domingo, 24 de marzo de 2019

"Olor a lejía" (capítulo 12)

¡Qué voy a contar yo, como si no me conocieras a estas alturas, qué voy a contar!… No hace falta que me digas, querido, que mi boca siempre cerrada. ¡Si yo decidiese hablar todo lo que sé!… pero tú siempre has sido una mujer discreta y él, en cambio, él en el bar allí bebiendo con sus amigos, tú has mantenido siempre la boca cerrada, siempre, y la decencia, con lo difícil que es tener decencia en estos tiempos que corren y si no te cree que pregunte por ahí, pregunta por ahí y te dirán que parece que no me conozcas después de tanto tiempo. Ahora va y te dice que tengas cuidado con lo que dices. Tu mujer sabe muy bien donde pisa, y tú, en cambio, no sé yo… ¡Menos mal que te tiene a ti que si no, yo no sé qué habría sido de él! Un pobre desgraciado. Ya no hay mujeres tan decentes y discretas como tú. A saber qué contará él por ahí en el bar cuando tú no estás pero tú… tú tienes la boca muy cerrada y sabes muy bien lo que te dices. A veces dices cosas pero nunca más de lo que quieres decir, como todo hijo de vecino. La decencia por delante. Y él, él en cambio, qué hará. A saber. Lo que le molesta es que trabajes. Bien sabes tú que hace cuando no estás. Y el señor me respeta a pesar de todo. Si él supiera, él que lo llama el viejo cacique como lo llaman los demás en el pueblo, quienes no lo conocen de verdad, porque si lo conocieran se darían cuenta de que es un señor de los pies a la cabeza. Un pobre desgraciado. Te casaste con un pobre desgraciado que no aprecia lo que tiene en casa, esa es tu culpa. Es culpa tuya, de nadie más. ¡Qué voy a contar yo!… Nunca te ha valorado porque tú has sido siempre muy mujer para los tuyos y él siempre te ha faltado el respeto en cambio el señor siempre tú. Y te mira a los ojos. Tú. ¿Quién no le haría caso con ese tú, mirándola a una a los ojos de ese modo? Siempre te ha respetado. Tu marido, un pobre desgraciado, a saber qué hará con sus amigos fuera de la zapatería con sus risitas, esas risas que le hace a la mujer de Juan el granjero, muy moderna ella pero criada como tú al fin y al cabo. ¿Qué se ha pensado esa? Si ella limpia la casa de los leones, que es un decir eso de limpiar porque hay que ver como la encontráis cada vez que os pasáis por aquí, ¡por Dios! ¡La señora se ponía las manos a la cabeza!… Menos mal que venía poco. El señor nada, que no es de hablar de esas cosas pero a la señora… casi le da un patatús. ¿Qué se había pensado, señora? Y te criticaba a ti pero ya tuvo lo suyo, ¡qué triste, por Dios!, el señor ni una lágrima cuando falleció. El señor no es de llorar mucho pero después de tantos años ni una lágrima… ¡qué triste, por Dios! Tú sólo le dijiste al Carca que ni una lágrima y el Carca respondió con ironía que qué esperabas del viejo cacique. Tú te enfadaste porque no es justo que se le llame viejo cacique al señor porque no es una mala persona. A mí no me trata mal. A ti siempre tú, no usted ni ignorándote ni este rincón no está bien barrido o este marco tiene polvo, no mirándote a los ojos. Fíjate lo que te digo, siempre con su ironía y su risa: a mí no me trata mal, que lo sepas, es todo un señor, con sus manías sí, por qué no las va a tener si paga y manda y todos tienen sus más y sus menos en cambio a mí nunca me ha levantado la mano ni ha dicho una palabra más fuerte. ¡Qué voy a contar yo!… Te trata de tú como si fueras de la familia. Es verdad que no le das motivos porque sólo hay que ver la cara que puso al entrar en la casa de los leones… Vero, habrá que hacer limpieza. Sí, señor, ahora mismo, esta noche dormirá usted en un cuarto más limpio que una patena, no se preocupe. Limpiaste, le planchaste el traje para la inauguración del Mercado, atendiste a la señorita, ayudaste a desvestirse y vestirse al señor, pasaste el mocho por el pasillo, aseaste la cocina, a todo te dio tiempo. ¡Menos mal!… Te multiplicaste por dos. Desde que murió la señora había más trabajo pero nunca te quejaste, nunca una mala palabra, nunca no porque tú. Si la señora levantara la cabeza de la tumba…  a mí no me gusta hablar mal de nadie pero ¿desde cuándo la mujer de Juan el granjero, Kika, ha limpiado casas? ¿Cómo huele la granja? No puede acercarse una ni a un kilómetro de distancia. ¡Por Dios! Kika, llámame Kika te dijo la primera vez que la viste dentro de la casa de los leones, como si no os conociérais de toda la vida. Es de Bocairent, bona terra i mala gent. Y el Carca te sigue preguntando con ironía, venga estirarte la lengua, pero tú siempre cuentas lo que te da la gana, faltaría más, por tu marido no pondrías la mano en el fuego, ahí en la zapatería, a saber… Ese día de las pastillas de la tensión… ¡Qué voy a contar yo!… Menos mal que a un hombre se le pillan fácil las mentiras. Iba a acompañar a Kika por las pastillas. ¿Qué pastillas Marcelo, qué pastillas? Las mías. ¿Y por qué acompañarla él, dejando la zapatería de su padre que no la dejaba por nada del mundo como hacía su padre e hizo su abuelo? Le han secuestrado a su hija. Y tonta de ti te lo creíste. ¡Por Dios!… Se ha mareado y le habrá subido la tensión. ¿Es médico tu marido? ¿Eres médico? No, es un pobre desgraciado. Ya te dijo a ti el señor que no había pasado nada. ¿Qué cara puso cuando le dijiste secuestro? ¿dijiste realmente esa palabra? Ha sido una confusión que no tiene más importancia, contestó. A saber. La Kika caminaba muy entera para estar mareada. A la señorita todavía se le oyen los gritos cuando le arrebataron a la que confundió con su hija fallecida. Un poco de humanidad, hombre. Menos mal que a los hombres se les pillan fácil las mentiras. ¿Cuántas veces te habrá engañado con esa? Y luego va y te pide que seas discreta, y él acompañando a las mujeres de otros que trabajan en el campo todo el día a sus casas a por sus dichosas pastillas, sin ser médico ni tener aparatos para la tensión ni nada. Eso sí que es decencia, ¿verdad? Hoy te duele demasiado la cabeza para contestarle como merecía. Lo que merecía es que no le contaras nada, eso es lo que merece… Al Carca tú le dices lo que te da la gana, faltaría más. Estrella había perdido a su hija y a su hermana, ¿no se volvería loca cualquiera? Se llevó la hija de Juan el granjero. Bien que hizo. ¡Qué desastre de familia, por Dios!… El señor estuvo estaba de viaje cuando pasó todo, cualquiera lo sabe. Hasta Don Fernando acompañó a Kika sin sospechar nada. La culpa es de Kika que siempre llegaba tarde a recogerla, dijo el señor y no se equivocaba. Patricia gritaba asustada que no era Ana; Estrella llamó a Patricia Ana, como su hija difunta; ¿por qué demonios fue a recogerla? Eso no es una confusión. El Carca siempre con su ironía. ¿Se cree que eres tonta o qué? ¡Por Dios! Kika no ha sido nunca una buena madre, siempre llegaba tarde a la salida del colegio pero tú no le dijiste eso, no puedes explicarle eso a esa clase de hombre para que luego lo tergiverse todo. Estrella se negó a abrir la puerta, tuvo que abrirla el viejo cacique que venía de viaje; le preguntaba a la niña cómo le había ido el colegio, la llamaba Ana, yo y los que estábamos ahí pudimos oírlo; ¿qué habría pasado si Patricia pierde la calma y se enfrenta a Estrella, a una loca que cree ver a su hija? ¡Por Dios! qué dramático se pone. A la gente de los pueblos les gusta imaginar. El señor tiene razón. La mujer del viejo cacique habrá descansado. La señora, esa señora tan estirada que tuvo suerte de casarse con el señor, no fue ninguna mártir sino que estaba enferma y la señorita heredó la locura de su madre. A ti siempre este rincón no está bien barrido, este marco tiene polvo y tú aguantando porque sí lo estaba y no lo tenía pero para qué malgastar la saliva si veía suciedad y polvo donde no lo había y en cambio, el señor nada, el señor ni una palabra o tú, o adiós, y mirándote a los ojos y a la falda cuando no mirabas. Él sí que es un mártir, con sus hijas locas y su mujer obsesionada con la limpieza. ¡Qué voy a contar yo!… ¿Por qué se suicidó la pequeña que parecía más normal?; la pequeña se suicidó hace dos años, dijo con ironía. Y tú nada, la discreción es lo primero pero no soportas la mentira ni la injusticia. El señor no tuvo ninguna culpa, la niña estaba estudiando en Valencia, a saber lo que le pasó por la cabeza. Tú no estabas ahí todavía pero puedes imaginártelo. A saber. Bastante tiene uno con lo que le ordena Dios para que… en cambio, para el Carca, la señora fue una mártir y Kika una víctima del despilfarro de su marido. ¿La señora? No, la señora antes de entrar al cielo tendría que dejar pasar a todos los negritos y mártires de verdad porque ella ha vivido como una señora, habría vivido como una señora si no tuviese esa obsesión por limpiar y limpiar sobre limpio ya. ¡Qué voy a contar yo!… No lo hacía mal pero el asunto no es ese sino que limpiaba porque quería o no quería, lo que pasaba es que estaba enferma, a buenas horas tú en su lugar… La señora siempre ha estado enferma, siempre ha sido una neurótica, este rincón no está bien barrido, este marco tiene polvo; y sí lo estaba, señora, pero nunca estaría a su gusto y ahora qué, de qué le sirve, ¡si levantara ahora la cabeza y hubiera visto la casa de los leones! ¡Menos mal!… La señora no se murió de pena, se murió de repente mientras dormía; la encontramos con los brazos cruzados, la cama casi hecha, porque el señor y la señora dormían en camas separadas; no vas a contar qué hacía el señor por las noches, ni loca; por esa obsesión suya por dormir sin ensuciar las sábanas y no se despertó a la hora que solía y yo no me atreví a entrar; entré con el señor porque la señora era muy puntual y yo sospechaba que algo malo había pasado para que no se levantara a la hora de siempre; entramos el señor y yo sin decirle nada a su hija Estrella que ya tiene bastante con lo suyo; él entró primero por que él es el que manda; la encontramos igual como solía dormirse, parecía dormida no muerta pero mucho más pálida; el señor le tocó la mano y estaba fría; eso dijo; está fría como si supiera que estaba muerta y murió con la habitación aseada, eso sí, que yo no limpiaba su habitación y la cama estaba casi hecha, a saber, ¿han arreglado la habitación, han tocado algo? dijo el médico, no el médico que visitaba al señor sino otro más joven y con cara de avispa que no la conocía porque siempre dormía así con la cama hecha, la habitación limpia, el olor a lejía. Siempre olía a lejía.
¿Así que murió de un infarto? pregunta el Carca. A saber. La señora no estaba enferma, el que estaba enfermo era el señor por eso dormían en habitaciones distintas, nadie sospecha qué hace el señor por las noches pero esto te lo guardas para ti, por la medicación que toma el señor, el especialista le recomendó que mejor durmieran separados. La casa olía a lejía siempre, ¡por Dios! ¿Cómo no te diste cuenta? ¿Y ha vuelto para quedarse? No, que va; el señor quería estar con su pueblo en un día tan grande, en la inauguración del Mercado, la inauguración del Mercado no sería lo mismo sin él aunque tú no sabes si resistirá tanto, siempre está tosiendo, tú crees que es por culpa del olor a lejía, eso no debe ser demasiado bueno. ¿Y Estrella se ha quedado sola en Valencia? Estrella está en una clínica muy bien cuidada, recuperándose de la depresión que tuvo al nacer su hija. Tú no tienes ni idea de por qué está enferma y tampoco te fías un pelo de los psicoterapeutas que el señor contrataba pero es información confidencial que a nadie le importa. ¿Y donde enterraron a la señora? No, la señora se incineró y el señor guarda sus cenizas, con olor a lejía, en una urna. ¿No sería la señora quien olía a lejía?, ¿no la has olido nunca? La casa de los leones, en cambio, parecía una pocilga cuando entraste, a saber, otra granja… Las dos veces que vinisteis el señor hizo llamar a Norberto y a la mujer de Juan el granjero, pero esta vez parecía más cansado, más despistado. Kika siempre te miraba por encima del hombro, no de criada a criada sino de señora a criada, Kika, llámame Kika. Por mucho perfume que se ponga, olerá a boñiga como la granja, a un kilómetro de distancia ya. ¿Qué hacía allí? Nada, es obvio. ¿Limpiar en casa de la señorita, del alcalde, de eso le venían sus humos? ¿Quién era Norberto comparado con el señor? ¿Cómo pudo permitir que el señor encontrara la casa de los leones así? Esta vez el señor no te pidió que llamases a Norberto, como si no quisiera verlo o se le hubiera olvidado. Ojalá tuviese gratitud, como todo hijo de vecino, después de tanto que ha hecho por él… ¡Pobre hombre! El padre del señor ya, y su abuelo, tenían sangre azul, como los príncipes. Tú al menos sí que sabes que la tuya sí que no es una historia de príncipes azules. Hay que arremangarse e hincar las rodillas que no todos pueden ser señores o señoras, ¿eh?. Marcelo, la zapatería no funciona como debe. Él fue quien te dijo que tenías que ponerte a trabajar otra vez en una casa, de criada interna. ¡Por Dios!, ¿fuiste tú o no quien me dijo esto? Y ahora hace como si no supiera lo que eso significa, no quiere saber, pero al señor no se le puede negar nada que sea decente, Marcelo. Esta no es una historia de príncipes azules, de niñas bien, la decencia está por encima de todo esto porque esto no cuenta. ¿Qué hizo ese pobre desgraciado con las pastillas de la tensión y Kika sin venir a cuento? ¿Qué hace Kika en casa de Norberto en vista de lo que ha pasado? A saber. Esa es de peor calaña que tú, las hay de peor clase, querido, las hay que se insinúan, ¡por Dios!. Otras, tú, lo evitáis en lo posible pero si entrara dentro de la habitación una noche y se metiera en tu cama, ¿qué? ¿montarías un escándalo, perderías el trabajo que tanta falta os hace? El pan de cada día, Marcelo, un pobre desgraciado. Es un supuesto, querido, que no entiendes nunca nada. El señor siempre contigo bien, tú, ahora está más débil claro, huele menos a lejía y un poco más a amoniaco, pero contigo siempre bien, tú, te trata con respeto, no dice nada como la señora, que esa sí, que en paz descanse. ¡Menos mal!… Tanto olor a lejía para ahuyentar a los hombres. Kika no se deja caer mucho por el bar. Pues no estará muy ocupada viendo cómo ha dejado la casa de los leones; la señora… si la señora levantara la cabeza, ella que lo tenía tan limpio todo, tanto olor a lejía, en cambio ahora… la he tenido que limpiar yo. Esa casa ya no volverá a ser lo que era, dijo el Carca, como disfrutando de esa desgracia. El señor pondrá a cada uno en su sitio; a Norberto también, si es preciso…Pusiste las cosas en su sitio porque Kika, llámame Kika, te obligó a hacerlo con su actitud de creerse más que tú. Un pobre desgraciado es lo que es tu marido, si es por eso… Todavía le queda cuerda para rato… Dos y dos cuatro para quien sepa sumar y el Carca sabe. ¡Qué voy a contar yo!… Eres muy discreta pero no tonta. ¿Y Kika qué, limpia la casa de la señorita, sólo eso? A saber. Te imaginas lo que limpia esa mala mujer pero debes morderte la lengua. ¿Cuándo acaba el tratamiento Estrella? El Carca ya sabe la respuesta, el Carca sabe demasiado bien que la señorita, después de aquel desgraciado accidente, no recuperará la razón. Los médicos no saben nada. El señor se enfadaba al ver el poco efecto de las consultas con los mejores psicoterapeutas de la capital. Todos los tratamientos que probó resultaron inútiles. Hizo más de lo que podía. Tanta tensión no era buena para su salud y le pasó factura a él. Tú le preparabas una taza de tila, la señora se retiraba a sus aposentos y entonces él te susurraba: házme un masaje, o no lo decía, no, se desabrochaba el cuello de la camisa y te miraba, tú, y tú ¿qué podías hacer?, no lo ordenaba te decía tú mirándote a los ojos, callando como sólo él sabía, pero la señora se iba, la señora también entendía, ¿por qué se iba si no al cuarto suyo a limpiar otra vez, a hacer ruido? Y el señor te respetaba porque a veces esperaba unos minutos, esperaba que acabases de retirar la mesa sin decirte nada, sólo mirándote a los ojos y a la falda cuando te girabas. Un masaje no es nada indecente. ¿Cuántos masajes le habrá hecho tu marido a Kika para consolarla del secuestro de su hija Patricia, de los desastres de inversiones que hizo Juan, de la ruina de la casa, del olor a mierda que desprende la granja a más de un kilómetro de distancia? Y él vería eso normal, un pobre desgraciado. Ni contártelo. En cambio, tú preocupada, tú, trabajando para sacar cuatro duros que falta hacen, el pan de cada día, trabajando para sacar la familia adelante, la zapatería es un desastre, por cuatro duros que faltan, pero faltan cariño, faltan porque es un pobre desgraciado no mucho mejor que Juan el granjero con sus aires de grandeza, con sus aires de querer ser como el señor cuando él no tenía padres ni abuelos con sangre azul, y Kika para qué dejarla, Kika detrás de todos los desgraciados, ¡por Dios!, buscando consuelo en los desgraciados tanto que se cree, tanto que parece y después nada, a llorar, a llorar. Al menos la señora tenía dignidad y se retiraba como si no viera, como si no oyera nada, como si no supiese porque nunca entró, nunca puso su mano sobre la puerta mientras el señor te miraba a los ojos, paseaba sus grandes manos bajo tu falda hasta llegar a las bragas y las bajaba con fuerza, y tú te excitabas, no la primera vez ni la segunda pero sí después porque estas esperando muchas noches que te haga suya y todavía deseas ser suya, le has besado su boca escaldada sin asco, te entregas, me entrego pobre desgraciado, porque tu marido no le llega ni a la suela del zapato al señor. Y ahora estas riéndote de la ironía del Carca porque nunca sabrá ni sospechará nada. ¡Qué voy a contar yo!… Y tú tan discreta, y decente, ¿por qué no decente? Callándote que la señorita habla todavía con su difunta hija como si estuviera delante, como si sólo ella la viera, siéntate ahí, Ana; lávate los dientes, Ana, y el señor mirándote a los ojos para pedirte comprensión y silencio, tú, y tú le amas. A saber. No le amas, no, pero le respetas, le cuidas, le dejas que se desahogue contigo porque una mujer como la señora no tenía nada de mujer y eso que pasa entre vosotros dos es como si no pasara, como si no existiese, pobre desgraciado. Y al Carca le dices, después de contarle lo que te da la gana, que una es dueña de sus silencios. Y él calla pero daría medio brazo por saber. Y por qué trabajaba la mujer de Juan el granjero, Kika, en casa de la señorita, por qué. Y tú, victoriosa, insistes: en la casa de los leones había poco trabajo hecho, que lo digo yo. ¿Trabajar? lo que se dice trabajar pero no vas a decir eso, claro, sino lo que no entiendo es como Norberto buscó una mujer como Kika y qué necesidad tiene esa señora proveniente de una familia pudiente si su marido ganaba tanto con la granja… Haciéndote la tonta, riéndote por dentro, ¿qué necesidad?, ¡por Dios!, a buen entendedor… porque todo iba bien en la granja, ¿no? En cambio, el Carca calla, como un zorro hipócrita porque Juan el granjero es un buen cliente, su mejor cliente y Norberto muy amigo suyo. No va a decirte nada y quiere que tú sí. ¡Qué voy a contar yo!… Se enfada. Ya puede enfadarse lo que quiera… Hace una mueca y se va a buscar trabajo por el otro lado de la barra porque sabe que tú sabes y no le gusta que usen la ironía contra él.

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