Las
boñigas del vicio flotaban sobre el aceite de la calzada
cuando los grandes monumentos, las estatuas siempre grandes
De clandestinos homínidos, aplastaron las calles
que las hormigas derrochaban como cigarras.
Y
luego el desorden. De repente vino un precipicio
de
las ciudades ordeñadas por cuadrículas.
Vino
un desarte, una ruina asimétrica, un desahucio jornalero
De
movimientos humanos, unos impuestos sintéticos,
Una
lluvia de ácido formulada y jerárquica
Que
se llevó el pueblo, por el río, a un mar que no existe.
¿Cuántos
oímos reventar nuestras sienes? ¿Cuántos
huimos
de la nada a la nada por la rutina perseguidos?
¿Cuántos
pedimos limosna al viento medido
mientras
buscábamos el aire que nos correspondía?
¿Cuántos
ahorramos nuestro llanto que corría
Por
el río a un mar que no existe?
Los
que fuimos nadie no somos números, ni casi todos
Sino
alguien detrás de una solución.
¿De
qué sirve tapar agujeros, vaciar hormigueros,
Envenenar
a las ratas, sacar la basura a la calle
Si
no se engaña el hambre y el río corre,
El
río corre, amigo, mientras escapamos
De
un laberinto de cerillas, el eco de los disparos se oye,
Se
van rompiendo las cuerdas de los violines
En
ese mar que no existe.
El aire no es justo, el aire no corresponde a nadie,
El
aire no tiene dueño. Han encerrado el viento.
¿Por
qué encierran el viento? ¿Alguien entiende
Lo
que está pasando? En el cielo se tejen telarañas
De
información. Todo en el río es información. El río corre
Sin
detenerse. Y yo no entiendo. ¿Había justicia, pueblo, aire?
¿Nos
espera ese mar que no existe?
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