domingo, 24 de marzo de 2019

"El nombramiento" (capítulo 9)


Aquella mañana de invierno seca y diáfana, la afónica trompeta lanzó delante de su casa tres pírricos graznidos. Cuando usted se asomó a la ventana de su habitación, debidamente abrigado, para preguntar a Manolo el guardia por el motivo de ese bando (en honor a la autoridad que su cargo le confería), éste ya se encontraba en la Plaza Principal. 

Qué será ahora, preguntó su escueta hermana. Usted no pudo disimular su absoluta ignorancia al respecto. 
Alguna inesperada noticia, contestó. 
Usted, más que nadie, era consciente de que no se había convocado ninguna sesión extraordinaria ni se aproximaba ninguna fecha específica que justificara alguna medida excepcional. 
¿No se habrá muerto Asunción la cosedera? Cualquier día…, comentó su hermana con su cansina voz como si leyera, a veces, sus pensamientos. Tanta soledad le hacía un daño irreparable aunque no la culpaba, no. ¿Cómo iba a culparla de eso si precisamente usted…? Pero esa fue una decisión meditada. Por el bien común. Por su propio bien. Por el bien de todos. 

Se aseó y decidió, por si el destino le jugaba una mala pasada, ponerse traje y corbata. Por un clavo se pierde una herradura.
Ir preparado para todo.

Llegó a la Plaza y Manolo todavía le hizo esperar unos minutos. Tres veces hizo sonar su trompeta, tres (como si ése número de repeticiones fuese significativo en su mensaje), y esperó hasta considerar que había una concurrencia suficiente. La mayoría eran mujeres. Si no, otras tres seguidas, ¿por qué tres? 
Preguntar en la próxima sesión.  

Tomás el banquero ya se asomaba a las puertas del banco con esa mueca de curiosidad nunca satisfecha, pero no se quedaría ahí. Entraba y salía como si estuviera muy ocupado, devorado por la oscuridad de su mundo mezquino. Don Fernando, el párroco, había aparcado su vehículo en la única zona azul de Bondia, con los intermitentes puestos, eso sí. Parecía un poco tonto. Era joven como usted pero ese aire despistado siempre… Usted ya lo había avisado, la recaudación de la zona azul no dará ni para pagar la pintura del suelo. Siempre perdía en la votación por tres a uno, siempre tres, ¿por qué tres? ¿es su número gafe? cómo iba a creer en eso, lo importante es que daba igual el tema que se discutiese, las razones que usted aportase para desmontar la propuesta: tres a uno. Tres en contra: Paco el republicano, Tomás el banquero y el viejo cacique votaban siempre lo mismo. Esa oxidada trompeta significaba mucho más… 
Si usted no confiara en el futuro, habría llegado ya a la conclusión de que aquellas sesiones constituían un atentado criminal en toda regla a la democracia. Afortunadamente, la democracia era otra cosa. Usted esperaba implantar “esa otra democracia” en Bondia. No esperaba simplemente: se había empeñado y lo lograría por el bien común, había pocas cosas que no… salvo las chicas, ¿qué chicas? Mejor no pensar en eso, mejor. Mejor no tener ninguna duda. No tenía dudas. Por ahora, echaba de menos la pluralidad, el ejercicio de responsabilidad, la coherencia de cada partido con su programa, el sentido común… En Bondia escaseaban todos esos conceptos, por contrapartida, ese minúsculo Ayuntamiento que el viejo cacique consideraba su casa formaba parte del entramado democrático español y usted sabía que más pronto que tarde, a la de tres, las ventanas se abrirían, los despachos rancios se aventarían y la justicia y la ley se instalaría para siempre.

Sueñas despierto, le decía su hermana cada vez que exponía en voz alta sus quejas y su programa. ¿Qué representaba esa voz? Filomena era su pasado, la conciencia de su padre en mayor grado. ¿Por qué no miraba nunca hacia adelante? No podían parecerse menos. De mala vid, mal sarmiento.
Algún día, recuerda lo que te digo Filomena, algún día la gente votará libremente al mejor candidato en Bondia; y ese candidato se esforzará en traer lo mejor a Bondia, en distribuir de manera sensata sus limitados recursos… Ese candidato era él por supuesto. ¿Era necesario decirlo? ¡Ojalá hubiesen otros más, por el bien común! Mi objetivo no es ganarle las elecciones al viejo cacique, en eso te equivocas, yo sólo quiero convencer de que todo está mal, abrirle los ojos a la gente, me da igual ser o no ser alcalde, mi objetivo, por mucho que te rías de eso, es que cualquier ciudadano pueda aportar sus ideas, ser debidamente escuchado y considerado en la decisión final, quizá, como tú crees, mis ideas no sean las mejores, es posible que esté equivocado, yo sólo pido que se refuten con argumentos de peso, a mí no me basta una votación cuyo devenir conozco de antemano, si hay otras ideas mejores que las mías, las tuyas por ejemplo, también las aplaudiría, para que veas que no soy tan testarudo como piensas, yo te apoyaría para que se llevaran a cabo, es más, si el viejo cacique tuviera una sola idea generosa, provechosa para el bien común, yo me desvelaría para que ésta llegara a su destino, hasta le aplaudiría, lo que fuese menester.  

Ahí su hermana callaba. En el fondo sabía, porque quizá le conocía mejor que nadie, que usted era un hombre honrado sin nada que perder. Pobreza virtuosa y resignada, tiene la gloria asegurada. A diferencia de Paco el republicano y Tomás el banquero que copiaban el voto del viejo cacique por motivos oscuros. Tres a uno. O eso, o eran incapaces de reflexionar por sí mismos, por todos los votantes que representaban. O eso, o existen personas carentes de conciencia y complejo de culpa, verdaderos extraterrestres inefables. Porque no se trataba de simples divergencias inexorables, perspectivas opuestas para encarar un mismo problema; se trataba de aprobar caprichos vulgares del viejo cacique porque sí; se trataba de errores de bulto tan evidentes que a usted (y a cualquier ciudadano honesto) le sumían en un estado de insomnio intratable. 

Deja de derribar molinos, Ignacio, le azuzaba Filomena. Donde ella veía molinos, usted veía proyectos de futuro al alcance de la mano. En eso nunca cambiaría. Inútil convencerla. Seguía la inercia de su padre: tener los pies en la tierra, más vale pájaro en mano. Ella no era él, ella no se daba cuenta de que hacía tiempo que no luchaba ya contra nada. Usted, sin embargo, estaba convencido de que el pueblo reaccionaría y que su soberanía restituiría la cordura y sensatez de un líder que antepusiera el interés común al suyo propio; tener los pies en la tierra, un líder valiente que no se arrugase frente al miedo que desprendía el aura del viejo cacique ni ante nadie. Aunque no fuese usted esa persona elegida. Su padre tampoco fue. Eso es imposible, Ignacio, y lo triste es que deberías saberlo. 

¿Quién te metió ahí en política? gracias a eso tienes un sueldo. Siempre acababa con esa acusación, con el maldito dinero envenenado. Filomena, ¿cómo podría explicarle lo poco que le valía a usted ese dinero, ese dinero que consideraba manchado y humillante? A usted no le importaba ningún dinero. 
Gastar poco. 

No es más rico el que más tiene sino el que menos gasta, vivir sin caprichos ni excentricidades, al estilo espartano que heredó. 
Renunciar a ese sueldo, a todos los sueldos.

Si se cumpliesen sus sueños, sí, por supuesto, mañana… Se marcharía a otra parte con la satisfacción del deber cumplido y las manos vacías. Usted no esperaba nada a cambio. ¿Gloria quizá? Es lo menos, la gloria del deber cumplido, pero eso Filomena la empírica, la pesimista, no lo entendería jamás. Vivían dos vidas diferentes en la misma casa soslayadas por sus mismos hábitos, sus rutinas similares, sus rústicos disfraces; recibieron la misma educación, la fisonomía revelaba una herencia genética casi idéntica, compartían la misma tara (ese dichoso gen que se llevó por delante a sus padres) pero decidieron, quizá por inspiración atávica, seguir rumbos opuestos.
En el fondo se soportaban, era difícil explicar porqué se querían, pero al menos se soportaban. Quizá ella hacía esfuerzos por entenderle, con eso bastaba. Usted ya había asumido desde el principio que los desvaríos de su hermana eran efectos devastadores de su soledad estéril. Se había adaptado tan bien a esa soledad que no renacía en su horizonte ninguna ilusión. O eso, o había arrancado todas las raíces que le amarraban a este mundo salvo el espejo de los otros, salvo el entretenerse con la vida de los otros. 
Sobrevivir sin expectativas hasta la muerte. 

Poco que matar la muerte… Usted, en el fondo, era mucho más ambicioso; usted no se había adaptado a la soledad que… ¿eligió? Sólo parecían iguales, eso creían en Bondia quienes no les conocían bien, ¡oh si pudiera explicarles, si ellos pudieran entenderle y valiera la pena esa explicación!, todos los del pueblo contra usted, ¿qué les diría?, les diría que a usted el destino le había obligado a elegir con una pistola en la frente. Podría tener novia, no era un imposible, podría plantearse no tener hijos si no fuera por esa indómita apetencia contra la que luchaba con todas sus fuerzas y de la que nadie, ni siquiera Filomena, sospechaba. ¿Venía también relacionada con el dichoso gen? ¿Era usted culpable? A quién preguntar sin descubrirse. Si le descubrían podía darse por muerto. Todos los sueños que edificaban su persona, el ser que llaman algunos filósofos, se derrumbarían de repente como castillos de naipes. Ni le gustaba pensar en esa palabra. 
Escapar al oírla. 

Disimular imposible por culpa del rubor. Y escapar ¿adónde? Su cuerpo era su propia cárcel, la cárcel de sus veleidades, de sus innatos deseos. ¿Y se hundía por eso? No. A usted le enorgullecía seguir de pie, luchando por el bien común. Con el viento se limpia el trigo, y los vicios con castigo. Mientras Filomena se adaptaba a todas las circunstancias hasta convertirse en una de ellas, mientras asumía todo en un batiburrillo de valores negociados y llegaba a justificar lo injustificable con una lógica atávica inspirada en el instinto de supervivencia animal, usted luchaba por el bien común soportándose a sí mismo. Si el bien común hacía tiempo que dictaminó que usted no debía castigar a ninguna persona porque podía ser (era) peligroso, viviría solo por el bien común. Esa era su filosofía, lo que subyace después de… Usted renunciaba a sobrevivir con nada porque nada es quedarse sólo con lo tangible, sólo con lo aparente, sólo con el pan y el vino, sólo con no molestar al poderoso (como su padre qepd y su madre en menor grado), sólo con el lastre del tiempo malgastado que va descontando minutos sin sentido. Usted, a diferencia de Filomena, de su padre, y de todos los del pueblo, necesitaba la perspectiva de un futuro por delante como el aire para respirar. Usted no miraba la esquina mientras Manolo el guardia desenrollaba el papel. Usted apartaba las circunstancias para ver más allá y no conformarse con las acciones incoherentes y egoístas. Por el bien común. ¿Cuántos de los que le acompañaban en la Plaza Principal se sacrificarían a sí mismos por el bien común? Ninguno. ¿Pero es que no se dan cuenta de lo absurdo que resulta todo? Manolo el guardia que apenas sabía leer, allí, desgranando las palabras del viejo cacique que no sabía escribir más que caprichos adornados de adjetivos de celofán. Tocando tres veces la trompeta, tres, tres precisamente. Y usted, que no tenía porqué estar ahí se daba cuenta de todo, porque esa era la verdad y así sería si funcionaran como deberían funcionar las cosas. Usted, representante de la oposición, no ha sido debidamente informado de lo que se iba a decir, pero sabía demasiado bien lo que pasaba en Bondia. Nadie mejor que usted conocía los recursos y defectos de este pueblo. Lejos de enorgullecerle este revelador detalle, le entristecía.  

Por orden del  Ilmo. Sr. Alcalde se hace saber:

Que los vecinos de la honorable población de Bondía quedan convocados a la fiesta de mañana en la plaza, antes de que vuele al avión y después de que cante el gallo, para presentar en sociedad como merece al señor Norberto Bondia, ilustre huésped con raíces de sangre noble, conocido cercano del Muy Honorable Presidente del gobierno actual y amigo del Molt Honorable President de la Generalitat.
Se hace saber que el señor Norberto Bondia, licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Madrid, hijo de destacados colaboradores bien relacionados, conocedor del idioma anglosajón, empezó su carrera política como embajador de Países Pobres S. A., donde destacó por sus aptitudes para supervisar propuestas que favorecieran el progreso y la riqueza en la clase media, a la que nosotros pertenecemos. El señor Norberto ha sido condecorado por numerosos premios que aquí, por abreviar, no vamos a mencionar. 

¿Pero no se daban cuenta de lo absurdo que resultaba todo? No les arrastrará nadie los ojos a una altura suficiente para que puedan otear su comportamiento, sus gestos ridículos, su preocupación, su sinvivir; ¿no les grabará nadie su ridícula vida y la pasará como una película para que lloren de risa?, sí Filomena también, usted también, padre…

Es nuestro deber ofrecerle todo nuestro apoyo y ayuda en los menesteres que precise de aquí en adelante y agradecerle que ponga a disposición de Bondia sus indudables conocimientos y vasta experiencia para ascenderla, como merece y todos deseamos, al tren del progreso europeo.

Instándoles a que acudan libremente, sin represalias, se despide el Sr. Alcalde. 
Bondia, 15 de Febrero de 1993.

Firma y sello con la huella dactilar del alcalde para certificar su validez.

¿Había oído bien? ¿Qué significaba eso? Los murmullos que sucedieron al aviso y lo extendieron por cualquier confín de Bondía no mitigaron el efecto que produjeron en sus enjutas carnes las palabras del viejo cacique. Filomena tampoco daba crédito.
Qué ha dicho, preguntó usted lamentando no haber prestado más atención. ¿Qué hacía ese personaje allí? Norberto se llamaba… A Filomena sólo le preocupaba afanarse en desempolvar sus mejores galas para recibir a alguien tan famoso. ¿Tan famoso? No se puede ser más irracional, ni más liviana, Filomena. Más que una circunstancia, parece una espera pasiva, insulsa e ilógica de una circunstancia. Mientras ese Norberto, ¿de dónde había aparecido? ¿cómo había ido a parar allí? Si era tan ilustrado… le extrañaba. Por algún motivo, más que curiosidad, sentía una profunda desazón disfrazada de presagio.
Temerse lo peor. 

Y alrededor de usted, todo alegría, todo estupidez supina. Mientras los del pueblo se preparaban para la fiesta, usted caminó desconcertado hasta su casa preguntándose si conocía a ese tal Norberto, y por qué había aparecido justo ahora. Nada casual, conociendo al viejo cacique. Piensa mal y acertarás. Y por qué tanta prisa. Mañana. Porqué tanta prisa en un pueblo que nunca pasaba nada. ¿Acaso había un problema gordo en las cuentas? Usted había percibido indicios de debilidad en el viejo cacique. Había escuchado cómo Filomena comentaba algunos problemas familiares… Usted conocía información reservada mucho más tangible, como ese jovenzuelo que contrató sin referencias y despidió por estafa al poco tiempo, ese episodio misterioso en un abrir y cerrar de ojos, incluso para el mismísimo viejo cacique. Tomás el banquero y Paco el republicano, que lo conocían más, también se extrañaron. Tres a uno.

Se avecinan cambios, Filomena, acertó a comentarle usted. A pesar de su confusión, fue una frase perspicaz. Usted creía que formaría parte activa de esos cambios y en el momento que se produjeran, esperaba recordarle a Filomena que sin lucha, sin esperanza, ningún cambio es posible. El infierno está lleno de buenos deseos, y el cielo de buenas obras. Aunque, lo reconocía para sus adentros, seguía inquietándole la presencia de Norberto, el bando dictado por el viejo cacique sin pies ni cabeza.

En vez de alegrarte como todos, te pones siempre en lo peor; y luego dices que soy yo la pesimista; lo que deberías hacer es presentarte a esa eminencia y procurar llevarte bien con él. Nunca se sabe. Los consejos de su hermana mayor no eran más que reproches. Y a usted no le dolían por el contenido sino por el desconocimiento implícito a su personalidad. ¿Por qué insistía tanto? Al que buen árbol se arrima… Eran hermanos de sangre, compartían la misma casa, pero usted resultaría siempre un extraño para ella. Sus recomendaciones siempre derivaban hacia actos improbables e imposibles de acometer por su manera de ser. Usted poseía una escala cuidada de valores. Usted se enorgullecía de la dignidad de su persona, por lo que veía innecesario e injustificado arrodillarse ante nadie, hacerle la rosca o congraciarse por mejorar su trabajo. Al que buen árbol se arrima… ¿Para eso estudiar tanto? Sí que se arrodillaría como representante si fuese menester. Eso sí, como representante de una institución y sólo enarbolando la bandera del bien común. ¿Es tan difícil de entender? 

Por supuesto que asistiré, Filomena; por supuesto que me pondré la corbata; pero mis motivos difieren sustancialmente de los tuyos; mis motivos es probable que nunca los comprendas; no niego que me provoca curiosidad un personaje como Norberto pero esa curiosidad está encauzada por otros caminos a los tuyos. 
  
El 16 de Febrero de 1993 resultó, efectivamente, un día mucho más lamentable de lo que presentía. En la Plaza Principal se montó el viejo escenario de madera de roble vieja que también servía para representar títeres durante la feria de Noviembre, realizar el recuento de votos durante las elecciones o celebrar los sucesivos triunfos del viejo cacique. A nadie pareció sorprenderle salvo a usted. ¿Era la presentación pública de Norberto un Acontecimiento Extraordinario, en base a los criterios de Acontecimiento Extraordinario del viejo cacique? Si no recordaba mal leyó en algún sitio que sólo los personajes con rango de autoridad merecían esa clasificación. ¿Se trataba de sus méritos, de sus contactos los que le hacían valer, desempeñaba algún cargo en el Gobierno que usted desconocía? No era ése el motivo fundamental de su preocupación: al fin y al cabo, el escenario era un ridículo cajón de maderas ensambladas que no servían para barriles de vino; la ventana dibujada en su mitad superior era más apropiada para enseñar marionetas que políticos; las cortinas de terciopelo rojo carmín y gualda traían más polémicas que pelusa, como decía Paco el republicano acertadamente. Tampoco se fijó en un primer momento en las flores de la fuente (de ser más observador podría haber anticipado lo que iba a suceder). La Cabalgata de las Walkyrias, que siempre acompañaba cualquier acontecimiento social que presidía el viejo cacique, retumbaba como de costumbre. La mujer del viejo cacique, cada día más delgada, había preparado una mesa con vino, aperitivos y bocadillos -dispuestos con pulcritud y excesivo orden- en las estancias del Banco para desayunar (usted malinterpretó ese signo como un acto de buena voluntad, en el balance inconsciente de señales no verbales, por lo que se mantuvo relajado; de hecho, estuvo observando cómo la mujer del viejo cacique se desempeñaba en los últimos retoques de cualquier objeto de la plaza limpiando, incluso, el polvo del coche de don Fernando, que continuaba aparcado en la zona azul). Filomena se reía de ella, aunque para hacerlo siempre usaba un condimento de ironía. Tiene un horario tan estricto que el reloj se fija en ella si se pierde; ella asea al gallo para que cante a la madrugada; no conozco a nadie capaz de sacar tanto polvo a una casa en seis horas diarias; duerme con un ojo abierto y contando los segundos; viste de negro porque cualquier otro color mancharía su elegancia; nadie mejor que ella conoce ni combina los matices del negro.
¿Sólo usted veía lo mucho que se parecían ambas? Si Filomena se enfrascaba en sus chismes, la mujer del viejo cacique en sus sombras cronometradas; perder el tiempo contando el tiempo o perderlo ignorándolo, ¿no es lo mismo al final?, perderlo sin aprovecharlo. 
Acercarse más.

Usted esbozó una sonrisa antes de que aparecieran por el escenario el viejo cacique y Norberto, custodiados por los chopos centenarios. Ya no podemos arrimarnos más, comentó Filomena. ¿Cómo van a caber en ese armatoste? susurró tan bajo usted que nadie le oyó. Sobre todo el viejo cacique. Siempre se inclinaba de manera grotesca hacia delante, perdiendo el equilibrio. En primera fila Manolo el guardia, acompañado por su hijo, con el pelo corto y con raya, vestido de policía con una pistola, triste y pálido como un invierno sin lumbre; es su obligación; ninguna tiene Pana el panadero, obeso y resoplando a la mínima; su hija, ceñida a su ropa como sus padres, engulle un merengue; de tal palo tal astilla, las dimensiones de la mujer de Pana han sobrevivido a ciento y un régimen; Filomena sabe de todos; ese acopio inútil de detalles que suman tantas vidas; ésa es su verdadera especialidad; ¿dónde se ha metido? Estrella es su polo opuesto; aplaude sin demasiada convicción; como si no estuviera; demasiados sueños para un pueblo tan pequeño; tres en uno; también ha heredado la risa espasmódica de su padre, por mucho que le pese; de tal palo tal astilla, ¿qué ha heredado usted? los refranes quizá; poco o nada; su padre no era tan inteligente pero se ocupaba diligentemente de las tareas del campo; el uso hace maestro; Filomena y usted no son iguales tampoco; ¿de qué se ríe el nuevo párroco?; la risa le hace parecer más lerdo, no es sólo juventud; ya podría retirar su coche; ¿conocerá de algo a Norberto?; con los votos recién cumplidos sustituye al venerado don Alberto; un día le dio por cantar misa en paños menores; ¿para qué le vale a Filomena esa información? Fue una vergüenza, repetía su madre qepd santiguándose; don Fernando ha traído nuevas ideas; cánticos nuevos, aplausos en la misa, quizá discursos más personales pero el viejo cacique también le habrá marcado su territorio para que todo siga como antes; en el fondo que no cambien las cosas, ¿eh?; ¿por qué sonreirá tanto? no estaría yo tan contento en su lugar; Marcelo está resfriado y no para de sonarse a un metro escaso; ¿hasta dónde es contagiosa una neumonía?; su mujer trabaja de celadora del Hospital y se ha afiliado al sindicato; se ha hecho un férreo defensor de la igualdad, un progresista; todo el mundo, menos Filomena cree que es maricón, de lo que sí está usted seguro es de la imprudencia… ¿defenderle? para qué; un pueblo arcaico… Los cambios, poco a poco. Marcelo, ponte los pantalones, bromeaba Federico con dos copas de más junto a Manolo el guardia; usted los había oído; quizá no fue algo casual, quizá sospechaban…

Queridos Bondienses, queridos bondienses, repite el viejo cacique mientras ordena atenuar la música y los murmullos.

Me alegra estar aquí celebrando esto, y verles a todos reunidos y sanos en una ocasión tan importante; éste ha sido un pueblo muy unido y es importante que siga siéndolo más; al verles, me demuestran que están conformes con lo que digo; y lo que digo es lo siguiente: me llena profundamente de satisfacción presentarles a una gran persona que ha tenido la amabilidad de visitarnos y de atender mi llamada… no soy de muchas palabras y ya saben todos de quién se trata: creo que no es ninguna sorpresa presentarles a este talento que en lo sucesivo va a dirigir nuestro destino… 
Se oyen aplausos y un murmullo creciente. Usted no ha entendido bien. 
¿Ha dicho que…?


Chist, chist..,. venga, déjenme acabar… ya saben que llevo tirando del carro muchos años, demasiados… y sospecho que los próximos van a ser clave para el futuro de nuestro pueblo; para eso necesitamos una persona muy preparada que nos marque el camino a seguir… yo ya estoy cansado, ya nos conocemos y saben que digo la verdad... hasta la fecha y con su confianza he cumplido mi misión de la mejor forma que dios me ha dado a entender pero todo se acaba en este mundo y he decidido abandonar la alcaldía -¡ojo!, la alcaldía solo, no el partido- para dedicarme a otros asuntos; Norberto, mi sustituto, es la persona que considero más adecuada para mandar y ustedes ya conocen sus referencias; algunos incluso puede que hayan oído hablar de él por la televisión; desde aquí mismo y delante de todos le ofrezco mi amistad y experiencia a su disposición; Norberto, te deseo la mejor de las suertes.

Norberto levantó la mano en un saludo que resultó bastante espontáneo. A simple vista, aunque usted no solía conformarse con juicios tan someros, parecía un hombre entrañable, de baja estatura y tez morena, de los que llegan al pueblo. Arañó la bondad de ese rostro de hombre sencillo porque sabía que no era más que una máscara y usted… Usted se equivocaba a menudo con esa clase de hombres que su padre qepd (y su madre en menor grado) tanto admiraba. De los que llegan al pueblo, de los que usted no fue ni será nunca. ¿Por qué para llegar al pueblo hay que ser tan impreciso, tan estereotipado, tan sentimental? Norberto no era un brillante orador pero poseía un peculiar tono de voz, una musicalidad artificiosa que resultaba familiar. ¿Y qué decía? Nada. Expuso los pertinentes agradecimientos y objetivos que se había marcado leyendo un papel. Otro papel. Leía de manera entrecortada como si padeciese presbicia, riéndose como los hombres que llegan al pueblo. Ha sido conciso y accesible replicó Filomena a su crítica. Usted prefería ser diáfano a accesible, podía entrenar, estudiar y repetir lo que les dicen aquellos que llegan al pueblo, no resultaría difícil, pero prescindir de algunos conceptos que no pueden omitirse por mucho que se trate de un pueblo eminentemente rural como Bondia… ¿Qué conceptos? A Filomena le gustaba enfadarle, picarle. Me refiero a matizar generalidades. Usted sabía que no necesitaba explicaciones, que era una pregunta retórica. Pero, ¿no era lo más lógico si tanto apostaba Norberto por el cambio, como decía, especificar qué clase de cambio, qué iba a cambiar, detallarlo, exponer esos puntos candentes, si quería con aquella melodiosa voz? No vale decir renovarse o morir; no sólo eso; la política permite el uso de la demagogia pero me molesta que digas que es un hombre de los que llegan al pueblo, Filomena; ¿ha explicado ese hombre que llega al pueblo los recursos que usará para llevar a cabo ese cambio, qué sacrificios supondrá por muy a favor que todos estemos de ese cambio?; ¿oíste alguna planificación, alguna medida concreta en su discurso?; no, sólo ha dicho vaguedades. Transformar la sociedad de manera consciente es mucho más complicado, tanto que los del pueblo no podrían llegar a imaginar, aunque esto no se puede decir así, sin explicar nada más, sin analizar pros y contras, a menos que usted quiera suicidarse políticamente hablando. Y, todavía se puede decir menos, porque la explicación para entender este concepto llevaría a interpretaciones malintencionadas por parte de sus contendientes, la verdad evidente de que muy pocas personas están capacitadas para llevarlo a cabo. Usted, pese a que no es de los que llega al pueblo… Pero no sólo usted, el viejo cacique por ejemplo, usted no es presuntuoso sino realista, el viejo cacique también si no pensase únicamente en sí mismo. ¿Por qué no? Norberto, en cambio, no parecía, no le daba impresión, aunque a usted no se le dan nada bien las impresiones… Y más allá de todas estas apreciaciones queda lo más importante de todo este asunto: los del pueblo han olvidado la legitimidad para poder desempeñar el cargo. Ese es el fondo de la cuestión, lo que ha desatado su furia. ¿Dijo algo de eso Norberto o el viejo cacique? No. ¿Por qué no se convocaban nuevas elecciones? Usted levantó la mano para intervenir en medio de ese ruido. Filomena le estiró de la manga para que bajara el brazo. Su furia persistió, sin embargo no le dieron oportunidad de intervenir. Demasiado ruido para escuchar. 
Pensar antes de hablar.


Sólo reclamaba una oportunidad para divulgar su programa con frases sencillas y aspecto de buena gente, si quieren eso, si les gusta así. ¿Por qué no estaban pidiendo los del pueblo, amortajados por el terror al viejo cacique, todos a una, allí mismo, que se convocaran elecciones? ¿Por qué nadie levantaba la voz entre el ruido ensordecedor? El viejo cacique y Norberto vieron su solícito dedo, su respetuoso dedo, todos los que estaban en la plaza pudieron observar cómo envejecía allí enhiesto, como pasaban los años, sin embargo aplaudían, más ruido para su silencio, más gritos de Norberto alcalde. Usted se lamentaría después de la ocasión perdida para Bondia, ahora estaba aturdido por la repentina herida. ¿Sólo usted se había dado cuenta de…? Muchas tardes tanteó la posibilidad de que Norberto diese un giro de ciento ochenta grados a la política del viejo cacique. O eso o, por lo menos, escuchara nuevas ideas. Usted, por contrapartida,  experimentó una poderosa convicción: por mucha gracia que le hiciese a Filomena su brazo permanecería firme, a pesar del ruido, a pesar de no llegar nunca al pueblo, porque, ni queriendo, nadie, ni usted mismo, podría bajarlo ya nunca.

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