domingo, 14 de abril de 2019

La vida

Este fin de semana he vuelto a concienciarme sobre la amenaza de la muerte. El motivo ha sido un familiar que sigue agonizando, desvalido, incapaz de alimentarse o cambiar de postura por sí mismo, esperando la definitiva hora.

Alrededor la familia más cercana: no todos los que quiso (imagino); algunos no podrán venir y le esperan desde el otro lado... Tiene más de noventa años y ya no quedaban amigos, sólo descendientes y soledad. Mucha soledad...

Pero subyacente a los gemidos de dolor, a la incontinencia, a los malos olores corporales y el insomnio, pude percibir un cariño humano reconfortante. ¡Existe mucho agradecimiento en cada gesto!... Quizá para un extraño pasaría desapercibida la caricia en la mejilla de su hija mientras le secaba el sudor o el descanso de su mano torpe sobre la mano de su nieto mientras deja correr sus recuerdos, pero a mí han conseguido emocionarme: ¡ojalá yo mismo pudiera haber despedido así a quien tan rápido se me fue!... demostrarle tácitamente que no se olvidan las deudas y que, cuando todo se desnuda de intereses, aparecen refulgentes las almas y omnipotente la esperanza de un principio y un fin inefable.

Ya en casa, sumergido en la rutina del mundo de nuevo, pienso que, desde las altas torres, se otea una vida que parece hermosa, que hemos aprendido que es hermosa, aunque sólo se trata de un disfraz de vida, de una ilusión causada por la bruma del éxito...

Porque la belleza de la vida reside en su propio sentido, en la raíz que esquiva nuestra racionalidad. Y ésta sólo se manifiesta a los pies del castillo, justo cuando nos vamos desmoronando junto a la arena y las mentiras pierden todo su artificio.

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