viernes, 8 de mayo de 2020

Un día perfecto

Recuerdo un paseo que dimos hace años en un catamarán por la costa de Menorca. Era un día magnífico y nosotros refulgíamos también con ese sol generoso, fragmentado en destellos brillantes sobre las olas que se encrespaban en el mar. Entonces, aunque no éramos conscientes, carecíamos de preocupaciones y nos disponíamos a disfrutar de la belleza involuntaria del paisaje como dos privilegiados espectadores. Fuimos adentrándonos mar adentro hasta observar cómo disminuían las pequeñas calas que reposaban a los pies de los acantilados cuando, de repente, apareció un delfín, e intrigado por nuestra presencia, siguió en paralelo nuestro rumbo durante un breve instante. Fue una escena tan perfecta como inesperada: no imaginábamos mejor momento que aquel ni tampoco mejor paisaje posible. Pletóricos, rebosantes de alegría, nos asomamos a la borda para saludarlo. Poco después nos atacó el vértigo y las náuseas por tanta oscilación insistente y todo se fue desvaneciendo... sin embargo nada había cambiado a nuestro alrededor, salvo ese delfín que ahora recuerdo y ya no vimos más.
No había ningún mensaje en el guión ni se había preparado ningún escenario: todo había sido una interpretación de nuestros deseos, de los deseos particulares de cada uno.

Hoy me siento un poco como ese delfín efímero que se cruza en vuestras vidas; como ese actor sin papel y sin escena, captado en una fotografía perfecta que impregnó nuestra memoria unos pocos segundos y ya nunca más fue; que sigue acompañando a veleros en mi pensamiento aunque realmente sólo estuviera vigilándonos, advirtiéndonos de su miedo...
Seguro que habría sido un día perfecto sin su inesperada presencia pero ahora permanecerá anclado a mis recuerdos, tan oportuno y tan innecesario a la vez, ignorante de esta historia.

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