sábado, 26 de enero de 2019

A proposito de Julen

Un mar homogéneo sellaba mi silencio esta mañana con salitre. Al igual que mi alma, iba curando de azul intenso las heridas de espuma que el viento arañaba sobre sus lomos. Yo no conozco a Julen. Sospecho que ni siquiera veré su rostro. Pero ese detalle no importa. Hoy todos somos Julen, igual que fuimos Laura, o Gabriel, o Marta... (mucho más lejana, casi abrigada por el olvido). Son los nombres que se dan a la misma tragedia, envueltos en el mismo papel mediático, pero convenientemente separados en el tiempo.
Pensaba (mientras la reunión de ruidos inteligibles de mi especie se solapan de manera caótica sobre el murmullo de las olas) que, a veces, necesitamos escuchar una señal que nos confirme que pertenecemos a un mismo origen (el final ya es otro asunto porque el que se va ya no vuelve, ya no existe, salvo el artefacto de su memoria). Y no. Tampoco se trata de las mismas circunstancias en cada uno de esos nombres. Profundizamos en sus vidas, llegaron a formar parte de las nuestras... (¿cómo pude decir eso?) Además, conceptualmente, no es lo mismo ser atacado por la fatalidad del destino que por un asesino (aunque la pérdida sea la misma). 
Me explico: la sensación de deja vu me la produjo el disfraz que le ponen. Esa ancla que comentaba antes, que nos recuerda nuestra vulnerabilidad y la ofensa que sentimos cuando somos atacados. Lo que nos conmueve. Por un lado, me conforta que conozcan los ingredientes adecuados porque tal vez esta premisa confirme que todos estemos hechos de la misma materia: asesinos y víctimas potenciales, enfermos y sanos, ricos y pobres. Por otro lado, me molesta que esos hilos invisibles nos guíen. No puedo evitarlo. Antes del disfraz, todos pertenecemos al mismo ruido; somos un conjunto de voces ininteligibles. Me molesta que ese disfraz posea tanto poder discriminatorio: porque hay demasiadas muertes y demasiadas desgracias pero no todas configuran una buena receta... o quizá sí. Quizá es todo casualidad (y los titiriteros sólo se aprovechan de las circunstancias). Sin embargo, el aroma de sofrito arrocero indica que es fin de semana, un soleado y entrañable sábado de invierno. Mientras me deslizo como una sombra sin presencia, las familias (¿felices?) siguen ensimismadas en su propia vida. Alcanzo el parque de patines de Ignacio Echeverría. Hay niños jugando alrededor de su placa conmemorativa, ajenos al significado. No tienen edad para acordarse de él. Sus padres tampoco les explicarán a menos que pregunten. Hacen bien. La indiferencia es necesaria para sobrevivir. Imagino que Ignacio tampoco actuaría como hizo pensando en esa placa. Fue un impulso. Humano. Como los mineros. El homenaje sólo sirve para los que se quedan. Es una señal que indica que el hombre también puede ser generoso, altruista y solidario a pesar del interés de los titiriteros. 
A pesar de un día magnífico para casi todos. 

DEP Julen

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