Cuando leí las primeras páginas de esta novela pensé que
Mann había diseñado una historia breve (y escandalosa) como altavoz de su “teoría
literaria”. Y caí en este error porque el protagonista, Von Aschenbach alias Thomas
Mann, iba definiéndose en mi imaginario como ese típico escritor alemán de éxito, culto y didáctico en su prosa;
hombre pragmático y desconfiado del talento, partidario de los principios de la
novela decimonónica, que rehúye profundizar en las emociones sin el escudo
racional. Incluso subrayé varias citas interesantes (mientras me aburría el
escenario).
Dedicado a los familiares extraños con los que me cruzo a
diario durante el trayecto de mi trabajo: “nada hay más extraño ni más delicado
que la relación entre personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran
y se observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, ya
seas por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una
indiferente extrañeza y a no intercambiar saludo ni palabra alguna.”
“Aschenbach sintió, apesadumbrado, que la palabra sólo puede
celebrar la belleza, no reproducirla.”
Refiriéndose a los escritores: “la maestría de nuestro
estilo es mentira e insensatez; nuestra gloria y honorabilidad, una farsa; la
confianza de la multitud en nosotros, el colmo del ridículo, y el deseo de
educar al pueblo y a la juventud a través del arte, una empresa temeraria que
habría que prohibir.”
Cuando von Aschenbach decidió trasladarse a Venecia en un
impulso atávico (tras encontrarse con un extranjero del que describe hasta los
surcos faciales pero con el que no cruza ni una sola palabra), sembró un poco
de desconcierto en mi cliché prefigurado, pero seguí leyendo a la espera de una
“explicación lógica y coherente” antes del desenlace.
Sólo me percaté de que no estaba frente a una novela
decimonónica cuando se enamoró del chiquillo y Von Aschenbach se quitó el von y
el traje, y sus actos dejaron de ser predecibles, y el tiempo voló a su antojo,
y el texto corrió desordenado por las emociones… Fue tal el desbarajuste que ni
la enfermedad detectó. Sugirió
síntomas congruentes que, sumados a la amenaza latente del escenario, generaron
en mí una ansiedad por no poder avisarle: eh, von Aschenbach, ¿qué haces?, ¡de
que valen ahora tus premios y reconocimientos!... ¿no te das cuenta de que los
hoteleros venecianos te están engañando en aras de sus intereses comerciales?
¿No te das cuenta de que te has metido en la literatura del
siglo XX?
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