miércoles, 7 de noviembre de 2012

MUERTE EN VENECIA, de Thomas Mann




Cuando leí las primeras páginas de esta novela pensé que Mann había diseñado una historia breve (y escandalosa) como altavoz de su “teoría literaria”. Y caí en este error porque el protagonista, Von Aschenbach alias Thomas Mann, iba definiéndose en mi imaginario como ese típico escritor alemán de éxito, culto y didáctico en su prosa; hombre pragmático y desconfiado del talento, partidario de los principios de la novela decimonónica, que rehúye profundizar en las emociones sin el escudo racional. Incluso subrayé varias citas interesantes (mientras me aburría el escenario).

Dedicado a los familiares extraños con los que me cruzo a diario durante el trayecto de mi trabajo: “nada hay más extraño ni más delicado que la relación entre personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran y se observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, ya seas por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y a no intercambiar saludo ni palabra alguna.”

“Aschenbach sintió, apesadumbrado, que la palabra sólo puede celebrar la belleza, no reproducirla.”

Refiriéndose a los escritores: “la maestría de nuestro estilo es mentira e insensatez; nuestra gloria y honorabilidad, una farsa; la confianza de la multitud en nosotros, el colmo del ridículo, y el deseo de educar al pueblo y a la juventud a través del arte, una empresa temeraria que habría que prohibir.”   

Cuando von Aschenbach decidió trasladarse a Venecia en un impulso atávico (tras encontrarse con un extranjero del que describe hasta los surcos faciales pero con el que no cruza ni una sola palabra), sembró un poco de desconcierto en mi cliché prefigurado, pero seguí leyendo a la espera de una “explicación lógica y coherente” antes del desenlace.
Sólo me percaté de que no estaba frente a una novela decimonónica cuando se enamoró del chiquillo y Von Aschenbach se quitó el von y el traje, y sus actos dejaron de ser predecibles, y el tiempo voló a su antojo, y el texto corrió desordenado por las emociones… Fue tal el desbarajuste que ni la enfermedad detectó. Sugirió síntomas congruentes que, sumados a la amenaza latente del escenario, generaron en mí una ansiedad por no poder avisarle: eh, von Aschenbach, ¿qué haces?, ¡de que valen ahora tus premios y reconocimientos!... ¿no te das cuenta de que los hoteleros venecianos te están engañando en aras de sus intereses comerciales?
¿No te das cuenta de que te has metido en la literatura del siglo XX?   

 

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