sábado, 29 de diciembre de 2018

"La culpa de Manolo"


Porque no es un mal hombre. No es culpa suya que las mujeres acaben enamorándose, exigiéndole sentimientos similares o esperanzas… No da motivos para que se ilusionen. Se muestra como es: activo, inquieto, inteligente, profundo, apasionado, egoísta, orgulloso. No es una mala persona. Tampoco una persona vulgar. No es culpa suya padecer la tara congénita de no poder enamorarse de alguien. Es el hombre que nunca se enamoraría. “El Hombre que nunca se enamoraría”, le gusta esa frase.
Memorizar esta frase.

En sus relaciones nunca reveló ese horrible secreto. Tampoco ahora que ya es consciente. Es un hipócrita. Mónica no lo sabe. Nadie va revelando sus defectos por ahí. La hipocresía es necesaria. Antes, tenía excusas. La convicción ha ido engordando de manera empírica, sumando lágrimas y renuncias. Es un enfermo. No resulta sencillo ni placentero este papel. No se sabe con certeza al principio. La enfermedad no se reconoce desde dentro. No es tan mala persona. Mónica cree en él. Puede estar equivocado. Todavía atribuye sus fracasos a excusas diversas: no haber tropezado con la mujer adecuada, con “la media naranja”; no haber madurado suficiente para afrontar una relación; problemas de identidad sexual no del todo resueltos todavía; sentirse imbuido de un espíritu egoísta que impide la valoración justa del prójimo, inexistencia del amor; obsesión. Todo vale. Debe sucederle lo mismo a todo el mundo. No es tan especial inventando excusas pasajeras. Es un enfermo, un hombre que nunca se enamoraría. Ninguna excusa posee una entidad consistente, lo sabe. Ninguna calma su angustia. A veces se da por satisfecho.
Desconfiar.

Son años difíciles. Mónica es una buena chica. La verdad se oculta bajo las piedras. No le gusta pensar en eso. Mónica no se merece un tipo como él, inmune al amor. El amor existe pero él es El Hombre que nunca se enamoraría. Y ya está. Resulta inútil lamentarse de las carencias. Nadie se desnuda por ahí. No es rico, no es inmortal, no es todopoderoso, no puede volar como los pájaros, no se sumergirá nunca en los abismos de los mares, no sabrá la verdad del universo, no entenderá el misterio del origen. Nadie va llorando por eso por las calles. Vivir es otra cosa.
Negociar con Mónica.

El amor no aparece desde el principio. ¿Lo reconocerá El Hombre que nunca se enamoraría?
Escribir algo sobre eso.

Un correcalles fallero acompaña una banda de música. Explosiones de pañuelos de colores, pasodobles con aromas de pólvora y aceite colocan un paréntesis a la crisis. Los jóvenes abusan de las gafas de sol y de la indiferencia. Los niños sucumben al embrujo del fuego de la mano de sus padres. Las mujeres lucen peinetas con cataratas de trajes regionales.  Refuerzos de gente diversa se mezcla con la comitiva o se detiene en las aceras. Le gusta integrarse en el ambiente, confundirse en la multitud como uno más. Es el culpable disimulado, el hombre más frío, el hombre de hielo. Sin embargo, despierta emociones. Despierta emociones para sufrir. Algunas mujeres se enamoran del vacío a sabiendas. Lo llaman de otra manera pero saben que se trata del vacío. Lo conocen muy bien. No desean ninguna respuesta sino el sufrimiento. El sufrimiento es una emoción bastante severa para despertar la vida. Lo buscan enamorándose de él. Le persigue esa culpa involuntaria. No debería perseguirle, pero así funciona la conciencia.

Hay demasiada muerte en esos desfiles. Demasiada muerte en esos muñecos de cartón y madera, que esperan el fuego. Demasiada muerte en esos turistas, o ciudadanos, o ciudadanos hartos de las Fallas y los petardos como América. Hay demasiada muerte alrededor de ese movimiento imprevisible y repetido, golpes, tropiezos, apretujones, voces, deseos estereotipados y dirigidos.
Hay demasiada muerte en la inconsciencia de la muerte, arteria fundamental para nutrir la vida. No se dan cuenta de que están muertos, prefieren no pensar en ella. Se preocupan por el sexo, por los placeres banales y directos, por la fiesta cuando al otro lado de la esquina espera la precariedad, la impotencia, la esclavitud del sistema, El Hombre que nunca se enamoraría. Tal vez todo esto no sea más que amor. El amor despunta todas estas aristas que resumen y combinan lo bueno y lo malo en una muerte viva cuando sólo existe la muerte, una muerte cotidiana responsable de su culpa. Qué sabrá él del amor.

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