vida? Mi madre creía que sí, pero no lo supo explicar. Ni lo intentó. A veces los otros siguen reglas muy complicadas. Yo prefiero aprender poco a poco y contarles a mi madre y a mi padre y a mi hermana lo que he aprendido cada día, y sonreír porque se alegran por mí, por lo mucho que he avanzado, y me hacen feliz. ¿Por qué los otros se entristecen por lo que les falta saber? Hay muchas cosas para aprender y muchos días en la vida. Si yo puedo ser un hombre de provecho sin aprender tanto, y ser un hombre de provecho significa una cosa buena, ¿por qué los otros se enfadan por los números que no saben? ¿Qué secretos guardan los números para ser tan importantes?

La señorita Reme opina que los números no son necesarios para nosotros. Dice que muchos hombres de provecho ni saben ni quieren saber nada de los números. También cree que nosotros podemos ser hombres de provecho si hacemos algo positivo por los otros. ¿Ayudarles? ¿Salvarles la vida? ¿Ganar dinero para ellos? No, no es necesario tanto, dijo. Y yo suspiré. Porque los otros no me dejan hacer casi nada y todavía no he salvado la vida de nadie (ni se me ocurre como puedo salvar la vida de alguien, si no es evitando coger una seta venenosa o tapando bien la cesta) ni voy a ganar dinero nunca. Para ganar dinero hay que trabajar y tener un jefe, y un jefe es una persona malvada que sólo quiere ganar mucho dinero y no le importa que seamos felices. Así que he decidido no ganar dinero nunca. Entonces ¿de qué otro modo podemos hacer algo positivo por los otros? Haciéndoles felices con nuestra sonrisa, por ejemplo, contestó la señorita Reme. ¿Sólo con eso? Sí. Pues es fácil ser un hombre de provecho, mi madre tenía razón, porque yo sólo quiero que los otros sean felices y se rían conmigo, o de mí, como estos dos muchachos en el metro que no saben que soy consciente de que se están burlando porque tengo lo que llaman síndrome de Down, pero no me importa: soy feliz y puedo ser un hombre de provecho.    

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