Por lo demás, a mí no se me ocurre otra cosa que colgar dos poemas en recuerdo de las víctimas.
MADRID, 11 DE MARZO
Se detuvo de repente.
Pudiste ser tú mismo.
Mirabas por la ventana
monótonos coloquios
de casas, anuncios y teléfonos.
Gritó el silencio.
Pudiste ser tú mismo.
Se rompió la caravana de la paz.
Una brecha de brazos derechos
Humanos, deshechos y estupefactos;
corazones sin pecho rotos,
Abiertos de par en par al acecho
Del miedo sin provecho;
Un desfile de esqueletos al barbecho
donde participas tú mismo, por ejemplo,
con tus ideas estampadas en el fuego,
tus ilusiones hechas trizas por el suelo,
tus hijos amenazados por el estrecho
pensamiento infesto de un veneno.
Tú y yo mismo en el rincón,
En el espacio de nuestros ojos perplejos
Donde cruza un dedo y una acusación.
Pudiera ser uno de nuestros dedos
Arrancado de repente
Por una traca de patrióticas patrañas
Que tratan de atronar la mente
con culpables o inocentes
cuando no importa quien sino la paz
y porqué se va. Porque corre a través
de la sangre inesperada, a través
del aire ahumado, a través
del rescate imposible, a través
de los nombres inefables;
en una carrera de víctimas y crímenes
que no le permiten pararse
porque busca la libertad perpetua
de todas las voces que existen. La viste
escapar de la masacre tú mismo. Bebiste
un sorbo de su sangre con tus labios heridos
y juraste vengar con el sudor de tus manos
esta ofensa al hombre de los renegados.
Tu amor rebosó por las lágrimas,
No cabe en las infinitas almas,
Y todos los valores que aprendiste antaño
Inundaron todo con el agua
De la solidaridad.
Agradecemos tu esfuerzo ingente
Empeñado en soportar un pedazo
De nuestro dolor en sus manos.
Pudiste ser tú mismo cualquier hermano
Despojado de la vida que casi todos amamos.
Como nosotros, sé que continuarás luchando
por la paz y con la paz, no hay otro camino,
Hasta la muerte si fuera necesario.
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Un asunto de únicas vidas,
Con tantos recuerdos
Para el viento como el humo.
No me importa la política
Ni la vanidad humana
-como el humo-,
sentada en el aire,
con dos piernas antes
como péndulos que no sangraban.
Yo sufrí aquellos dos pájaros
Atravesados en las ventanas
-por el viento-
como un gris inmenso
que me empapaba la vista
monótona del horizonte
-como el hombre-,
con únicos sentimientos enjaulados
de angustia repentina,
tan imprevista como absoluta
como el viento para la pluma.
Mis ilusiones se precipitaron
Desde el borde de la maleta
como los suicidios y las gotas
de aluminio, y fuego, y barro.
Me despedí del día
Con sus mismos pañuelos
En un simulacro de despedida
-como la vida-.
¿¿Cuánto duró? No duraría.
Las almas corrían. Una nube,
Enseguida, descendió hasta la cornisa
Del asfalto. Después ascendía a lo sumo
-como el humo-
una escalera de asfixia y llanto
que no se abría. Estatuas de espanto
surcaban avenidas
mientras la antorcha libre
gemía: ¡más deprisa!
El sol derramó sus trenzas
De personas, como una lágrima,
Como una fuente de miedo
Para el humo como el viento.
Pedazos de mañana;
Pedazos de gente frágil
Y nuestra invulnerabilidad sepultada;
Brazos de cemento y cal,
Saludaban a la muerte
En el río que no se abre al mar.
¿Hay ombres sin corazón?
Es un asunto de vidas únicas,
Libres de lugares como el viento
Manchado hoy de negras dudas,
Secuestrados por azulejos cobardes...
Yo jamás comprenderé.
Borramos nuestro horizonte
Con humos de humanidades.
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