sábado, 9 de mayo de 2020

El testamento de Kafka

Desde que leí que Kafka había dispuesto tras su muerte la destrucción de sus obras y que su amigo y editor contravino a última hora su voluntad, no he dejado de darle vueltas al motivo soberano que le impulsó a tomar esta decisión. Hasta hace poco me resultaba incomprensible su proceder, es decir: ¿cómo una persona tan apasionada y volcada en la escritura obligaba a su amigo a destruir sus creaciones? Y era imposible que entendiera su decisión sesgado por la perspectiva errónea en que lo analizaba.
Para comprender a Kafka hay que liberarse de la soga de prejuicios que la Historia nos vende como collar antes de nacer. Y basta responder a la pregunta "¿qué busca un escritor?" para desvelar las rozaduras en cada uno de los cuellos. Cualquier no-escritor contestaría: ser leído, ser comprendido, alcanzar la fama y el éxito. ¿Curioso que todos busquen lo mismo, no? Esta es una prueba irrefutable de la programación a la que hemos sido sometidos, esa educación persistente, casi atávica, que se nos ha ido imponiendo de un modo inconsciente. El escritor se percata de este crimen. El escritor escribe para comprender su yo sometido a todo ese elaborado software. El escritor escribe para ordenar sus caóticas ideas tras la búsqueda de sí mismo. Por todo ello, el escritor se siente solo entre las multitudes y aislado dentro del círculo de amistades. El escritor no busca la fama porque ya ha asumido su pérdida, porque ha dejado de importarle su pérdida y mucho menos las decisiones del rebaño. El escritor nunca se sentirá cómodo con el éxito porque es el reconocimiento de aquellos que no lo comprenden, los comulgantes con las ideas contra las que él mismo combate a diario. El escritor nunca pierde la esperanza de encontrar un sólo lector verdadero, otro escritor como él, en resumen, un amigo que lo entienda.
Sólo a la sombra de esa perspectiva se puede entender la decisión de Kafka: la destrucción de sus obras no como castigo al mundo ingrato sino como respuesta misantrópica, como consecuencia directa de la autoexclusión de la humanidad y el deseo creciente de enterrarse en la nada, de borrar sus huellas...
Obviamente, se equivocaba: muchos escritores lo aprecian, amigos verdaderos de tiempos venideros... muchos al final que, como yo, creen entender sus sentimientos.

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