Imaginemos una novela como un pasillo que traslada el
encuentro de unos personajes hacia el desenlace. Si ese pasillo posee un único
foco de luz para iluminarlo todo, deberá ser necesariamente intenso, tan
intenso que cegará a los personajes y proyectará sus sombras reducidas bajo la
misma perspectiva. Si por el contrario existe un coro de focos perfectamente distribuidos, la luz podrá ser tenue o
fragmentada y los personajes dibujarán un interesante abanico de sombras capaz
de erigirse sobre la trama.
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