martes, 19 de mayo de 2020

Parábola del rebaño

Es previsible que todos los días resulten idénticos para el rebaño. El pastor lo sabe. Para que la lana siga creciendo, procura que los pastos nunca falten. Las cuida a todas por igual. Las necesita para subsistir pero ellas no lo saben. Tampoco cree que ninguna sea consciente de que su destino individual ha sido abolido en favor del grupo, del tan apostillado beneficio común, de su propio interés. Un artista apenas sobreviviría en su rebaño: el perro le ladraría si se desmarcara, sus pensamientos jamás serían comprendidos por las ovejas que llenan sus buches en el prado, moriría de tristeza con la certeza de que el pastor no es el único responsable de ese vacío de multitudes. Al pastor le enorgullece pensar que cada una de las ovejas ha asumido ya la posibilidad de ser feliz con él, en la distracción continua del ocio que les programa, en la anulación del peligro existencial, en la ausencia de preocupaciones...
Poco a poco, repite para sí mismo, confundirán ser feliz con no sufrir aunque es consciente de que el hombre todavía no ha sido erradicado y acecha desde la clandestinidad. Se ha camuflado en el silencio, agacha la tez y cumple a rajatabla lo que se espera que haga una oveja dentro de un rebaño. Obedece más que ninguna otra a su pastor, sacia su hambre y su sed con aparente satisfacción y ofrece gustoso la lana de su cuerpo convencido de que todos los hombres que le rodean son también ovejas...
Pero volverá a aparecer al menor signo de debilidad.

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